Reflexiones cuaresmales y necrológica de un amigo íntimo

Martín-Miguel Rubio Esteban
Recuerdo a un amigo fallecido / Lanza

Recuerdo a un amigo fallecido / Lanza

Dios paga al diablo por los pecados del hombre con el horrible sufrimiento y muerte de su único Hijo. Esa es la esencia de la redención.  Redención es un término de la jerigonza de los mercaderes. Viene de “redemptio”, acción de comprar o rescatar, y se forma este sustantivo deverbativo a partir del verbo “redimo”, que significa “rescatar una cosa vendida o dejada en prenda”, “recuperar”, “comprar”, “adquirir”, “compensar”. Esto es, Dios compra al diablo los hombres que se han vendido al Ángel Caído al precio del pecado (“las dulzuras del pecado”, que diría el católico James Joyce). Y los compra con el precio de la pasión brutal y la muerte vergonzosa de Jesús.

Jesús tuvo que morir abandonado de Dios como forma de compensar al diablo por la liberación de los hombres. Pero el abandono del Padre es sólo aparente ante el demonio y los hombres, por encima del abismo del dolor y del mal, una mano se extiende hacia Él. Dios, públicamente ausente, había estado ocultamente presente. El Padre sostenía a su Hijo desde lo invisible, y así se realiza el milagro de una vida nueva a partir de la muerte. Es así que la causa de Jesús tiene sentido y sigue adelante, porque Jesús mismo no se queda, fracasado, en la muerte, sino que vive plenamente legitimado por Dios.

El Creador Todopoderoso que llama del no-ser al ser también es capaz de llamar a la muerte a la vida. La expresión “el que resucitó de la muerte a Jesús” se convierte en sobrenombre del Dios cristiano. Se dice (v. gr. el cardenal Belarmino) que Jesús, entre la muerte y la resurrección anunció el evangelio a todos los muertos de la Humanidad pasada. La predicación de Jesús en el reino de los muertos ofreció a éstos, más allá de la muerte, una oportunidad de conversión o metanoia.

No fue la fe de los discípulos la que resucitó a Jesús para ellos, sino que fue el Resucitado por Dios quien llevó a los discípulos a creer y profesar la fe. El Maestro no vive en modo alguno gracias a sus discípulos, sino que ellos viven por Él. El mensaje de la resurrección es ciertamente testimonio de fe, pero no producto de ella.

Ahora bien, la cruz no queda superada por la Resurrección, sino que es el terrible signo de la cruz desde el que se hace posible la Resurrección. La Resurrección no quita la cruz, sino que surge de ella. Con la cruz los sufrimientos del hombre, el dolor injustificado e inexplicable que padece el hombre, cobran un sentido al considerarse que estamos sólo abandonados aparentemente, que la mano de Dios no se ha apartado para siempre, que el propio sufrimiento es raíz de esperanza. En el mundo romano la cruz era el límite de la deshonra, de lo inhumano, del oprobio, de la ignominia, de lo más bajo, del máximo absurdo. De hecho durante los primeros siglos los enemigos del cristianismo se aprovecharán de este signo de inequívoco fracaso y derrota para desautorizar desde el sentido común a los discípulos de Jesús.

“Alexámenos adora a su dios” es la leyenda escrita debajo del crucifijo más antiguo que conocemos: un garabato burlesco procedente del siglo III hallado en el monte Palatino de Roma, en el recinto imperial, y que representa al Crucificado con la cabeza de asno. No se podía decir más claro que el poco edificante mensaje sobre el Crucificado era una broma de mal gusto o, como escribía Pablo a los corintios, “un escándalo para los judíos y una locura para los paganos”.

Cien años antes de la carta de Pablo Cicerón en su discurso en defensa de C. Rabirio Póstumo afirmaba: “La palabra cruz ha de estar lejos no sólo del cuerpo de los ciudadanos romanos, sino también de sus pensamientos, de sus ojos, de sus oídos”. No sólo representaba la muerte más cruel y vergonzosa, sino que suponía el mal gusto por antonomasia. De hecho, después de su abolición por Constantino, los cristianos no se atrevieron durante mucho tiempo (hasta finales del siglo V y principios del VI) a representar al Jesús paciente en la cruz. Y tal representación no se generalizó hasta el gótico medieval. Jesús asciende a la gloria de la resurrección desde las heces del mundo.

Aunque se ha intentado justificar a Dios con muchos y sesudos ardides teológicos del mal y sufrimiento de este mundo (¿de qué sirve contra todo este sufrimiento existencial una simple argumentación o especulación cerebral, como la de San Anselmo, que para el que sufre no supone una ayuda mayor que para el hambriento una conferencia sobre química alimentaria?), sólo la misérrima cruz de Jesús es el árbol de nuestra esperanza. Con la cruz ni el sufrimiento ni la muerte ponen en peligro la esperanza.

En la cruz se nos revela con la mayor claridad que este Dios es realmente un Dios que está de parte de los más débiles, de los más desgraciados, de los enfermos, de los pobres, de los marginados, de los despreciados, de los oprimidos, hasta de los impíos, inmorales y ateos. Quizás porque todos estos grupos dolientes revelan como nadie la fragilidad esencial de la condición humana.

Si Dios es amor, su verdadero rostro no es el de la Resurrección, en que prueba su poder, sino el de Jesús sufriente en la horripilante cruz.

Cuando termino este artículo me acabo de enterar de la muerte de mi gran amigo Antonio García Trevijano, culto entre los cultos y el pensador político más penetrante que he conocido, de no menos altura que Benjamin Constant, así como el más grande y profundo pensador de arte español.

Como patriota honesto, su amor a España fue siempre innegociable. En momentos claves y terribles de mi vida me acompañó, me supo consolar y en eso demostró ser un buen samaritano, por ello, hondamente cristiano independientemente de que no creyera en Dios: el ateísmo quizás no sea más que una rama cristiana que se rebela moralmente ante ese Dios invisible que aparentemente deja al pairo al hombre sufriente.

Honor y gloria siempre a Antonio García Trevijano, grande, bueno, libre, español hasta la médula y amigo verdadero. Hombre de honor y de una coherencia indesmayable, prefirió resistir con estoicismo amable la soledad y el abandono que ceder un palmo de su fe en la libertad  y en la democracia formal, bajo cuyo nombre se pretende amparar valores y derechos de catecismos variopintos que desdibujan mortalmente la esencia de la Democracia, como método de tomar decisiones. Acaba de morir un portento en un país de mediocres y analfabetos aupados.