Sursum corda, hispanienses

Martín-Miguel Rubio Esteban

"España resucitó la filosofía gracias a la iluminadora hazaña de la Escuela de Traductores de Toledo"

Los españoles, por falta de capacidad innata para el distanciamiento de nosotros mismos, embebidos siempre en un examen de conciencia despiadado, tendemos a valorar a España en función del momento mismo en que vive el observador, sin ninguna perspectiva histórica a la sazón. Temporum umbilicus.

Así, por ejemplo, se ha dicho con demasiada frecuencia que en el ámbito de la filosofía somos de tercera categoría, cuando en efecto lo éramos en el momento en que un filósofo muy mediocre afirmó eso. Y así con todo. Sin embargo, en filosofía en particular y en otras muchas áreas del conocimiento y las artes, que hoy se minusvaloran porque los propios contemporáneos proyectan en ellas su propia insignificancia, hemos sido los más grandes. Quizás nuestro pueblo no haya estado jamás tan degradado y bestializado como hoy, con una dura piel de cerdo, pero jamás antes fue así.

Nunca como antes se habían homenajeado como valientes paladines a torpes y cobardes asesinos de mujeres y niños. De este modo, en el siglo XII, cuando la roña de la barbarie aún dominaba Europa, a pesar del aporte carolingio, España resucitó la filosofía gracias a la iluminadora hazaña de la Escuela de Traductores de Toledo, que devolvían a Occidente los filósofos clásicos a través de la eclosión cultural de los musulmanes y judíos españoles, las gentes más romanizadas de Europa.

En efecto, sin las obras de Domingo Gundisalvo y Juan Hispano hubiese sido imposible la filosofía del siglo XIII y, por ende, de toda filosofía posterior. Las traducciones, hermenéuticas y comentarios del Toledo mágico, nigromántico, oriental y brujeril del siglo XII supusieron el comienzo de una “fermentación de pensamiento” que irá creciendo a lo largo de todo el siglo XIII. El “nacimiento del espíritu laico”, del que habla Lagarde, puede situarse en este acontecimiento de la recuperación de la filosofía griega en el siglo XII a través de la Escuelas españolas – no sólo la de Toledo – de traductores.

Reyes como Fernando III publicaron reales órdenes que defendían la libertad de vida y de movimientos de los escolares de Salamanca, eximiéndoles de todo impuesto, y quedando sujetos a su autoridad y a la de ninguna otra autoridad civil. Fernando III y Alfonso X protegieron como ningún otro rey en la Europa de su época a los intelectuales universitarios, tal como nos descubre Jacques Le Goff. Los dominicos, franciscanos, agustinos y carmelitas, además de participar con sus respectivos intelectuales en las universidades, crean por toda España decenas de “studia sollemnia”, que hacen de los clérigos españoles los más cultivados e ilustrados de su época.

Ockham y el nominalismo no hubieran aparecido sin la mecanización de la lógica que el genial Pedro Hispano expuso en sus Summulae logicales, que fueron de lectura obligatoria primero en París, y luego en otras universidades. A Pedro Luna, cardenal y Papa con el nombre de Benedicto XIII, no se le puede regatear el mérito de haber sido el primero de los papas renacentistas. Alonso Fernández de Madrigal ( El Tostado ) defendió taxativamente el régimen político de la Democracia en su obrita De optima politia, afirmando que la forma democrática “esse convenientem civitatibus”.

Bernardo de Trilla, muerto en 1294, fue uno de los primeros defensores de la distinción real entre la esencia y la existencia: Quaestiones de differentia esse et essentiae. El gran Asín Palacios subrayó las coincidencias entre el Pugio fidei, de Raimundo Martí, y la Summa contra gentes, de Santo Tomás, y basado en ellas, Asín Palacios lanzó la audaz hipótesis de que el Aquinate se había inspirado en la obra de Martí. Jaime de Cesulis es autor de un tratado político titulado Scacorum ludus, seu de moribus et officiis nobilium, en que aplica las reglas de juego de ajedrez al orden moral y político.

Raimundo Lulio (1233-1316), el maestro gigante de la lengua y la literatura catalanas, el más grande filósofo medieval, según Marcelino Menéndez Pelayo, excelso lírico, genio autodidacta de indesmayable curiosidad intelectual, trovador hijo del amour courtois, “doctor iluminado”, el mayor políglota de su época, que se retiró del mundo y sus amores con el único objetivo de rescatar de sus errores a los infieles, peregrino permanente, hizo de su inmensa y polimórfica obra literaria, escrita en los caminos que recorrió – y todas las grandes obras maestras se han escrito en el camino, en el viaje, andando o a lomos de caballería: todo escritor es un homo viator – como sutil instrumento de ese objetivo misionero, además de tratar de unificar todas las órdenes militares de la Península bajo un gran maestre.

También muchos de sus escritos azuzan a la conquista de la Tierra Santa para siempre. Su antiaverroísmo vuelve a salir en el siglo XX de la mano de ese gran ruso espiritual que fue Shestov, enemigo también de la doble verdad. Su Liber contemplationis es la Divina Comedia de la literatura catalana, y, por ende, de la española. Como finísimo poeta da la primacía al amor en la ascensión contemplativa a Dios. Raimundo Lulio es el mallorquín universalista, abierto al mundo, sin mezquinas fronteras isleñas, orgulloso de Hispania – español es un vocablo catalán – y entregado a la causa universal/católica de la salvación de los hombres. El intento de Lulio de reducir todas las relaciones del pensamiento a una expresión lógico-matemática, su mística de la verdad matematizada, reducida a símbolos cifrados y mecanismo de combinaciones, ha sido paradigmático en la historia y ha ejercido honda seducción en cerebros idealistas, dotados de igual “pathós” matematicista.

Su influencia fue notoria en Nicolás de Cusa, Pico de la Mirandola, Paracelso, Amós Comenio, Atanasio Kircher, Ivo Salzinger, G. Bruno, Descartes o Leibniz. Y es altamente valorado en la actualidad como precursor de la moderna logística, lógica matemática o simbólica, e inteligencia artificial o cibernética. Con razón la palabra “informática” la creó otro español, Cayetano Enríquez de Salamanca, otro homo viator.

El médico Arnaldo de la Villanova, que trató sus enfermedades a tres reyes y cinco papas, además de profesor de medicina  en Montpellier y embajador de Jaime II en la corte francesa del rey Felipe el Hermoso, fue el primero gran reformista europeo, no sólo de la vida relajada  de los clérigos y la nobleza, sino también de la escolástica que él mismo combatió (vid. v. gr. Gladius iugulans thomatistas), desembocando en una suerte de pampsiquismo o animismo universal. Su influencia en toda Europa fue enorme, prefigurando a Spinoza.