Tinto de verano (III)

Rafael Toledo Díaz

Se dice, se comenta, que nunca hay que volver al sitio donde fuimos dichosos, o al contrario, otros opinan que debemos regresar a aquellos lugares para reencontrarnos con la felicidad.

En cualquier caso, este asunto es tan relativo como la felicidad misma, cualquiera de nosotros se ha hecho alguna vez la pregunta: ¿Qué es la felicidad? A falta de una respuesta unánime, todos sabemos que es un estado gozoso tan ansiado como efímero, momentos colmados de alegría, instantes en los que nos sentimos plenos, pero tan pasajeros y excepcionales que nunca nos llenan, la felicidad es siempre una utopía.

Las vacaciones suele ser una época donde más ansiamos ese estado de satisfacción, por eso, elegir el lugar es siempre tan importante. A veces buscamos lo desconocido, otras, decidimos volver al lugar donde fuimos dichosos.

Este año tan importante para mí, he decido elegir la segunda opción, volver a aquel lugar para desconectar, un sitio para cerrar el ciclo.

Cómodos sillones de color púrpura

Reconozco las instalaciones del hotel y allí, en el descansillo del largo pasillo, siguen los cómodos sillones de color púrpura. Hace cinco años un descolocado parado intentaba buscar empleo a través del portátil, hoy pasa de paso sabiendo que disfruta de las vacaciones esperando un tiempo nuevo.

No sé qué tendrá el mar, y menos para las gentes del secano. Solo puedo decir que, volver a divisar el océano y meterme en sus aguas es como purificarme, el batir de las olas en la orilla me ayuda a desprenderme de mis neuras y obsesiones.

Sentado bajo la sombrilla contemplo el horizonte azul y me acude la descabellada idea del terraplanismo, teorías conspirativas las hubo siempre. Yo, personalmente tengo las mías compartidas con mi abuelo sobre la llegada del hombre a la luna, pero a estas alturas, la cosa da risa. Esta mañana a pesar de las algas me animo a entrar en el agua, de repente todo pasa a un segundo plano y vocifero: ¡qué fría está! pero persevero en el empeño.

El curioso que llevo dentro

En vacaciones siempre me sale el curioso que llevo dentro, con la holganza me vuelvo más fisgón e indiscreto y ejerzo la mirada crítica. Me asusta esa obsesión mía, sacándole punta a todo, practicando el prejuicio y opinando de todo y de nada, o al contrario, pensando solo en las gambas, la cerveza y el chiringuito.

Esta mañana en la playa me ha sorprendido mi memoria, justo al lado se ha sentado un niño con sus abuelos. A pesar del pelo, al chico se le notan las cicatrices secuelas de alguna operación de cráneo. Recuerdo que hace un par de años el mismo chaval llevaba la cabeza rapada y con muestras evidentes de una reciente intervención.

Ahora está más mayor y algo repipi, un redicho que maneja una tablex compulsivamente. Sus abuelos le atienden, le miman y le dejan hacer, su delicado estado seguramente ha propiciado esa sobreprotrección. Es seguro que el veraneo con lo yayos le crea un vínculo familiar fuerte.

Por lo demás el ambiente en la orilla resulta de lo más familiar incluido manteros y vendedores ambulantes, los buscadores de coquinas embutidos en sus trajes de neopreno y con sus aparejos tan peculiares hace rato que dejaron de remover las aguas.

Crisis sobre los migrantes

Este año la noticia que prevalece sobre las demás es la crisis sobre los migrantes que ha recogido el Open Arms, sus vicisitudes, los obstáculos para desembarcar en Lampedusa etc, horas y horas de información sobre el acontecimiento que seguramente terminará con el hartazgo.

Yo mientras tanto me entretengo en nimiedades. Sentado en el comedor observo al guiri que duda elegir entre la paella o la fideuá, curioseo sobre la calidad del peluquín de un señor que, por más que se lo atusa, no termina de acomodarse en su cabeza. Justo al lado se ha sentado una pareja, el tipo por la barba y los dientes se parece a Freddie Mercury, es un pesado, no para de rajar, casca y casca mientras su parienta, casi ignorándole, asiente entre bocado y bocado,.

Mientras una mínima parte de la población mundial consumen gran parte de los recurso del planeta, la ingente mayoría malvive. Y nosotros aquí, delante de un espectacular bufé; intentando elegir, tratando de moderar el consumo de calorías.  Pero hoy no quiero comerme la cabeza, ya bastante tratan los medios de culpabilizarnos, estoy de vacaciones y el relax debe imponerse frente a la vorágine informativa.

Volvemos a la urbe

Apenas una semanita y con las pilas cargadas para el curso que viene volvemos a la urbe. Este verano será recordado especialmente por la crisis migratoria que nadie sabe como resolver, el aumento de los incendios forestales y la ineptitud política. Mucho me temo que la incapacidad y la irresponsabilidad de los regidores nos llevan de cabeza a una nuevas elecciones.

Volvemos por la Ruta de la Plata, antiguas calzadas romanas que se han convertido en una moderna autovía. Pasamos por el puerto de La Santa Cruz e inevitablemente el cartel que anuncia el desvío a Ibahernando me recuerda al escritor Javier Cercas y sus excelentes novelas, pero también a Manuel y a su madre Josefa, la abuela que en la residencia tararea viejas coplas populares.

 

Adiós Ibahernando adiós

qué lejos te vas quedando

la salida ha sido pronto

la vuelta, sabe dios cuándo.

 

Y yo, como siempre, empecinado en escribir una crónica intrascendente sobre mis vacaciones y el verano que agoniza.