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02 marzo 2024
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Todos, todos, todos

Santuario Virgen Cruces 5
Santuario de la Virgen de las Cruces
Manuel Pérez Tendero
Comienza el Adviento. En la diócesis de Ciudad Real es ya tradicional que los jóvenes realicen una peregrinación por alguno de los pueblos de nuestra geografía.

El lugar elegido para este año ha sido Daimiel, como meta de un itinerario de trece kilómetros desde el santuario de la Virgen de las Cruces, cerca de las Tablas de Daimiel.

El lema, tomado de las palabras del papa Francisco en la Jornada de la Juventud en Lisboa, nos habla de universalidad: «Todos, todos, todos».

Andar en Adviento es un buen símbolo de la espiritualidad de este tiempo con el que preparamos la Navidad. Israel, en la espera del Mesías, fue un pueblo siempre en camino, peregrino de la geografía y de la fe. Cuando ese Mesías llegó a su pueblo se convirtió, también él, en un peregrino, verdadero hijo de Abraham y sucesor del éxodo de Moisés. La meta de las esperanzas de Israel es también camino, el Camino definitivo del hombre para llegar a la Meta del Padre, a cuya sombra todas las demás metas son símbolo y etapa.

Por eso, los discípulos del Mesías somos también caminantes y estamos también a la espera: hemos conocido la Meta y nos hemos puesto en camino para llegar a ella con el esfuerzo de nuestros pies y la lucha de nuestra fe.

Es cierto que, en este camino, no da la impresión de que estemos «todos, todos, todos». Más bien, parece disminuir el número de los que esperan a Cristo y se esfuerzan por el Reino. Los números no son un buen aliado para calcular nuestros frutos. Pero, tal vez, esto nos ayude a vivir la fe y la peregrinación con una dimensión más misionera: los que caminamos, pocos o muchos, lo hacemos en el nombre de todos y como testimonio para todos. Así funciona la dinámica de lo humano: si esperamos a que todos estemos convencidos, nunca nos pondríamos en camino; necesitamos que algunos sean precursores, que abran caminos nuevos para que los demás, incentivados por su ejemplo, puedan convertirse en peregrinos.
La esperanza no se puede construir en la pasividad, sin esfuerzo y sin metas. La esperanza es una característica del peregrino, de la persona esforzada y motivada. La Marcha de Adviento de nuestros jóvenes está llamada a ser, año tras año, siembra de esperanza para nuestra Iglesia y para nuestro mundo.

¿Cómo se transmite la esperanza, de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba? ¿Quién transmite la esperanza a quién, los adultos a los jóvenes, o viceversa?

Parecería que la esperanza brota desde abajo, desde la juventud: ellos son el rostro del futuro. ¿Quizá por ello, porque faltan jóvenes en nuestras parroquias, la Iglesia aparece a veces como una comunidad sin mucha esperanza?

En la historia de Israel, la esperanza del pueblo brotaba siempre de una reflexión sobre los personajes del pasado y la actuación de Dios en medio de ellos. El pasado tocado por Dios es el telescopio con el que debemos mirar al futuro para llenarnos de esperanza. Por eso, el anciano Abraham, el padre de la fe, aquel que esperó contra toda esperanza, es uno de los puntales y referentes bíblicos más importantes para construir la esperanza.

En el fondo, los jóvenes nos devuelven aquello que hemos sembrado en ellos. Tal vez, su mirada no está prendada de esperanza porque hemos llenado su alma con nuestras frustraciones y solo les hemos enseñado el camino del bienestar.

Para que haya jóvenes que llenen la sociedad de esperanza necesitamos adultos que se atrevan a sembrar hondura, futuro, luz, motivación, fe. Necesitamos la fe del peregrino Abraham para que Isaac nos sea dado como hijo del futuro, promesa de renovación, puerta abierta más allá de las contradicciones y los cansancios del presente.

Algunos jóvenes creyentes se han puesto en camino: no podemos quedarnos parados, hemos de aceptar el reto, quitando lo que nos estorba, para renovar nuestra condición de peregrnos.
¡Feliz Adviento a todos, todos, todos!

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