Una vez, en otoño, hace ciento treinta años, Gorki estuvo en una ciudad sin nombre, sin dinero. “En esas situaciones”, nos dice, “resulta más sencillo saciar el hambre del espíritu que el hambre del cuerpo. Cuando deambulamos por las calles, nos vemos rodeados por edificios de magnífico aspecto, así como —puede uno afirmarlo sin temor a equivocarse— bien amueblados por dentro. Algo que puede suscitar en nosotros deleitosas reflexiones sobre arquitectura, higiene y muchas otras cuestiones profundas y trascendentales; nos cruzamos con personas bien vestidas y abrigadas, personas respetuosas que no vacilan en apartarse delicadamente para no tener que reparar en nuestra existencia lamentable. Os doy mi palabra: el espíritu del hambriento siempre está mejor alimentado, de forma más saludable, que el espíritu del ahíto. ¡Ahí tenemos una hipótesis a partir de la cual podemos sacar una conclusión muy graciosa a favor de los saciados!”
A pesar de lo bueno que es pasar hambre para el espíritu, una vez, en otoño, en una ciudad sin nombre, Gorki, o el protagonista de su cuento, buscando qué comer se tropezó con una prostituta con nombre, Natasha. Los dos, hambrientos, robaron una hogaza húmeda de un almacén y pasaron la noche juntos. A ella le pegaba su amante, un panadero pelirrojo, él lloró. “¡Maldita sea mi estampa! ¡Tres veces maldita! ¡Cuánta ironía había en aquello!”, se queja, “Yo estaba, en ese tiempo, seriamente preocupado por el destino de la humanidad, soñaba con la reorganización de la estructura social, con las transformaciones políticas, leía toda clase de libros diabólicamente complicados, tan profundos que, seguramente, su sentido no estaba al alcance ni de sus propios autores… Y, al mismo tiempo, trataba por todos los medios de convertirme en un «activista de primer orden». Y resulta que me estaba dando calor con su cuerpo una mujer venal, una criatura infeliz, maltratada, acosada, sin sitio adonde ir, sin precio, a la que nunca se me habría ocurrido prestar ayuda hasta que ella me ayudó a mí, y, aunque así hubiera sido, difícilmente habría sabido cómo hacerlo”.
Una vez, en otoño es el título de un cuento de Gorki.
Gorki, que no se llamaba Gorki, fue un tipo curioso. Gorki significa amargo. Alguien que escoge ese pseudónimo apunta maneras. Fue revolucionario, amigo de Lenin, vagabundo, escritor de obras de teatro, de cuentos, de novelas, enemigo de Lenin, colaborador de Stanislasvki y su método, él, que no tenía ninguno, exiliado en la Italia fascista, retornado en la URSS estalinista, asesinado tal vez por la inteligencia soviética… y defensor del ateísmo religioso, válgame el cielo. Eso, claro, a Lenin le parecía una barbaridad. Gorki quería una religión sin dios, en la que la Humanidad ocupara su lugar. El socialismo esa esa religión sin dios. “Las personas no crearon a dios de su debilidad, sino de la abundancia de sus fuerzas. Y él no vive fuera nuestro, ¡sino dentro!”, escribe en La confesión, una novela corta, en la que hay ideas muy parecidas a las de un tal Unamuno.
Leyendo este otoño las noticias de los compañeros del metal, me he acordado del cuento de Gorki. Pongamos que la ciudad sin nombre es Puertollano. Una ciudad sin nombre llamada Puertollano es un buen título para algo, lo que sea. Pero a partir de ahí, no sé quién es Natasha, ni el protagonista, ni el panadero pelirrojo…
En todo caso, en la vida que nos rodea parece que saciar el hambre es más importante que saciar el espíritu. De Gorki no se acuerda casi nadie, pero los que se acuerdan lo hacen por La madre, su novelón realista social. A Gorki se le llevarían los demonios, porque lo odiaba. Era su fracaso público más íntimo. Si tienen algo de tiempo en este tiempo de móviles y prisas, no estaría mal comparar a esa madre de Gorki con la protagonista de una de sus obras más queridas, La vieja Izergil, si es que consiguen encontrarla, que eso es otro cantar. Izergil es una vieja moldava. Le cuenta al protagonista tres historias.
La primera es la de Larra, mira tú qué casualidad, hijo de un águila y una mujer. Bello y poderoso, la única ley que obedecía era su voluntad. En una ocasión una joven lo rechazó y él la golpeó hasta matarla. Los ancianos decidieron que no había castigo posible para tal crimen y lo dejaron libre, ignorándolo para siempre. Tras muchos años de soledad, decidió suicidarse, pero no pudo y ahora vaga como una sombra, sin morir pero sin estar vivo.
La segunda es la autobiografía amorosa de Izergil. Lo de las autobiografías amorosas, la de Juan Ruiz, la del marqués de Bradomín, tiene larga tradición y el interés del chismorreo. La de Izergil es escandalosa.
La última es la de Danko. Una tribu se interna en un oscuro bosque. Tienen que hacerlo porque así lo dejaron escrito sus mayores. Llegan a un punto en el que las amenazas son muchas. La oscuridad los rodea y no saben por dónde continuar. Danko se erige como el líder que necesitan. Lo siguen, pero el entusiasmo deja lugar a las críticas cuando no encuentran el camino. Danko está furioso, quiere demostrarles que es un buen líder. Se abre el pecho y su corazón ardiente ilumina el bosque. El pueblo encontrará el lugar que busca, un maravilloso campo rodeado de agua y aire fresco. Se olvidan de Danko, que muere olvidado. Solo un viejo se acuerda de él, apaga las brasas de su corazón y las chispas se esparcen por el cielo. De vez en cuando es posible verlas todavía. Líderes como Danko hay pocos.
Parece que a Gorki le interesaba más lo espiritual que el materialismo dialéctico. Sin embargo, la historia la escriben los demás y a Gorki le han escrito una de socialismo realista. Una vez, en otoño, hubo una huelga y es tiempo de contarla para saciar el espíritu con los que quieren saciar el hambre.
