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25 febrero 2024
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Venceréis, pero no convenceréis

Unamuno en Salamanca el 12 de octubre de 1936 a la salida del paraninfo universitario
Unamuno en Salamanca el 12 de octubre de 1936 a la salida del paraninfo universitario
Manuel Fuentes Muñoz
Varios biógrafos del escritor vasco, han cuestionado aquellas lapidarias frases, considerando que estaban maquilladas y que se habían tomado muchas libertades en su contenido.

Se ha atribuido a Miguel de Unamuno la frase “venceréis, pero no convenceréis”. Esa era la supuesta respuesta que el escritor vasco le dio a José Millán-Astray el 12 de octubre de 1936, en un acto celebrado por los sublevados en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Sin embargo, según recientes estudios del historiador y bibliotecario de la Universidad de Salamanca, Severiano Delgado Cruz, esa cita es solo una recreación literaria del abulense Luis Gabriel Portillo Pérez, quien fuera profesor en esa universidad antes de la Guerra Civil.

En 1941, Portillo, ya exiliado, colaboraba con el servicio exterior de la BBC, junto a Arturo Barea, y en contacto con el conocido y brillante escritor británico, George Orwell. Fue el autor inglés quien los puso en contacto con el crítico literario Cyril Connelly, quien les encargó dos relatos para Horizons, la revista que él dirigía en ese tiempo. Barea entregó un capítulo de sus exitosas memorias, “La forja de un rebelde”, y Portillo compuso una ficción del acto del 12 de octubre de 1936 en Salamanca, titulada “La última lección de Unamuno”.

Es ilustrativo que este político, escritor y docente universitario no estuviera presente en el famoso acto del paraninfo de la universidad salmantina, que ha hecho correr ríos de tinta desde entonces. Y aunque conocía al autor de “Niebla”, —fue compañero en la universidad—, lo que hizo fue teatralizar aquel evento para su colaboración literaria.

Cuando se publicó su obra no tuvo el mayor impacto entre los historiadores ni en el mundo literario. Pero en los años siguientes, sobre todo cuando Hugh Thomas incluyó la cita como narración oficial, en su exitosa obra “La Guerra Civil Española” (1961), la repercusión fue extraordinaria. Pero, según parece, el prestigioso historiador británico, incurrió en un grave error. Dio por cierta esa frase, otorgando valor de prueba a lo que era una ficción literaria.

Pero tampoco fue correcta la frase atribuida a Millán-Astray, por Portillo, aquello de “¡muera la inteligencia!”. Según Delgado, fue la mención de Unamuno a José Rizal, —un héroe de la independencia de Filipinas—, lo que provocó la ira de Millán-Astray, que era veterano de aquella guerra y no soportaba que se citase como ejemplo de hispanidad a quien consideraba un enemigo. “¡Muera la intelectualidad traidora!”, fue lo que gritó. Y le respondió el profesor Ramón Bermejo, diciendo: “Aquí estamos en la casa de la inteligencia”. Millán-Astray zanjó el barullo pidiendo a Unamuno que acompañara a la mujer de Franco, Carmen Polo, a la salida. Y así lo hizo.

Varios biógrafos del escritor vasco, han cuestionado aquellas lapidarias frases, considerando que estaban maquilladas y que se habían tomado muchas libertades en su contenido. Delgado cree que se pueden acotar los temas que se abordaron en aquel acto y el tono en que los expuso a partir de tres testimonios presenciales publicados: el de Eugenio Vegas Latapié, dirigente de Renovación Española; el de José Pérez-López Villamil, psiquiatra de Millán-Astray, y el de Esteban Madruga, vicerrector (este último, recogido por Emilio Salcedo, el primer biógrafo de Unamuno). Todos se alejan del relato inventado por Luis Portillo.

Debemos recordar que el pensador bilbaíno fue, —junto a José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala—, uno de los intelectuales que más defendió el advenimiento de la II República. Él la proclamó, siendo concejal, desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca. Luego fue diputado en las Cortes, con la Conjunción Republicano-Socialista (1931-1933), como candidato independiente. Pero terminó desencantado por la deriva que tomó la República y acabó apoyando el golpe de estado de 1936.

El posicionamiento controvertido de Miguel de Unamuno en aquellos años, pone de manifiesto las contradicciones y el rumbo errático que tomó la República y su sistema político. Al principio generó tanta ilusión en gran parte de la población, como frustración causó al final de su vigencia. Lo que provocó el desafecto de muchos de sus promotores. Pero al escritor vasco tampoco le debió de gustar lo que vio en los primeros meses de la guerra, aunque él ya no tuvo tiempo para manifestarlo públicamente. Murió en Salamanca en diciembre de 1936.

Pero la frase “venceréis, pero no convenceréis”, sí se podría aplicar a nuestros actuales gobernantes. Ellos podrán vencer porque cuentan con la fuerza que les da su poder, la que les otorgan todos los resortes del Estado que utilizan de forma torticera para favorecer a unos pocos en contra del interés general. Pero es difícil que puedan convencer a la mayoría de la población, de las bondades de algunas de sus más criticadas actuaciones. Eso requiere de persuasión y para ello necesitan algo de lo que carecen: la razón y el uso ético del derecho.

Con sus decisiones y con una osadía sin precedentes, nuestros gobernantes, están poniendo en cuestión el estado de derecho, la división de poderes, la aplicación universal de las normas y, sobre todo, están rebajando la calidad democrática del funcionamiento del Estado y de sus instituciones.

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