Música y literatura vivieron como si fueran uno mucho tiempo. No es raro. Las dos tienen como base el sonido, la vibración. Lo olvidamos porque conseguimos fosilizar la literatura con la invención de la escritura. Eso tiene sus ventajas: su pervivencia (supervivencia), la posibilidad de la planificación, la relectura cuando algo no queda claro… Eso tiene algunas desventajas, desde las dificultades para el acceso a la industria que se crea con el objeto material libro, rollo, tablilla o lo que sea, hasta la pérdida de la naturalidad que proporciona lo oral.
Un teatro griego es un odeón, que viene a significar, dicen los que saben, algo así como el lugar en el que se canta. Homero, si es que existió, era un aedo, la misma raíz, un cantor. La Odisea o la Iliada no se recitan, se cantan. Como se cantan los cantares de gesta, que para eso se llaman cantares, ya sea el Cid o Fernán González el protagonista. No es casualidad que lírica venga de lira, ni que al inventor de la poesía moderna, Petrarca, le cambiaran su Rerum vulgari fragmenta, que es un nombre feo por muy latino que sea, por Il Canzioniere. Súmenle a esto nuestros cancioneros patrios, de Palacio, de Baena o de Upsala, que es el más extravagante, ya dirán si no mola ser de Upsala. Un botón, digo una muestra:
Si no os hubiera mirado
no penara,
pero tampoco os mirara.
Veros harto mal ha sido,
más no veros peor fuera,
no quedara tan perdido,
pero mucho más me perdiera,
que viera aquel que no os viera,
no penara,
pero tampoco os mirara.
Es el villancico XII, puro Renacimiento, puro Barroco, puro Petrarca, Góngora, Quevedo, Villamediana. Si te miro, me pierdo de amor; si no te miro, me pierdo tu belleza. A partir del Renacimiento se empieza a abrir una grieta entre música y literatura que la ópera no logra cerrar. La grieta se hace abismo cuando dejamos la música, y tal vez la literatura, en manos de los menos dotados. “Chingan cuando yo les pido/ ninguno me pone peros”, “A las cuatro/ les encanta a cuatro”, “Yo no soy tu pai´,/ pero ese culo es mío”. Ozuma, Daddy Yankee, Arcángel, un tal Juanka, Ñengo y otros así son los poetastros que oyen los chavalotes, culpables sin juicio de tales estropicios. Los versos los he copiado de un artículo que salía al buscar letras en internet, no por vaguería, es que no les entiendo cuando cantan.
Para muchos el problema será el tema de todas sus canciones. No lo es. Dante o Bocaccio hablan de lo mismo, aunque no solo de eso, claro. Otros se escandalizarán por el lenguaje empleaado, pero tampoco es ese el problema. Quevedo le hizo un poema al ojo del culo y poesía es. Por no hablar de las composiciones muy subidas de tono de Iriarte o Moratín. La literatura está plagada de palabras malsonantes, huye de lo correcto, faltaría más.
Nuestra exigencia y la poca autoexigencia artísitica de los creadores es el problema. Los dos, emisores y receptores, hemos asumido una lógica de consumo que nos banaliza. Podría haber escrito atonta, o estupidiza, o agilipolla y seguiría siendo más o menos lo mismo. La pena es no tener opciones, como les pasa a muchos de los llamémosles cantantes o compositores actuales.
Por todo lo anterior, leer en Lanza y en todas partes, la muerte de Robe Iniesta es cerrar una puerta más. Porque a pesar de los susodicho, qué esnob, hay una guerrilla, un grupo de milicianos, la resistencia, bandoleros echados a la Sierra Cantante, maquis de la cultura, peleando por ennoblecer esa relación fundamental para la Humanidad, hala, con mayúsculas, entre sonidos, con el ritmo por bandera. Sin complejos, hablando de lo que habla el reggaetón, usando vocablos que gastamos todos los días, pero siendo exigentes en el proceso creativo, valorando las palabras por su sonido, su significado y por cómo juegan con las demás.
Voy a empaparme en gasolina una vez más,
voy a rasparme a ver si prendo
y recorrer de punta a punta (que luego será, por paronomasia, de puta a puta) la ciudad,
quemando todos tus recuerdos.
Es salvaje, sí, pero es difícil describir mejor que el muerto Iniesta cómo se siente la desesperación por la pérdida. Se puede ser rebelde y malhablado y un poco guarro y honrar, al mismo tiempo, la música y la poesía, que eran una sola cosa y deberían seguir siéndolo. Solo así podrán las generaciones futuras entender lo que dice el villancico de Upsala o la canción de Robe, porque ahora mismo son muchos los que no tienen ni idea de qué están diciendo.
