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Wokismo: la religión del resentimiento que amenaza nuestra civilización

Pedro Martín, colaborador del diario Lanza
Pedro Martín, colaborador del diario Lanza
Pedro Martín

¿Sabemos realmente qué significa woke? Estoy convencido de que mucha gente no. Se repite la palabra con naturalidad, como si todos entendiéramos su alcance, pero pocos saben que detrás hay una ideología que ha pasado de la reivindicación justa al fanatismo moral.

El término viene del inglés wake up —despertar— y nació en los años 60, al calor del movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos. Hasta ahí, todo bien. El problema es lo que vino después: ese “despertar” acabó convertido en una religión moderna, una cruzada laica que pretende redimir al mundo castigando a los herejes. Lo que empezó como una causa contra la injusticia se ha transformado en una inquisición de cancelaciones , hashtags y linchamientos digitales.

La cultura woke se ha expandido como una mancha de aceite, configurándose en tres dogmas principales:

  • La teoría crítica de la raza, que divide al mundo entre opresores blancos y víctimas eternas.
  • La teoría de género, que niega la biología y sostiene que el cuerpo es solo un accesorio de la conciencia.
  • Y la teoría identitaria , que mezcla todas las minorías bajo un enemigo común: el capitalismo occidental.

El resultado es una guerra cultural donde el mérito se sustituye por la culpa, y la razón por la emoción.

El filósofo francés Jean-François Braunstein lo explica magistralmente en La woke y La filosofía se ha vuelto loca. Detrás de su aparente compasión —dice— hay un pensamiento profundamente irracional, enemigo de la ciencia, de la biología y del propio humanismo. Los nuevos profetas están en Harvard, Berkeley o Princeton, y predican que la lógica es racista, la biología opresora y la realidad, un simple construcción que se puede reescribir según los sentimientos de cada uno.
Como toda religión, el wokismo tiene su pecado original (ser hombre, blanco y heterosexual), sus mártires (George Floyd, ¿se acuerdan?), sus rituales de purificación (pedir perdón público en redes) y sus inquisidores, siempre atentos para cancelar al discrepante. No hay salvación posible para quien no se arrodille ante el nuevo credo.

El ejemplo más extremo de esta nueva inquisición es lo ocurrido con Charlie Kirk, uno de los pocos jóvenes que se atrevió a debatir y desafiar públicamente a los fanáticos del movimiento woke en las universidades americanas. Antes de su asesinato, ya lo estaba en todas las redes sociales: linchado, censurado y ajusticiado digitalmente por pensar distinto. Su caso resume el clima de intolerancia y miedo que el wokismo ha sembrado incluso en los lugares que deberían ser templos del pensamiento libre.

En España, esta ideología ha impregnado buena parte del discurso político, especialmente desde que Podemos y sus satélites la introdujeron en el debate público. Pero hoy la repiten, con la misma fe ciega, buena parte del mundo “progre” e incluso cierta derecha acomplejada que prefiere adaptarse antes que discrepar.

Porque el wokismo no busca la igualdad: busca la venganza. Ya no se trata de corregir injusticias, sino de invertir la jerarquía. De señalar a nuevos culpables: el hombre blanco, el conservador, el católico, el que defiende la libertad individual o el valor de la tradición. No importa lo que digas, importa lo que eres. Y cuando la identidad sustituye a la verdad, el pensamiento muere. Ha engrendrado una guerra cultural que ya no va de conservadores y progresistas, sino de razón contra emoción.

Las redes sociales son el nuevo púlpito. Allí se confiesa, se lincha y se absuelve. No hay jueces, ni pruebas, ni apelación: solo ruido, emoticonos de ira y condenas instantáneas. En la justicia de Twitter no hace falta razonar: basta con pronunciar las palabras mágicas —machismo, racismo, fascismo, diversidad— y el debate se acaba.

Quien las nombra, gana. Aunque no se tenga razón. Vemos en esos “politiquillos progres de power point” que encaran cualquier debate sin necesidad de un gran bagaje intelectual, solo nombrando esa serie de palabras, se autoerigen como poseedores de la verdad.

Lo mas sorprendente es ver a grandes multinacionales interiorizar ese discurso por puro marketing comercial, aunque ya muchas de ellas están de vuelta, como el caso de Disney que en su afán de racializar a sus personajes ha perdido muchísimos clientes y espectadores. O que decir de esas grandes firmas dispuestas a llenar de cuotas sus consejos de administración eligiendo a sus miembros mas por pertener a una minoría que por su valía para el puesto.

El mundo Woke, es un “marxismo recalentado” una suerte de casta de los descastados, de oportunistas que se erigen en sus representantes, para logar una vida acomodada y privilegiada, aunque opuesta hipócritamente a la vida de sus víctimas, que no pueden irse a vivir a un chalet a Galapagar como ellos.

Este movimiento para sobrevivir, necesita inventar causas, ofensas y batallas morales sin descanso. Alimenta la cultura del miedo: miedo a hablar, a discrepar, a usar la palabra equivocada. Una sociedad que se autocensura no es más justa, es más débil. Como decía Jon Juaristi, “esta sociedad tiene menos libertad que en los últimos años del franquismo”.

¿Qué nos queda ante esta nueva inquisición moral? Volver al humanismo. Al valor de la razón, la ciencia, la libertad y la dignidad individual. Ni la biología ni la lógica son racistas. Lo verdaderamente inhumano es condenar a alguien por lo que es, no por lo que hace.

Y quizá la mayor ironía de todas sea que, cuando el wokismo arrancó de las escuelas y de los espacios públicos la imagen cristiana —el crucifijo, el belén, el símbolo de una fe que inspiró la civilización occidental—, creyó estar liberando el pensamiento. Pero lo que hizo fue dejar un vacío. Y los vacíos, en cultura y en política, nunca permanecen vacíos.

Ese hueco que dejó el cristianismo no lo ocupó la razón, ni un nuevo humanismo, ni un movimiento de paz y amor, como muchos soñaban. Lo está ocupando otra religión: el islam, con sus estructuras, su identidad y su presencia cada vez más fuerte en las ciudades de Europa y también en España. No es casualidad que el alcalde de Nueva York sea hoy musulmán, ni que en muchas capitales europeas la voz pública ya no se inspire en la tradición grecolatina y cristiana.

El wokismo es el caballo de Troya que desarmó los cimientos de nuestra cultura: una civilización forjada en la filosofía griega, el derecho romano y la fe cristiana. Al destruir sus símbolos creyó acabar con la intolerancia, pero en realidad abrió la puerta a quienes no vendrán a dialogar, sino a ocupar.

Y cuando una sociedad renuncia a sus raíces, termina siendo conquistada sin que nadie tenga que declararle la guerra.

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