Ya vienen los Reyes… ¡huid!

Rafael Toledo Díaz
Los tres Reyes Magos

Los tres Reyes Magos

Hay que admitir que las preferencias de los pequeños entre Papá Noel y los Reyes Magos mostraban una clara ventaja del orondo personaje frente al triunvirato de Oriente. El adelanto en las fechas de los regalos era la principal causa para elegir, sólo los más mayores atrapados por las tradiciones mostraban otro punto de vista.

Desde hacía ya varios años y a mediados de diciembre aquella tropa de gordos con gorro de borla y vestidos de rojo se había adueñado de la ciudad. Bueno, adueñado, adueñado, no exactamente, digamos que su presencia en esos días al final del año era más evidente, o mejor, se habían hecho visibles en las entradas de los centros comerciales y en muchas de las fachadas de la ciudad.

Estaban por todas partes, encaramados en terrazas y ventanas, colgados de las barandillas, algunos con una ristra de luces de colores en su entorno cual anuncio luminoso. Eran como una plaga de esas nuevas especies que arrasan con todo, una invasión en toda regla, como las cotorras, como los mejillones tigre o los ya acomodados cangrejos americanos, que poco a poco iban copando el territorio.

Los había que sostenían un enorme saco colgado a la espalda, otros portaban unas cajas de regalo atadas a la cintura, los más estrafalarios parecían agarrarse desesperadamente a algún saliente para no caer a la calzada.

Se supone, se intuye que intentaban entrar en cada uno de los hogares donde habitan niños. Lo que nadie sabía era que esa legión de barbudos rechonchos mantenían una sorda lucha con otro colectivo.

Los Reyes Magos eran sus contrincantes naturales a batir, unos y otros queriendo abarcar más territorios como si de dos pandas callejeras se tratase, por eso se desprestigiaban mutuamente. Siempre intentando copar el mercado de la ilusión infantil, o simplemente la imaginación y la fantasía, una lucha abierta entre las emociones y el mercado, un enfrentamiento de mitos y leyendas.

Hay que admitir que las preferencias de los pequeños entre Papá Noel y los Reyes Magos mostraban una clara ventaja del orondo personaje frente al triunvirato de Oriente. El adelanto en las fechas de los regalos era la principal causa para elegir, sólo los más mayores atrapados por las tradiciones mostraban otro punto de vista.

Sin embargo aquellos personajes colgados cual Spiderman andaban mosqueados, no tenían clara conciencia de su ventaja o mérito, desde sus atalayas creían ver en todos los transeúntes negros una réplica interesada de Baltasar. Pensaban que los estaban espiando, que al mirar hacia arriba les conminaban a desistir en su asalto a los hogares.

Ellos, en su intento de dominar el mercado no se habían documentado ni preocupado en saber sobre nuestra tradición.  Ignoraban que en algún lugar, en alguna habitación, se maquillaba el concejal elegido para ocupar el trono en la carroza de Baltasar. Después de pintarse la cara de un negro tizón y perfilarse los labios con un rojo discreto, se subió los guantes y se atusó la pluma del turbante, ya en lo alto del trono dio ordenes a los pajes y dispuso las cajas de caramelos que iban a repartir durante el recorrido.

Aquella noche del cinco de enero, entre la algarabía de pequeños y mayores, cuando la cabalgata discurría por las calles de la ciudad, de una terraza a otra, entre las fachadas de los edificios corría como el viento una voz siseante que decía: HUID, HUID… YA VIENEN LOS REYES.