Celedonio, Nicasio, Agustín y José

Familiares de otros cuatro represaliados de la provincia en Valdenoceda reciben sus restos en el homenaje celebrado en el cementerio burgalés

Ana López
Valdenoceda (Burgos)

La Agrupación de Familias de Valdenoceda rindió este sábado su homenaje anual a los represaliados del franquismo. Durante la celebración del acto se entregaron los restos de los últimos 11 identificados, cuatro de ellos de la provincia, Celedonio Molina Alba, Nicasio Urbina Fernández,  José Carrasco Valiño y Agustín Delgado Sánchez de Anchuras (los dos primeros), Picón y Socuéllamos.

La pequeña plaza en la que se ubica la Iglesia y el cementerio anexo se llenó de coches y de personas que, aunque jamás se habían visto, se reconocían por un dolor común. Por delante quedaban unas horas emotivas que sin duda tuvieron su momento álgido cuando tomó el turno de palabra Hilda Farfante, una de las protagonistas del documental de Pilar Pérez Solano ‘Las maestras de la República’.

Lugo, Jaén o Ciudad Real son algunas provincias desde las que se habían desplazado los familiares que, más de setenta años después, recogerían por fin los restos de sus seres queridos.  

En pequeños corros recordaban historias como la de Celedonio Molina. Es difícil establecer los motivos reales por los que fue condenado a veinte años de reclusión. Quizá su función como alcalde durante los años 30 de La Nava de Ricomalillo unido a las “rencillas de pueblo”, como señalan sus nietas, fueron más que suficientes para que un tribunal le considerase culpable del delito de Rebelión militar.  Poco después que Celedonio fuese apresado, Dionisia, su mujer, reunió algunos enseres, preparó a sus siete hijos y recorrió a pie, en plena noche, los casi 100 kilómetros que separan Anchuras  de Ciudad Real.

Dejó atrás todo lo que tenía por temor a que  uno de sus hermanos, Claudio,  corriera la misma suerte que su marido. Celedonio llegó a Valdenoceda el 24 de septiembre de 1940. La primera y única vez que salió del penal fue el 12 de marzo de 1941, el día que murió.

Más de siete décadas después y a muchos kilómetros de distancia, Dorotea, a sus 89 años, dio emocionada una muestra de ADN. Era la única hija de Celedonio que continuaba con vida y por  tanto una pieza fundamental para resolver una incógnita constante desde su niñez: el paradero de su padre, del que no volvió a saber nada desde el día de su detención.

Las pruebas por fin le concedieron una certeza: “su papaíto”, como solía referirse a él, murió en la cárcel. Dorotea no asistirá al entierro de su padre, falleció hace poco más de una semana, pero “al menos pudo irse con la tranquilidad de saber que había aparecido”, relata su hija Nieves.

Nicasio Urbina ingresó en el penal de Valdenoceda tan sólo un par de días después que Celedonio, el 26 de septiembre de 1940. Sin filiación política alguna fue juzgado a veinte años de prisión por el delito de Auxilio a la Rebelión, no cumpliría más de 7 meses. La vida no le alcanzó.

Hasta hace pocos meses las nietas de Nicasio desconocían el paradero de su abuelo. Ayer, pudieron pisar por primera vez la tierra bajo la que descansó  durante muchos años. Han recorrido los mismos kilómetros que años atrás transitaron cientos de presos manchegos, aunque en condiciones muy distintas. A ellos se les transportaba en trenes de ganado, los antiguos ‘jotas’, como se les conoce en el argot ferroviario.

Es posible que Nicasio compartiese vagón con José Carrasco Valiño, puesto que ambos ingresaron el mismo día. Su delito fue el de Adhesión a la rebelión, y su condena 30 años de prisión. Murió el 7 de agosto de 1942.  Su nieto Josep  reclama más ayudas estatales para posibilitar a otras personas el derecho de enterrar a su ser querido en casa.  

Agustín Delgado, procedente de Socuéllamos, ingresó el 20 de diciembre de 1940. Moriría apenas cuatro meses después. Su nieto Juan no pudo contener las lágrimas al tener sobre las manos  los restos de su abuelo.

Con la voz entrecortada sólo tuvo palabras de agradecimiento para la agrupación y muy especialmente para Javier Fresneda, la persona que le localizó. Javier es un historiador de Socuéllamos que desde hace aproximadamente un año trabaja de forma desinteresada para encontrar a familiares de represaliados en Ciudad Real. 

“Este tipo de actos no abre heridas sino que las cierra, reconocer a los muertos de la dictadura  es el mejor ejemplo de que esta parte de la historia no puede volver a suceder”, opina Fresneda.

Agustín, Celedonio, Nicasio y José son cuatro de los hombres que engrosan la lista de los 154 fallecidos de los que se tiene constancia que murieron en el penal. El camino no ha sido fácil y no podría entenderse sin la labor de la Agrupación de familiares creada en 2005. Ese año eran 35 familias, hoy son 115. 

Una década que podría resumirse en muchas horas de trabajo para conseguir, en primer lugar, las subvenciones necesarias para las exhumaciones e identificaciones. La búsqueda incansable en archivos locales y provinciales para localizar a las familias, y continuar luchando para exhumar los 25 restos sobre los que enterraron a otras personas del pueblo.