Adiós a Morales Bonilla

Decir adiós es doloroso. A nadie le gusta escribir artículos de despedida. A mí tampoco, sin embargo cuando muere un amigo, un poeta como Juan Antonio Morales Bonilla, uno de los escasísimos poetas nacidos en la propia capital manchega, es necesario dejar a un lado la tristeza y recordarlo de otro modo. Hace tiempo que no escuchaba su verso, nuestra relación se había distanciado, mejor, la enfermedad la alejó, más sabía por amigos, poetas como Santiago Romero de Ávila, que aún se desplazaba mecánicamente por las calles que yo tanto añoro desde la distancia.

“Tiempo de hacer, tiempo de morir”, publicado en 1971 con prólogo de Eladio, fue su primer libro. En el  mismo título, tomado como se evidencia, de una idea del ascético Quevedo de “Providencia de Dios”, ya apunta Juan Ignacio cómo para el hombre su cuna comienza a ser su sepultura. Sin embargo cómo duele dejar este lado, estas calles, estas esquinas, estos lugares por donde tantas veces con desesperada monotonía, pasa o, levemente, se detiene nuestra vida.

Morales Bonilla fue hombre y poeta solitario y religioso. Su verso siempre estuvo al servicio de sus hondos ríos, esos que circulan por el interior, abundosos de caudal, pero que pocos ven. Fue poeta y como profeta vio llegar la mañana. No en balde tiene un libro, publicado en 1975 por la Caja Rural provincial de Ciudad Real y con prólogo de Carlos Murciano, titulado “Vi llegar la mañana” que, a pesar de su tenacidad en el uso del soneto, en esta obra “cambia el endecasílabo por lo metros más breves y se echa a andar con garbo, con donaire por los caminos del romance y la canción, al hilo de los pocos y eternos motivos: Jesús, María, José…” y es que, como se puede observar en casi todos sus libros, el poeta reza con su pluma, porque tampoco fue ajeno a aquello que decía Dámaso Alonso de que toda verdadera poesía es siempre religiosa en el sentido más amplio de la expresión, pero no por ello  menos verdadero.

Fue Juan Ignacio un poeta tardío, cuando ya había cruzado el umbral de los cuarenta, pero ahí está su obra, sus libros, su pensamiento y su verdad para que, a pesar, o quizás por ello mismo, por aquel verso final de un soneto que decía: “Acepto ser mi ser y que me muera”, esto poeta amigo, como antes tantos y, como después otros muchos, no muera del todo. Porque la vida terrenal, para el poeta, se acaba, pero no termina, se transforma -como dice nuestra liturgia de difuntos-. Y por ende queda la obra, sus libros, sus versos, que son lo mejor de él. Leerlos es el mejor homenaje que podemos hacer a Juan Ignacio Morales Bonilla y a quienes se fueron antes que él. Lo demás es oportunidad de lucimiento vanidoso para los demás.

Desde hoy mismo, volveré a tu verso, Juan Ignacio, para que aquellas conversaciones nuestras: epistolares o verbales cuando iba yo por Ciudad Real, no se terminen, sigan aunque de otro modo, más silencioso pero también más profundo.