El maniqueísmo, una antigua religión persa fundada por Manes, se basaba en una interpretación dualista de la realidad y de la existencia. El Bien, representado por la Luz o Dios, y el Mal, simbolizado por la Oscuridad o la Materia, configuraban una visión del mundo sin matices, dogmática y con tendencia al autoritarismo, en la que quien accedía a la Verdad se consideraba legitimado para absolver o condenar conductas ajenas.
En un artículo de opinión difundido este jueves, Blanca Fernández, vicesecretaria general de la Ejecutiva Provincial del PSOE de Ciudad Real, afirma que este planteamiento ha resurgido en pleno siglo XXI en forma de un maniqueísmo laico, estrechamente vinculado a la polarización. Una dinámica que, señala, no afecta a un único sector ideológico, aunque reconoce que la ultraderecha se nutre de ella con especial intensidad.
La dirigente socialista advierte, no obstante, de que este tipo de actitudes también son cada vez más frecuentes entre quienes se definen como progresistas. Aunque puedan entenderse como una reacción a la agresividad ajena, subraya que ello no exime de responsabilidad.
En este contexto, Fernández describe una realidad marcada por la necesidad de señalar a un enemigo a través de etiquetas como “feminazi”, “ilegal”, “zurdo”, “facha”, negro, homosexual, tránsfobas o traidores. Una dinámica de acusaciones y vetos cruzados que, primero, deshumaniza y, después, silencia a las personas.
Añade que estas etiquetas sirven en muchos casos de base para humillaciones, insultos y vejaciones hacia personas definidas por categorías impuestas, a menudo sin que sean conscientes de ello.
La reflexión pone también el foco en el papel de las redes sociales y los algoritmos, que favorecen entornos cerrados donde las personas se alimentan de sus propias ideas y descartan las demás. En ese escenario, los matices, la escucha o el cuestionamiento de determinados dogmas provocan reacciones de confrontación directa.
Fernández reconoce vivir esta situación con desasosiego y alerta de que el ruido y el maniqueísmo están conduciendo al odio social que tantos desastres ha provocado a lo largo de la historia. Se pregunta si ese será el futuro que espera a las nuevas generaciones y anuncia su decisión de luchar contra esta tendencia, aunque ello le genere enemigos en ambos bandos.
Finalmente, aclara que esta posición no debe interpretarse como equidistancia. Se define como socialdemócrata convencida y defiende una visión de la vida más rica en colores y matices, en la que tienen cabida todas las personas que respetan a las demás. Esa es, concluye, la base de su compromiso y de su fe.
