Castilla-La Mancha, cuarenta años de comunidad autónoma (II): Las primeras elecciones regionales abren una etapa de 28 años de gobiernos socialistas

Convento de San Gil, sede en la actualidad de las Cortes regionales /Lanza:

Convento de San Gil, sede en la actualidad de las Cortes regionales /Lanza:

Las primeras elecciones regionales de mayo de 1983 abren una etapa que se prolongaría durante 28 años, de gobiernos del PSOE, con un protagonista preeminente: José Bono Martínez, presidente entre 1983 y 2004. La puesta en marcha del primer Gobierno surgido de las urnas, además de conformar una nueva Administración, tuvo que decidir en sus primeros momentos todavía temas como la capital de la región, tema no exento de discusiones, fijar el Día de la Región y poner en marcha la Universidad regional, una de sus primeras decisiones y un objetivo buscado y deseado.

El domingo 8 de mayo de 1983, los castellanos-manchegos elegían, por primera vez, un Parlamento regional. Esta primera votación marcaba una tendencia que se prolongaría durante 28 años.

El PSOE ganaba esas primeras elecciones regionales y sumaba 23 diputados en las primeras Cortes autonómicas, frente a los 21 de los predecesores del PP (una coalición entre Alianza Popular, PDP y Unión Liberal). Esta ventaja socialista, con distintas cifras a lo largo del tiempo, se mantendría hasta 2011, durante 28 años.

En las nueve legislaturas desarrolladas hasta el momento, en siete, los socialistas han tenido mayoría absoluta, seis con José Bono como candidato y una con José María Barreda. Mayoría absoluta que pasaba a un PP liderado por María Dolores Cospedal en una ocasión, 2011.

En la última legislatura, la que se iniciaba en 2015, que está camino de su final, el PSOE volvía al poder con Emiliano García-Page como cabeza de lista, aunque quedaba segundo tras el PP, aupado a la jefatura del Gobierno regional por los dos diputados de Podemos.

PSOE, PP (primero Alianza Popular) se han repartido los escaños en el Convento de San Gil (sede de las Cortes regionales) durante tres décadas y media con pequeñas incursiones de otros partidos, aunque determinantes como en este último caso con Podemos.

En la segunda legislatura, el partido que tomó el relevo de UCD, Centro Democrático y Social (CDS), hacía una aparición única en las Cortes, en las que tuvo cuatro diputados entre 1987 y 1991. IU, con un diputado en cada ocasión ocupaba su lugar durante dos legislatura, la tercera y la cuarta, en 1991 y en 1999.

En 2015, era Podemos el que ocupaba dos escaños en las Cortes, en la que ha sido, sin duda, la legislatura más inestable de la historia ante la falta de una mayoría absoluta, con su negativa, en primer término, en aprobar los Presupuestos de 2016, y su posterior entrada en el Gobierno, el primero de coalición en la historia de la comunidad autónoma.

El cambio más significativo se dio en 2011 con la victoria del PP, 25 diputados sobre 24 del PSOE. La llegada de María Dolores Cospedal a la región –cinco años antes, primero como presidente regional del partido- encumbró a la derecha a una victoria que se antojaba complicada si atendíamos a los antecedentes.

La figura de José Bono

En todo caso, la figura que hasta ahora ha marcado Castilla-La Mancha como comunidad autónoma ha sido la de José Bono. Diputado en Madrid, la dirección federal del PSOE le encargó presentarse a las elecciones en Castilla-La Mancha en 1983. Una decisión que no generó toda la unanimidad que se pretendía en el PSOE de la región, dado que una figura como Jesús Fuentes Lázaro, último presidente preautonómico, entre diciembre de 1982 y mayo de 1983, fecha de las elecciones, también aspiraba a ocupar ese puesto.

Bono, con un marcado carácter “cercano al pueblo llano”, ganó una tras otra hasta seis elecciones y dejó el cargo al principio de esa última, una vez nombrado ministro de Defensa en 2004 por José Luis Rodríguez Zapatero, con el que, poco meses antes, había luchado por la secretaría federal del PSOE, lid en la que perdió por menos de diez votos.

Con esta marcha se vino abajo una de sus frases que han pasado a la historia política de la región, cuando decía aquello de que “nunca cruzaría el Tajo”, en referencia a que nunca dejaría la región para irse a la política nacional, a Madrid.

José María Barreda, presidente de Castilla-La Mancha entre 2004 y 20011 /Clara Manzano

José María Barreda, presidente de Castilla-La Mancha entre 2004 y 20011 /Clara Manzano

Una primera decisión de Bono

Una de las primeras decisiones de Bono tras ganar las elecciones fue nombrar a José María Barreda, un hombre que había intentado sin conseguirlo hacerse con la Alcaldía de Ciudad Real frente al entonces imbatible Lorenzo Selas, que luego acabó en el PSOE, como consejero de Educación y Cultura.

A lo largo de la extensa etapa socialista, Barreda, el segundo referente de la historia de la comunidad,  ha sido de todo en el Ejecutivo regional y en el entramado de la autonomía. Consejería de Educación y Cultura, vicepresidente, presidente de las Cortes y, finalmente, presidente regional tomando el relevo de Bono en 2004 cuando este se marcha a Madrid y repitiendo en el puesto al ganar las elecciones en 2007.

Por ello, Barreda, actual diputado en el Congreso, reconoce que la autonomía, no solo por el trabajo realizado, sino también por el aspecto afectivo, como ciudadrealeño, se siente implicado totalmente con esta tierra, ha sido la parte de su vida política de la que se siente más satisfecho y orgulloso.

Conformado el primer Parlamento, el primer Gobierno regional, Barreda recuerda que el primer planteamiento que se hizo en el Consejo de Gobierno fue cómo darle sentido a una comunidad que se había formado casi de la nada y que había tenido sus dificultades para, incluso, delimitar su territorio.

Diseñado el escudo en la etapa preautonómica, redactado el Estatuto de Autonomía también en esa etapa, Barreda rememora que una de las primeras decisiones que tuvo que tomar el primer Gobierno surgido de las urnas fue determinar dónde se iban a ubicar las instituciones regionales, “cuál iba a ser la capital de Castilla-La Mancha”.

“El presidente me encargó a mí –recuerda- el proceso previo para tomar la decisión. Hicimos una encuesta y el resultado fue que los de Toledo decían que Toledo, en primera instancia, y el resto de provincias, salvo Cuenca, en segunda instancia, decían también Toledo”.

Finalmente, la decisión, en su opinión, “se ajustó al sentir de los ciudadanos y también al peso de la historia. Toledo es una ciudad con una proyección y con un bagaje histórico y cultural impresionante. Pero hubo una crisis. En Cuenca se habían abrazado a la posibilidad de ser la capital porque pensaban que era su única posibilidad para tener mayor crecimiento y desarrollo”.

En aquel momento también se habló de Alcázar de San Juan, por su situación geográfica central en la región. “Era otra opción –dice Barreda-, pero todos los informes técnicos, más que políticos, desaconsejaban hacer una especie de Brasilia manchega”.

Francisco Cañizares de Lera, diputado regional de AP entre 1983 y 1991 y portavoz de la oposición en ese momento /Clara Manzano

Francisco Cañizares de Lera, diputado regional de AP entre 1983 y 1991 y portavoz de la oposición en ese momento /Clara Manzano

El abogado Francisco Cañizares de Lera, diputado regional por AP entre 1983 y 1991, hace memoria y recuerda que, este tema, creó una gran división entre sus filas. Hubo hasta cuatro posiciones en su grupo. Los que querían Toledo, los de Cuenca, que querían esta ciudad, y los que apostaban por crear una “Brasilia”, en referencia a la capital de Brasil creada de la nada, sonando para esta función la localidad de Alcázar de San Juan, entre otras, por su posición central dentro de la región.

No obstante todas estas disquisiciones y los equilibrios que tuvo que hacer para intentar ahormar una postura común, Cañizares de Lera, portavoz de AP, en todo caso, valora la importancia que tuvo la propia intervención del Rey Juan Carlos I para que se tomara la decisión final.

Señala que de camino a un Pleno de las Cortes, Bono le preguntó cómo llevaban en su grupo lo de la capital y le comentaba que el Monarca le había llamado interesándose por el tema y que no descartaba llamarles a ellos directamente.

Frente al resto de capitales provinciales, según le contaba Bono, el rey quería que Toledo fuera la capital, “por su historia, por la capitalidad de la Corona, por Carlos V, sus edificios, sus monumentos”, una serie de argumentos históricos y culturales en su favor.

La opción de Toledo se tomó, finalmente, en un Consejo de Gobierno celebrado en la Finca Galiana, a las afueras de Ciudad Real, donde Barreda informó del resultado de las encuestas, de sus contactos con líderes políticos y donde presentó los estudios sobre el número de funcionarios que iban a ser necesarios, entre otros puntos.

Estas discrepancias entre las provincias se dirimió finalmente en la votación de las Cortes del 7 de diciembre de 1983, cuando los 23 diputados del PSOE votaron a favor de la capital en Toledo, 5 diputados de AP por eta provincia también apostaron por Toledo, 3 diputados de AP por Cuenca votaron no y 12 diputados se abstuvieron.

El Día de la Región

Todas las divergencias que había habido en el tema de la propia configuración de la región, en la elección de la capital, desparecieron a la hora de determinar cuál sería el Día de la Región.

Barreda, como consejero de Educación y Cultura, también recuerda que comandó este proceso. “Al ser Castilla-La Mancha una realidad política nueva, no tenía mucho sentido tratar de encontrar en la historia una fecha que aglutinara a cinco provincias muy hetereogéneas”, señala.

La propuesta de que fuera el 31 de mayo “fue porque era la fecha en la que se reunieron por primera vez las Cortes de Castilla-La Mancha. A Cicerón los aristócratas de Roma le reprocharon que no tenía pasado ni linaje y él contestó muy orgulloso: mi linaje empieza conmigo mismo. Ese fue nuestro planteamiento. Nuestra historia como comunidad empezaba con nosotros mismos, con esa generación. A mí me pareció una buena idea, en lugar de rebuscar en la historia, fijarnos en el presente que legitimaba democráticamente Castilla-La Mancha”.

Cañizares de Lera también recuerda este episodio sin que hubiera grandes problemas ni discusiones, todo muy diferente a lo ocurrido con la capitalidad. Los diputados de AP no tuvieron ningún tipo de presión para apoyar la propuesta que se hacía desde el Gobierno regional.

La Universidad

Para Barreda, la creación de la Universidad de Castilla-La Mancha, a mediados de os años ochenta, era una clara consecuencia de la autonomía. “Sin autonomía –dice- no hubiera habido universidad. En aquél momento, tuvimos que pelearla. Ni el propio gobierno de España, que entonces también era socialista, la quería”.

La decisión de ubicar el Rectorado en Ciudad Real fue otra de las batallas políticas que se dieron. Barreda recuerda que él planteó que si Toledo tenía ya la capital regional, Albacete la sede del Tribunal Superior de Justicia, Ciudad Real, que era la otra gran provincia de la región, demográficamente hablando, tenía que tener alguna institución de calado.

La puesta en marcha de la Universidad partía de dos planteamientos diferentes. Los que apostaban por una Universidad única y los que pedían cinco universidades provinciales.

Barreda aporta a este tema que en el reparto de las titulaciones en aquel momento también hubo sus más y sus menos. En su opinión la creación de cinco universidades provinciales hubiera sido crear cinco “chiringuitos”, mientras que una universidad única, multicampus, sin separación de departamentos, ha permitido un mejor aprovechamiento del esfuerzo financiero.

Además, en su juicio, cinco universidades no habrían tenido la capacidad de “tener una masa crítica suficiente para que hubiera una buena docencia y una buena investigación”.

“Desde el primer momento tuvimos claro que tenía que ser una única universidad multicampus –remarca-. Hoy nadie pone en duda el modelo, incluso casi todas las universidades de España son multicampus y con la facilidad que dan las tecnologías de la información y comunicación, algunos de los problemas prácticos que suponía el multicampus, desaparecen”.

En relación con la creación de la Universidad, Cañizares de Lera indica que tenía alguna sensación de disgusto cuando, hablando con alcaldes de su partido, con personas importantes, con gente del mundo de la educación, no veía una demanda para su creación.

En aquel momento, los pueblos del este de la provincia de Ciudad Real tiraban para sus estudios universitarios hacia Albacete, los de Ciudad Real capital se iban a Madrid y otros muchos se iban a la Universidad de Granada, un referente universitario para la provincia en aquella época.

“Lo importante –para Cañizares de Lera- era convencer a la todos los sectores de que la Universidad era fundamental para una comunidad autónoma, “que nos daría un prestigio y que también tendría su repercusión social y económica.

“La Universidad –resume- podría dar a generaciones futuras formación, arraigo y una salida personal y profesional, aunque luego ha venido lo que ha venido”.