El cementerio, un lugar repleto de arte e historia

Aurora Galisteo Ciudad Real

El cementerio de Ciudad Real además de ser un lugar para el recuerdo es un espacio lleno de arte e historia que, desde hace unos años, muchos visitan como un recurso turístico más. En el campo santo podemos encontrar personajes ilustres enterrados allí, como el General Aguilera o el artista Ángel Andrade, o contemplar bellos monumentos y esculturas de arte funerario muy representativos de la época de finales del siglo XIX y principios del XX. También hay tumbas ‘curiosas’ como la de Apolonia, en torno a la que se han llegado a crear numerosas leyendas. Junto a Alfonso Doblado, licenciado en Humanidades, arqueólogo y gestor cultural, nos adentramos en sus patios para conocerlo un poco mejor

Antiguamente los enterramientos se situaban en las parroquias y en las comunidades religiosas. “No es hasta finales del siglo XVIII cuando diferentes órdenes empiezan a decir que es insalubre para la población, por el hacinamiento de cadáveres y los malos olores, y se establece trasladarlos extramuros de las ciudades”, explica Alfonso Doblado. Sin embargo, no es hasta principios del siglo XIX cuando se dicta una ley que obliga a todas las poblaciones a trasladar los cementerios fuera de rondas, fuera de muros, en sitios adecuados, ventilados y salubres para la población.

Alfonso Doblado, junto al mauselo de Don Vicente Almagro, explica algunas de las obras de arte que existen en el cementerio de Ciudad Real /Clara Manzano

Alfonso Doblado, junto al mauselo de Don Vicente Almagro, explica algunas de las obras de arte que existen en el cementerio de Ciudad Real /Clara Manzano

El cementerio de Ciudad Real se funda en 1833 y se producen los primeros enterramientos aunque no es hasta 1863 que se conserva el primer libro de enterramientos de Ciudad Real. El primer inscrito, con fecha 1 de enero, es José Rojo.

Alejado de la población

El campo santo de la capital está alejado de la población, al lado de la Puerta de Toledo la que es, y era, una de las salidas y entradas principales de la ciudad. Hasta aquí se trasladaron algunos de los enterramientos históricos y las comunidades religiosas de la época encargaron, también, parte del cementerio para sus enterramientos, como es el caso del Cabildo Catedral que cuenta, desde su fundación, con un espacio propio.

Alfonso Doblado explica que la ley dictó, en su momento, que fuera la iglesia, las fábricas de las iglesias de la ciudad como se así se llamaba, las que se hicieran cargo del coste de las dos terceras partes de la construcción de los nuevos cementerios y una tercera parte, la vecindad. “En el caso del cementerio de Ciudad Real pasa al revés; las fábricas de las iglesias dicen que no pueden hacer frente a esos costes y es el ayuntamiento el que sufraga las dos terceras partes del cementerio y la restante, la iglesia”.

En el campo santo de la capital hay numerosos cipreses, algunos muy añosos y voluminosos /Clara Manzano

En el campo santo de la capital hay numerosos cipreses, algunos muy añosos y voluminosos /Clara Manzano

Jardinería y arte se conjugan

El tipo de cementerio de Ciudad Real corresponde al modelo inglés de moda en la época de su construcción. La jardinería y el arte se conjugan para hacer que los cementerios, sitios de dolor, sean también un sitio ameno y agradable. Así, en el campo santo de la capital hay numerosos cipreses, algunos muy añosos y voluminosos.

Doblado añade que se escogen cipreses por ser una especie arbórea de gran longevidad. De hecho, su nombre en latín, “semprevirens” nos habla de su eternidad, árboles de hoja perenne, siempre verdes, y que con su gran elevación nos señalan hacia el cielo, con ese espíritu de elevación ascensional. Además, la plantación de cipreses en los cementerios tenía también un efecto práctico ya que tanto las raíces, como sus hojas y su savia enmascaraban los olores, un olor que tiene también una capacidad balsámica, de dulcificar, de tranquilizar.

Panteón de la Familia Rubisco, con un arcángel del Apocalipsis  /Clara Manzano

Panteón de la Familia Rubisco, con un arcángel del Apocalipsis /Clara Manzano

La tumba más antigua de 1860

La primera tumba no se conserva. La más antigua data de finales del siglo XIX, de los años 60. La parte más antigua del campo santo es el patio nº1 que, además, está dedicado a las grandes familias nobiliarias de la ciudad. En él están enterrados los grandes linajes de la ciudad; de hecho uno de los nichos más antiguos, y de uno de los personajes de la ciudad más importantes de aquella época, es el del General Aguilera que es de finales del siglo XIX y junto a él están enterrados, también, su madre y su esposa.

En esa nichería, la más antigua que se conserva, están enterrados también varios clérigos y algunos canónigos de la Catedral, entonces Iglesia Prioral de las Órdenes Militares y, también, personajes de la nobleza de Ciudad Real.

Nicho en el que reposan los restos del General Aguilera y sus familiares /Clara Manzano

Nicho en el que reposan los restos del General Aguilera y sus familiares /Clara Manzano

Panteón de la Familia Peñuela

Uno de los panteones más bellos del cementerio de Ciudad Real es el de la Familia Peñuela que fue construido por Sebastián Rebollar, el que fuera el arquitecto, también, del palacio de la Diputación provincial.  Es de principios del siglo XX, de estilo neoclásico.

Muy cerca de él se sitúa la zona de enterramiento, o panteón, del Cabildo Catedral. “Aquí se encuentra, por ejemplo, la tumba de Delgado Merchán que, además de canónigo, fue uno de los primeros historiadores de Ciudad Real. Obras suyas son, por ejemplo, La Judería de Ciudad Real, de 1893, que nos habla del pasado de la ciudad”, añade Alfonso Doblado.

El Panteón de la familia Montero

Una gran escultura, un Cristo resucitado, preside el Panteón de la familia Montero que es obra del escultor Felipe García Coronado, autor del monumento a Cervantes que se encuentra situado en la plaza del mismo nombre. La obra es de 1920.

"El triunfo de la muerte", de Jerónimo López Salazar, uno de los relieves más bellos /Clara Manzano

Tras su formación en Madrid, donde conoció a Victorio Macho, el gran artista de la época, García Coronado regresa a Ciudad Real, por falta de recursos económicos, y aquí estuvo trabajando como marmolista, como escultor, para la casa Cabildo que trabajaba mucho la piedra y los elementos funerarios. Para él fue una manera de subsistir.

“Las obras funerarias suyas tienen una gran categoría como es este Cristo resucitado, con una gran cruz que le hace de pared, que juega con la policromía de dos piedras, mármol gris y blanco. Este Cristo resucitado está representado como un héroe de la antigüedad clásica; lo vemos con los cabellos limpios y trabajados, esa barba clásica de Grecia, con una cinta en la frente sobre la que recae el cabello que también nos hace referencia a los héroes clásicos de la antigüedad, Jesús resucitado ya es Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre”, explica Doblado.

El Panteón de los Barrenengoa /Clara Manzano

El Panteón de los Barrenengoa /Clara Manzano

Panteón de los Muñoz Maldonado- Muñoz Jaraba

Este monumento funerario, de finales del siglo XIX, es de estilo imperio francés y es de una de las grandes familias nobiliarias de Ciudad Real, de uno de los grandes linajes de la antigüedad, de los fundadores de la ciudad.

Alfonso Doblado explica que está compuesto por dos cenotafios, dos grandes urnas funerarias que no contienen restos. “En el monumento vemos esa idea, o sentimiento, de eternidad y de belleza de la época, porque la muerte es una cosa fea y fría y, por ello, se intenta embellecer, ennoblecer y suavizar el dolor por la pérdida de la persona querida”, indica Doblado quien añade que esto queda perfectamente representado en esa pequeña cruz que corona o preside el panteón, una cruz arbórea, con una corona de flores que se recrea en el detalle, recordándonos esas coronas de flores de los sepelios y, también, que las flores son referencia de vida.

Añade que la cruz arbórea, en apariencia seca, muestra por debajo un brote verde, reflejando que todavía fluye savia, todavía hay vida, es una muerte aparente en espera de la vida eterna.

Panteón de los Muñoz Maldonado- Muñoz Jaraba /Clara Manzano

Panteón de los Muñoz Maldonado- Muñoz Jaraba /Clara Manzano

De necrópolis a ‘caementerium’ o dormitorio

Al hilo de esta cuestión, Alfonso Doblado explica que el término cementerio tiene mucho que ver con el cristianismo y cuando éste comenzó su expansión, ya que se impuso a la palabra que, hasta aquel momento, se usaba para designar a los emplazamientos donde se realizaban los entierros: necrópolis.

La palabra necrópolis, de origen griego, significa literalmente ‘ciudad de los muertos’. Ante la creencia cristiana de que la muerte solo es un tránsito y, por tanto, al fallecer lo que se hacía era ‘dormir’ para posteriormente ‘resucitar’, se sustituyó el término necrópolis por el de cementerio, cuyo significado literal es ‘dormitorio’.

Cementerio proviene del latín. “Caementerium” significa dormitorio a diferencia de las necrópolis ciudades de los muertos, en el mundo cristiano no se celebra la muerte, la muerte es una muerte aparente porque despertarán a la vida eterna que es la vida divina, por lo tanto no están muertos sino que duermen.

El patio nº1 es el más antiguo del cementerio /Clara Manzano

El patio nº1 es el más antiguo del cementerio /Clara Manzano

Además, en este panteón hay elementos muy característicos de finales del XIX como las manos unidas, que representan hermandad, y las antorchas con ese sentido de iluminación, basada en la idea platónica de que el mundo que vivimos es aparente, el verdadero lo conoceremos después de la muerte; “las llamas representan ese conocimiento y ese saber verdadero y oculto y están boca abajo, muy característico del arte funerario, en sentido de luto pero no se apagan por ese anhelo del conocimiento y el ancla representa el anhelo de la resurrección”.

Panteón de los Barrenengoa

De los panteones capilla que existen en el cementerio de Ciudad Real quizás el más interesante, por monumental, por la familia propietaria y por el arquitecto, es el Panteón de los Barrenengoa.

Dámaso Barrenengoa fue un empresario del País Vasco que llega a Ciudad Real a finales del siglo XIX y se casa con Doña Mariana. Su casa palacio estuvo en la Plaza del Pilar, esquina con la Plaza de Cervantes. Alfonso Doblado indica que hay fotografías antiguas en las que se ve que era parecida, en su concepción, al palacio de la Diputación, con una torre circular en la esquina, coronada con una cúpula y era también obra de Sebastián Rebollar.

“Para su arquitectura de la muerte encargan también la construcción de esta capilla a Sebastián Rebollar. Es una obra de 1896, en piedra caliza de sillería perfectamente trabajada, con ese basamento en piedra de granito que nos recuerda al Palacio de la Diputación Provincial que es uno de los grandes edificios civiles de esa época en Ciudad Real”. Además, las acróteras que coronan los dos laterales del frontón son muy similares, por no decir iguales, a las que coronan los frontones de la Diputación provincial.

El panteón de la Familia Montero es obra del escultor Felipe García Coronado /Clara Manzano

El panteón de la Familia Montero es obra del escultor Felipe García Coronado /Clara Manzano

Alfonso Doblado explica que Dámaso Barrenengoa amasó una gran fortuna, fue un gran empresario, su empresa perdura en Ciudad Real, Chocolates y Cafés Barrenengoa, “y esa gran fortuna la representa en esta arquitectura para la muerte con una grafía de Barrenengoa, casi como una valla publicitaria, que nos habla de la perpetuidad del nombre, de la familia y del linaje. De hecho, dentro, incluso, las personas enterradas tienen unos relieves que son retratos de ellos mismos”. Está concebido como un templo griego, clásico, con ese sentido de perpetuidad, de pureza y de perfección.

Panteón de los Sánchez Valcázar

El monumento funerario de la familia Sánchez Valcázar es de finales del XIX, de arquitectura ecléctica. “En esa época se copiaban los estilos arquitectónicos y se añadían otros elementos. En este caso esta arquitectura nos recuerda un poco al estilo románico, estilos que se van escogiendo en esa época como estilos perfectos, o adecuados, para la representación o la adecuación al fin al que se le dedica”.

Está realizado en ladrillo, que también se utiliza mucho en esa época, recordando a la arquitectura de la época romana. Los arcos son de medio punto con ese sentido de perpetuidad y es un panteón capilla donde se pueden celebrar misas.

Uno de los panteones más bellos del cementerio /Clara Manzano

Uno de los panteones más bellos del cementerio /Clara Manzano

Panteón de la Familia Rubisco

Uno de los más llamativos es el Panteón de la Familia Rubisco que data de 1902. Los Rubisco eran una familia procedente del Levante, de Alicante. Alfonso Doblado indica que fueron famosos dos hermanos que hicieron fortuna poniendo la primera imprenta de Ciudad Real. De hecho, todavía se encuentran series de postales de Ciudad Real, hicieron bastantes ediciones, y ambos hermanos llegaron a ser alcaldes de la capital.

Esa gran fortuna también la van a hacen ver en su arquitectura de la muerte. Es de estilo francés, más romanticista, “con un arcángel del Apocalipsis que nos habla de la resurrección, con una trompeta para llamar, en actitud de vuelo, con esa túnica pegada al cuerpo, cargada de sensualidad, y con las alas explayadas,  los cabellos erizados por el efecto del viento, y mira hacia abajo llamando a los difuntos y señala hacia arriba enseñándoles el camino que deben seguir”. Además, detrás está la cruz con la Sábana Santa que hace referencia, también, a la resurrección que se espera para las personas que aquí descansan.

El panteón de la Familia Eduardo Martín López-Salazar

Lo interesante de este panteón es el relieve que data de 1929. Es de otro artista muy conocido de Ciudad Real, que fue profesor de la Escuela de Artes y Oficios, Jerónimo López Salazar. Lo realiza en 1926 para un concurso de arte provincial que organizó la prensa y gana el segundo premio. Representa el triunfo de la muerte y, de hecho, se llama así.

“Es un relieve de estilo art decó que bebe un poco del estilo manierista de Miguel Ángel en la colocación de los cuerpos, de Berruguete también en ese dramatismo de las caras, de los rostros, son cuerpos que hablan de un estudio anatómico perfecto. La muerte, en el centro, con esos pliegues verticales que la hacen más monumental si cabe, está segando la vida de los mortales, de hecho ya hay un cadáver a sus pies, y el resto están compungidos sabiendo lo que ha de venir que es la muerte, que nos ha de llegar a todos”, indica Doblado.

Habla también de la belleza de los cuerpos y de la fugacidad de la vida, de que por muy poderosos que nos veamos siempre va a llegar la muerte a segar esa belleza representada en los cuerpos.

Mausoleo Don Vicente Almagro

El Mausoleo de Don Vicente Almagro tiene esos detalles naturalistas que hablan de la naturaleza, del sentimiento por la belleza, con unas guirnaldas que cuelgan a los lados del Cristo, un crucificado que recuerda a los que adornaban antiguamente los dormitorios para indicar que los aquí enterrados no están muertos sino descansando y esperando la vida verdadera en la resurrección.

Un querubín, debajo del crucificado, vela el descanso. También se representan unas palmas, con ese carácter de purificación y de salvación, y una lechuza, encima del Cristo, que profiere ese carácter de protección, un animal que está despierto mientras nosotros dormimos y  que, al ver en la oscuridad está viendo la verdad. Moisés corona el monumento, señalando al cielo, y enseña el camino a seguir para la salvación, cumplir los mandamientos de la ley de Dios.

Uno de los dos patios de párvulos que había en el cementerio /Clara Manzano

Uno de los dos patios de párvulos que había en el cementerio /Clara Manzano

Panteón de los Ibarrola

La familia Ibarrola fue también empresaria y uno de sus miembros se dedicó a la política, llegando a ser diputado en Cortes a finales del siglo XIX. Y de esa época es el panteón que tienen en el cementerio de Ciudad Real que, explica Alfonso Doblado, intenta imitar un templo gótico, con esos arcos ojivales, recuperando los estilos artísticos antiguos que, en esa época, se van recogiendo y adaptando al uso que se le vaya a dar.

Las acróteras son llamas y tienen un carácter naturalista, afectadas por un viento imaginario que inclinan la llama para dramatizar ese momento de dolor. Cuenta también con una filacteria o cinta, imitando las de la antigüedad clásica, en memoria de los finados, las mismas que se utilizan en las coronas de flores actuales.

Como curiosidad, Doblado indica que la casa palacio de los Ibarrola estuvo situada en la actual Plaza de la Constitución, casi frente al palacio, y su portada está reconstruida en los jardines del Museo del Quijote.

Familia Del Campo

El monumento funerario de la familia Del Campo es una mezcla de estilos clásico, con un frontón triangular partido, presidido por la cruz y coronado con los pináculos piramidales. La parte de abajo cuenta con un arco ojival que recuerda al arte gótico. Es de 1920, una época que, recuerda Alfonso Doblado, bebe de los diferentes estilos artísticos pero es más puro y es obra, también, de Sebastián Rebollar, igual que el de Barrenengoa, y refleja como la arquitectura ha avanzado en esas décadas y todo es más puro y más refinado.

Quizás la sepultura más conocida en el cementerio de Ciudad Real es la de Apolonia Canales Prieto /Clara Manzano

Quizás la sepultura más conocida en el cementerio de Ciudad Real es la de Apolonia Canales Prieto /Clara Manzano

La tumba de Ángel Andrade

Ángel Andrade, el gran artista de finales del siglo XIX y primer tercio del XX de Ciudad Real, muy conocido por su colaboración en la decoración de los distintos edificios y palacios de la ciudad como el palacio provincial o el de la casa palacio Barrenengoa, también está enterrado en el cementerio de la capital.

Alfonso Doblado explica que falleció con pocos recursos económicos, de hecho su tumba era una tumba normal, casi olvidada, y fue a finales del siglo XX cuando la Diputación provincial, por la relación que tuvo este personaje con la institución, decidió ennoblecer y recuperar la sepultura, y la memoria, de este gran artista.

“Se realiza una intervención moderna que no responde al momento de su muerte, en 1932, pero que ennoblece, recuerda y perpetúa la memoria de Ángel Andrade en el cementerio de Ciudad Real. De hecho, todos los años, en el aniversario de su muerte, el colegio que lleva su nombre le hace un acto de homenaje”, añade.

Dos patios de párvulos

En otro orden de cosas, Alfonso Doblado explica que era costumbre, que venía de la antigüedad, enterrar a todos los niños juntos, en las entradas de las iglesias, ya que al no estar bautizados no tenían el privilegio de entrar en las iglesias. No obstante, por esa pureza que tiene el alma del niño de forma natural, se enterraban en la entrada, con un concepto de protección frente al espacio de fuera.

“Si no estaban bautizados no tenían derecho a estar enterrados en suelo sagrado; de hecho el cementerio de Ciudad Real tuvo un patio también dedicado a apóstatas, gente no católica y suicidas, integrando en el mismo espacio dos cementerios, uno católico y otro civil. Eso ya se ha perdido y todo el  mundo tiene derecho a enterrarse donde quiera”, añade Alfonso Doblado.

Alfonso Doblado, junto al sepulcro de la mujer dormida /Clara Manzano

Alfonso Doblado, junto al sepulcro de la mujer dormida /Clara Manzano

La mujer dormida y las leyendas

Quizás la sepultura más conocida en el cementerio de Ciudad Real es la de Apolonia Canales Prieto. Alfonso Doblado explica que se ha hablado mucho de ella porque es la única de estas características en todo el campo santo. Recuerda a un sepulcro renacentista, con la imagen de la difunta encima, como esos sepulcros de los siglos XVI y XVII que hay en las iglesias, “y por eso ha llamado mucho la atención de la gente que, incluso, ha llegado a crear leyendas alrededor de esta figura, hablando de amoríos, engaños e infidelidades”.

“Nada más lejos de la realidad. Apolonia era la mujer de Tomás Arguello, artista, escultor y profesor de la Escuela de Artes de Ciudad Real, autor junto con Ángel Andrade de la decoración de la ventana del Camarín de la Virgen del Prado, y murió muy joven, fue enterrada el 13 de octubre de 1916, y al morir tan joven el marido, hundido en el dolor, le realizó esta obra póstuma a su mujer”, explica Doblado.

A Apolonia se la representa en la flor de la vida, puesto que murió muy joven, tumbada todavía en el lecho de muerte, tapada con una sábana que muestra sus formas femeninas, con los brazos casi desnudos, cubiertos por esa ligera camisa que le hace de mortaja; en el pecho tiene la cruz que debió agarrar hasta el último momento, mostrando así su sentimiento de fe en Cristo y su confianza en la resurrección.

Doblado añade que las flores que recubren parte de su cuerpo, por encima de la sábana, nos hablan de la capacidad evocadora de la naturaleza por la vida que desprenden y de la belleza de las flores por sí mismas frente al dolor de la pérdida, al dolor por la muerte. En la cabeza de Apolonia, perfectamente trabajada, los ojos están entreabiertos mostrando que es una muerte aparente, que todavía vive.