Los pueblos vitivinícolas de Ciudad Real se preparan para ensalzar los caldos que brotan en esta tierra llana que es cuna del airén. Las ciudades del vino celebran el 9 de noviembre el Día Mundial del Enoturismo, una excusa más para recorrer las seis ciudades del vino que existen en la provincia y las dos rutas creadas en torno a las Denominaciones de Origen Valdepeñas y La Mancha.
La Asociación Española de Ciudades del Vino (Acevin) dice que el viajero que acude a la Ruta del Vino de La Mancha lo hace por “una tierra de ingeniosos hidalgos enfrentados con gigantes, deshacedores de entuertos, hospitalidad y buen yantar”. Esta zona, donde la vid crece al amparo de más de 3.000 horas de sol al año, inspiró “las plumas más insignes” del Siglo de Oro, entre ellas, la de Miguel de Cervantes.
Diez pueblos de Albacete, Toledo y Ciudad Real forman parte: Alcázar de San Juan, Argamasilla de Alba, Campo de Criptana, Pedro Muñoz, La Solana, El Toboso, Socuéllamos, Tomelloso, Villarrubia de los Ojos y Villarrobledo. Son pueblos donde disfrutar del vino regado con la gastronomía más tradicional: pistos, gachas, duelos y quebrantos, huevos con sardinas y tiznaos, parte de pestiños, arropes y flores.
Bautismo con Cervantes en Alcázar de San Juan
En torno al Día del Enoturismo, fecha que coincide con la partida de bautismo de Miguel de Cervantes Saavedra en la parroquia de Santa María la Mayor (Alcalá de Henares), Alcázar de San Juan celebra las Jornadas de Vino y Bautismo Qervantino, que incluyen conciertos, conferencias, actuaciones de teatro y visitas a bodegas, además de catas de vino, rutas turísticas y una molienda tradicional.
La amplia programación casa a la perfección con una visita al Museo de la Denominación de Origen La Mancha, que dispone de más de 1.000 referencias de entre los años 70 y 90, y otras 500 actuales. Además de sala de catas, cuenta con una colección de maquetas de bodegas antiguas, que existían y todavía lo hacen en casas de labranza en el interior de la localidad.
Tomelloso, el vino y las chimeneas de las destilerías

A treinta y cuatro kilómetros se encuentra otra de las “ciudades del vino”: Tomelloso. Al contemplar su skyline, con las chimeneas de más de 45 metros de altura, es imposible olvidarse de la producción de brandis por alcoholeras y destilerías durante la época industrial. En la época de mayor apogeo eran más de 100 y hoy se pueden visitar en las calles Domecq, Julián Besteiro y en el barrio de la Chimenea.
Testigos de la historia vitivinícola de Tomelloso también son los bombos, construcciones semicirculares de piedra sin argamasa que servían de vivienda a los agricultores, y las cuevas, edificadas para el almacenamiento del vino. Huellas de esas cuevas son las “lumbreras”, esas aberturas enrejadas sobre las aceras que llaman tanto la atención de los visitantes. Bajo el eslogan ‘Raíces y vino’, el Ayuntamiento también ha organizado una intensa programación por el Día del Enoturismo.
La cultura del vino salta a Campo de Criptana para recorrer la Sierra de los Molinos, el barrio del albaicín y el Pósito Real, a Manzanares para visitar el Museo del Queso Manchego, el Archivo Ignacio Sánchez Mejías y el Museo Manuel Piña, y también a Socuéllamos, donde es posible contemplar el mar de viñas desde el Museo Torre del Vino, que cuenta con un mirador a 42 metros de altura.
La Ruta del Vino de Valdepeñas
La segunda Ruta del Vino no podía pasar por alto Valdepeñas. Existen vestigios de que cuatro siglos antes de Cristo, en la ciudad ibérica del Cerro de las Cabezas, los caldos ya corrían a raudales por las copas. En la DO Valdepeñas el vino se elabora, según indica Acevin, “con uvas procedentes de parcelas de rendimientos máximos de 6.000 kilos por hectárea en uvas tintas y de 7.500 kilos por hectárea en variedades blancas”. Muchas bodegas organizan rutas y catas.
Airén, macabeo, verdejo, sauvignon blanc, tempranillo, syrah, merlot… Los vinos de Valdepeñas son equilibrados en alcohol y acidez, aromáticos, muy estructurados, coloreados y de taninos suaves en boca y carentes de verdor. Para conocerlos de cerca lo mejor es visitar el Museo del Vino, que se erige sobre los restos de la antigua bodega de Leocadio Morales. El visitante no se puede perder la nave de tinajas ni la exposición permanente de fotografías realizadas por Harry Gordon en la vendimia 1959.
