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De cuando el barro nos llegaba a los tobillos - Episodio 4: Baloncesto

Faustino Mohíno, memoria viva del baloncesto en Ciudad Real desde los años 50

"De cuando el barro nos llegaba a los tobillos - Episodio 4: Baloncesto" nos traslada de nuevo a los 50, al patio, en la mirada de Faustino Mohíno

Faustino Mohíno / J. Jurado
Faustino Mohíno / J. Jurado
Javier Lebrón / CIUDAD REAL

“Ahí teníamos 12 años y le ganamos a unos de 14. Fue el primer campeonato que jugué… y ya no lo dejé. Ya no lo dejé”. Así comienza Faustino Monino a relatar su historia. La foto a la que hace referencia, la que más quiere de todas, muestra a un grupo de chavales con unos gorritos traídos desde Tetuán por un profesor marianista. Corría el año 1958.

Aunque solo tenían doce años, se proclamaron campeones ante equipos mayores. Ese fue su primer campeonato y, también, el comienzo de todo. “Nos los trajo él, el profesor. Nos puso los gorros. Éramos eso. Jugamos y ganamos. Y ahí me entró ya el gusanillo”.

Ciudad Real, años 50. El baloncesto no tenía luces ni pabellones. Se jugaba donde se podía, con lo que se tenía. Pero, para Faustino, desde aquel día, no hubo marcha atrás.

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Faustino Mohíno y la foto con los gorritos de Tetuán / J. Jurado

Barro, cuero y Marianistas: los orígenes

“Jugábamos en los Marianistas, el campo era de tierra. Si llovía, había charcos. El balón se mojaba. El balón de cuero mojado pesaba el doble. Claro, la puntería cambiaba”. Así era el baloncesto en los comienzos de Faustino. Sin pista cubierta ni balones sintéticos, cada partido era una prueba de resistencia. No había excusas ni comodidades. Se jugaba por ganas, por costumbre, por vínculo. Porque ese era su sitio.

“Jugábamos por la mañana, por la tarde, cuando fuera. Nos entrenábamos allí mismo, con el barro, con el viento, con lo que tocara”.

Y sin embargo, no fue el baloncesto el primer deporte al que se acercó. Como tantos chicos de su época, empezó con el fútbol, deporte rey también en los patios escolares. Pero la pelota no lo llevó tan lejos como la canasta. “Jugaba bien al fútbol, incluso fui al campeonato. Pero el fútbol se quedaba en Ciudad Real. El baloncesto nos sacaba fuera: íbamos a Alcázar, a Murcia, a Huelva, y salir nos gustaba”.

La primera vez que salió de Ciudad Real para jugar fue a los catorce años, rumbo a Alcázar de San Juan. Viajaban en tren, junto con otro equipo de balonmano. “Se pusieron a jugar a las cartas. Yo no había jugado nunca, pero me decían: ‘¡No te atreves!’. Así aprendí, mirando primero, y luego me ganaban”. Aquel viaje fue más que una excursión. Era el anuncio de lo que vendría: una vida marcada por los entrenamientos, los partidos, las amistades y una pasión que no se iría.

“Tenía 12 años cuando empecé… y ya no paré”.

De Ultimatum a Renfe: crecer entre canastas

“Nuestro equipo del colegio se llamaba Ultimatum. Ahí empezamos, éramos todos del colegio Marianistas”. Ese fue su primer equipo organizado, más allá de los partidos improvisados. Faustino ya había dejado atrás el fútbol, y con él, las porterías y los balones prestados. El baloncesto no solo lo hizo viajar; también le dio un grupo, un lugar y un reto.

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Faustino Mohíno / J. Jurado

Pero el gran salto llegó con 16 años, cuando se presentó a una prueba con el equipo de la Renfe. La cita fue en la pista de Romasol en el 58, un nombre que aún resuena con cierta reverencia en Ciudad Real. “Fuimos 10 o 12 chicos. Era una pista de baloncesto que pertenecía a los Hermanos Gárate. Y allí nos probaron”. Faustino pasó la prueba, y con él también su amigo inseparable, Julián Ruiz de Castañeda. “Nos ficharon para el equipo de segunda división. Julián y yo teníamos 16 años, y jugábamos con gente de 20, 21, hasta 23 años”.

Al principio, la diferencia de edad se notaba en minutos de juego. “Tuve que chupar banquillo al principio. Pero como tenía buen tiro, me destaque un poco y sacaban más a menudo. Me destaqué un poco y ya no estaba tanto fuera”.

Eran tiempos en los que el equipo te daba las botas y los vestuarios, pero poco más. El material deportivo era tan escaso como preciado. “Jugábamos con botas ‘Ella’, que vendían en los Marianistas. Luego, cuando entramos en el Renfe, usamos unas mejores, marca ‘Tatum’. Y más adelante, ya las Converse, que eso era lo más”.

Jugaban por jugar. Y cuando había recompensa, era anecdótica. “Una vez fuimos a Madrid y nos dieron una dieta. ¡Una dieta! Yo no sé cuánto era, pero paramos en Toledo y con eso le compré a mi madre un queso. Me dijo: ‘Yo no he comido un queso tan bueno en mi vida’”.

Nada de contratos ni promesas. Solo un balón, una mochila y las ganas de que te llamaran a pista. Jugar era lo único que importaba.

Más allá del juego: amigos, entrenadores e ídolos

“El baloncesto, para mí, era una reunión de amigos. Jugábamos para el equipo. Sin egoísmos. Yo nunca quise destacar, ni meter más, ni menos. Lo importante era jugar juntos”.

Durante más de veinte años, Faustino compartió cancha con muchos nombres, pero hay uno que menciona una y otra vez: Julián Ruiz de Castañeda. Compañero desde los doce años, fue su gran amigo y su espejo en la pista. “Jugamos juntos desde que empezamos, hasta que se fue a la universidad. Ha sido el que más tiempo estuvo a mi lado”.

También recuerda a Juan Barba, a quien no duda en señalar como figura clave del baloncesto en Ciudad Real. “Juan Barba fue el pionero. El que levantó el baloncesto aquí. Luchó contra viento y marea”. Años después jugaría también con su hijo, Enrique, y con Javi, aunque ya en equipos de veteranos o de empresas, cuando las canas empezaban a asomar por debajo de las gorras.

“Jugué también con Gorín, un íntimo amigo mío, y con Julián Ortega, que era médico. Estábamos ya con más de 40, pero jugábamos igual”.

Y, por supuesto, están los ídolos. Porque todo jugador muchas veces, ha sido antes admirador. El de Faustino era claro. “Había un jugador del Madrid que me encantaba: Emiliano Rodríguez. Un alero extraordinario. Me gustaba muchísimo”.

Tanto lo admiraba, que un día, junto a su equipo, se enfrentaron nada menos que al juvenil del Real Madrid, en su propio feudo: el Frontón Vista Alegre, cerca de la Puerta de Alcalá. “Nos dieron una paliza de las buenas. Pero fue increíble. Allí estaba incluso Marisol, la actriz. Nos saludó. A uno de mis compañeros le dijo: ‘Jugáis muy bien, pero ellos son mejores’”.

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Faustino Mohíno: «Jugábamos para el equipo. Sin egoísmos. Yo nunca quise destacar, ni meter más, ni menos. Lo importante era jugar juntos” / J. Jurado

Anécdotas como esa son las que perduran. No los resultados. No los trofeos. Lo que queda es el recuerdo compartido, la cancha vivida. Porque como repite Faustino una y otra vez, el baloncesto fue siempre una cuestión de grupo, de equipo, de amistad.

Durante la entrevista, Faustino Mohíno también quiso recordar a un amigo y compañero, el cual, aún seguía luchando en la fecha en que se realizó está entrevista, y cuyo reciente fallecimiento ha supuesto pérdida irreparable:“Quiero hacer una mención especial a un compañero mío, que ha estado muchísimos años jugando. Está delicadito. Ahora está pasando una racha malísima. Se llama Carlos de la Torre”.

Finales de etapa: lesiones y equipos de empresas

“Yo seguí jugando hasta los 33 años. Ya me había casado, y algunas veces me llevaba a mi mujer y a mi hijo mayor, que iba en un moisés en el autobús. ¡Una locura!”

Faustino se mantuvo en las canchas mucho más allá de la adolescencia, incluso cuando las obligaciones de la vida adulta empezaron a apretar. Compaginó el trabajo en el banco con los entrenamientos y los partidos. Pero su cuerpo, con el tiempo, empezó a decir basta. “Me empezó a doler la espalda. Lumbago, calambres. Una vez estuve más de un mes de baja. No podía ni andar. Al tirar en suspensión, al quedarte en el aire, me daba un latigazo tremendo”.

La decisión no fue fácil, pero fue inevitable. “Tuve que dejarlo. Mejoré algo, pero ya no era lo mismo. Cuidándome un poco, he durado hasta aquí”.

Años más tarde, regresó al juego, esta vez en equipos de empresas. Pero la experiencia fue muy distinta a la de su juventud. Ya no estaban los mismos códigos, ni la misma forma de entender el juego. “Nos juntamos algunos veteranos con gente más joven. Enrique Barba, Gorín, Julián Ortega y yo teníamos más de 40. Pero en los otros equipos había chavales de 23, 24 años que jugaban como si se les fuera la vida”.

En uno de esos partidos, su amigo Julián sufrió una agresión desmedida. “Fue a tirar a canasta y lo empujaron con tanta fuerza que casi lo tiran contra las vallas. Una barbaridad. Yo ahí dije: ya está. Al año siguiente no volví”.

Faustino, que había dado toda su vida al baloncesto, entendió que ese no era su juego. Porque el suyo no era el del contacto brutal ni el del lucimiento individual. Era el de los amigos, el respeto, el equipo. Y cuando eso se perdió, él también supo irse.

Del balón al banquillo: Ludus, Juegos de la Mancha y legado

“Después de dejar de jugar, me ofrecieron entrenar a un equipo juvenil que se llamaba Ludus. Era un movimiento nuevo aquí en Ciudad Real. Y acepté”.

Aquel proyecto, que buscaba ser una alternativa a la OJE, nació en un contexto social más politizado. Para Faustino, que no quería saber de disputas ideológicas, lo importante seguía siendo el deporte. Estuvo al frente del equipo un año y medio.

“El equipo lo llevaba otro chico, pero lo dejó porque se enfrentaron. Yo lo cogí y el año siguiente quedamos campeones provinciales. La verdad es que fue muy bonito, pero también hubo sus más y sus menos. A mí no me gustaba discutir, y menos por política. Así que al siguiente año lo dejé”.

Después vendría su paso por el equipo del Renfe como entrenador durante dos temporadas, y más adelante su colaboración en los Juegos de la Mancha. Ya no podía jugar, pero no quería quedarse al margen. Así que, en la edición celebrada en Cuenca, donde vivía por trabajo, se ofreció como administrador de la delegación.

“Contratamos los hoteles, organizamos las comidas. Un día me llaman del hostal donde estaban los ciclistas. La mujer llorando: ‘Esto no me ha pasado nunca. Me estoy arruinando’. Yo le pregunté: ‘Pero, ¿qué ha pasado?’. Y me dice: ‘¡Es que no vea cómo comen! Se toman tres platos de judías y piden cuatro filetes’”.

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Faustino Mohíno / J. Jurado

Lo contaba entre risas, como quien guarda un recuerdo inolvidable. Porque más allá de la pista, Faustino se quedó siempre cerca del juego. Y aunque ahora el baloncesto se juegue bajo techo, con triples y musculatura, él sigue reconociendo lo esencial.

“Ahora lo que predomina es la altura, la fuerza. Antes nos dábamos codazos, sí, pero era diferente. Era otra forma de vivirlo. Era entre amigos. No había dinero. Jugábamos porque nos gustaba. Era otra cosa”.

Otra cosa, sí. Quizás más ruda, más sencilla, más sincera. De aquella época queda el recuerdo de los partidos en tierra, de las botas gastadas, de las fotos con gorritos y sonrisas. Y queda también la voz de Faustino, que, al recordarla, vuelve a tener 12 años y el gusanillo intacto

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