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Mi historia de querer ser torero, de José Mª Medina, "El Niño del Tentadero"

Las fatigas de un maletilla (VIII)

Por las capeas de Madrid

Media verónica de El Niño del Tentadero
Media verónica de El Niño del Tentadero
Julio César Sánchez
Desde Salamanca, después del episodio del bolso, salí hacia Madrid.

De las 10.500 quinientas pesetas que le mangué a la lumi, entre la pensión, desayunar y el tren, tenía 9.500 pesetas. Eso, en 1968, era mucha pasta.

Llegué a Madrid. A Chamartín. De allí cogí el metro para el centro, donde estaba todo el toreo.

Por el dinero que llevaba, y por estar en Madrid, que me encantaba, era más feliz que El Guerra, como se suele decir.

Me di una vuelta por la plaza de Santa Ana y enseguida me junté con amigos maletillas.

Les decía que estaba tieso por si me pegaban un toque (por si me pedían dinero), pero si alguno era amigo de verdad, como era el caso de Manolo Canales, le invitaba a tomar algo.

Busqué una pensión barata por Lavapiés, cerca de Sol, porque pensaba quedarme en Madrid un tiempo.

Me hablaron de una capea en un pueblo, que se llama Anchuelo. Era el 2 de mayo, y para allá que nos fuimos Manolo Canales y yo. Echaron dos toros.

Estuvimos toreando y pasamos el guante, pero sacamos poco dinero porque estaba lloviendo y había poca gente en los carros.

Yo toreé, pero no me confié porque los toros no fueron buenos. Parecían toreaos.

Fuimos a un bar a cambiar el guante, es decir, a cambiar las monedas, que pesaban, por billetes.

Cenamos algo y la gente, que no reconoció, nos invitó y nos pusimos a gusto.

Los julais no paraban de pagarnos todo. Yo me puse a cantar por Camarón y les gustó. Luego se levantó Manolo Canales y empezó a bailar flamenco. Lo hacía muy bien, porque es de la Línea de la Concepción. Íbamos ya un poco templados y nos fuimos al baile. Era en una nave, a las afueras, donde metían los tractores.

Estuve bailando con dos chicas bastante guapas. Una de ellas me sacó a bailar. No te podías arrimar mucho porque estaban los viejos sentaos alrededor del baile con las garrotas en la mano, y nos miraban como Miuras. Daban miedo.

Total, que se acabó el baile y nos fuimos al bar donde dejamos los macos.

Los cogimos y nos fuimos en busca de un pajar para dormir, y al volver a pasar por la nave del baile, que ya estaba cerrada, miramos por las ventanas y vimos dos jamones colgaos.

Rompimos un cristal de la ventana y la abrimos. Pasé yo porque era más alto.

Cogí uno de los jamones y se lo pasé a Canales. También venía otro maletilla, que se llamaba Guindeño, que era de Guindo, una pedanía de La Carolina. Pero tuvimos la mala suerte de que cuando yo intentaba salir por la ventana, venían chavales y chavalas del campo, me vieron y se quedaron con mi cara.

Encontramos un pajar a la afueras y escondimos el jamón entre la paja. Como me habían visto… Por si acaso. Y allí que dormimos. Pero no veas la que me esperaba por la mañana.

Me levanté el primero y me fui a tomar café al bar donde dejamos los macos y donde cambiamos el guante. Madre mía, fue de los peores momentos de mi vida. Y mira que los he tenido malos…

Abro la puerta del bar, que estaba lleno hasta arriba de chavales. Todos borrachos, no se habían acostao.

Empezaron a decir que yo era el maletilla que anoche estaba robando, que salía con un jamón por la ventana de la nave del baile.

Como el título de aquella película, “Yo he visto la muerte”. La he visto de cerca, bastantes veces, pero ese día, en el bar de Anchuelo, dije “Aquí me matan.” Año 1969.

Eran otros tiempos, y la gente de algunos pueblos eran casi salvajes, y encima estaban borrachos. Vi que no tenía escapatoria.

Les dije a los más peligrosos “Lleváis razón. Ahora mismo voy y me traigo el jamón.”

Nos los convencí mucho, porque se pensaban que me iba a ir. Les intenté camelar preguntando “¿Cómo me voy a ir si esta tarde echan dos toros y yo estoy loco por torear?”

Menos mal que los engatusé.

Fui al pajar, cogí el maco, les dije lo que me había pasado al Canales y al Guindeño, y me fui para Alcalá de Henares. Ellos se quedaron allí.

Salí por las afueras del pueblo lo más rápido posible por si venían a por mí.

Llegué a la carretera de Alcalá de Henares y me puse a hacer dedo. Me paró una furgoneta.

Era un panadero que repartía por los pueblos. Me preguntó “¿Dónde vas torero, si hay toros hoy en Anchuelo?” Le dije “Sí, pero hay muchos maletillas. Me voy a un pueblo que echan tres toros muy buenos.” Se lo tragó. Y además me dio 200 pesetas y una barra de pan.

Me dijo “Las 200 pesetas son para que le metas algo al pan.” Le di las gracias.

Llegué a Alcalá y pensé “Menudo quite me ha hecho el panadero.”

Cuando me vi en Alcalá creía que había vuelto a nacer. De la que me escapé en Anchuelo.

Estando en Alcalá me enteré de una capea en Azuqueca de Henares. Pasé el día en Alcalá, y por la noche me fui para allá, por si había encierro por la mañana.

Me puse en una gasolinera a la salida en dirección Azuqueca, y me pasó una cosa curiosa. Me pararon un hombre y una mujer de unos 50 años. Me preguntaron “Chaval, ¿para dónde vas?” Respondí que para Azuqueca de Henares. Y ellos contestaron “Te podemos llevar, pero tienes que ir delante porque detrás va todo lleno.”

A mí no me importaba ir delante, con tal de que me llevaran donde quería.

Me senté delante. Conducía el hombre. Y cuando llevábamos cinco o seis kilómetros la mujer empezó a pasarme la mano por la nuca. Le pregunté “¿Vas incómoda?”. Y contestó “No. Voy bien”. Y a continuación quitaba la mano.

Al poco tiempo me di cuenta que el hombre le hacía una señal con la cabeza, y ella empezaba a tocarme otra vez la nuca. Y yo volvía a preguntarle que si iba bien. Y la misma contestación.

Así cuatro o cinco veces hasta que llegamos al cruce de Azuqueca de Henares.

Me bajé del coche, les di las gracias y me despedí con educación. Sin embargo me pasé toda la noche pensando de qué irían esa pareja.

Cuando me bajé llegué a pensar que al tío le gustaban los hombres y quería que ella me pusiera a tono o algo así. Pero la cosa no pasó de tocarme la nuca.

Cuando me bajé vi un cartel que ponía que había un kilómetro hasta Azuqueca. Serían las doce de la noche.

Aquel día fue completito.

Llegué a la entrada del pueblo y vi la plaza portátil. No quise entrar en el pueblo. Me dije “Duermo aquí, en la plaza.”

Salté por la puerta de cuadrillas. Primero eché los trastos; el maco. Después salté yo. Estuve mirando para dormir y decidí que el mejor sitio para dormir era encima de los chiqueros.

Solo llevaba la muleta para taparme. Estaba a punto de dormirme cuando escuché un ruido, y es que había un toro o una vaca en el chiquero.

No llevaba fuego de ninguna clase para alumbrar y ver qué era. Total, que dormí encima de los chiqueros.

Me desperté cuando estaba amaneciendo.

Me incorporé y miré el cajón. Había un novillo. Miré para el ruedo y resulta que había otro novillo de dos años, un eral.

Monté la muleta y bajé al callejón.

Fíjense ustedes mi vida. Yo solo en la plaza, amaneciendo, el pueblo a un kilómetro. Por allí no había ni Dios.

El novillo, al verme en el callejón, se arrancó como una bala. Entonces yo, agachao para que no me viera, me fui a otro burladero. No me fiaba. No sabía si estaba toreao o no.

Le saqué la muleta desde el burladero. Le di un pase por cada pitón. Vi que embestía bien. Salí del burladero y empecé a darle muletazos. Me di cuenta de que no estaba toreao y le di fiesta.

Pensándolo ahora, si me llega a coger, yo allí solo en la plaza, sin nadie para ayudarme… Me habría matado.

Así era mi vida. Ruina pura.

Mientras lo estaba toreando escuché mucho ruido. Era la banda de música que se acercaba.

Dejé al novillo, me asomé y vi que venían los músicos y un montón de gente.

Desmonté la muleta, y también hice el maco para que no sospecharan.

Llegaron, me vieron y se mosquearon un poco conmigo. Yo les decía que había estado durmiendo en los chiqueros, aunque no se lo creyeron mucho.

Yo les decía “Hombre, ¿cómo voy a salir yo solo a ese novillo con el miedo que me da?”

Les dije que había llegado la noche antes, a las doce, de Alcalá de Henares, y que como no tenía dinero decidí dormir en la plaza.

Al final, a base de echarles mentiras, los convencí y me dijeron “Vente con nosotros, que te vamos a invitar a desayunar.”

Me fui con ellos y la gente que los acompañaba.

Por el camino me dijeron que el novillo que estaba en el ruedo se había escapao, que se hizo de noche y no pudieron meterlo en el chiquero. O sea, que estaba sin torear.

Yo le pegaría veinte muletazos. Todos con la derecha. Era muy bueno.

Así que llegamos al pueblo. Fuimos por la feria, me invitaron a todo y casi me chispo.

Así pasé el día en Azuqueca.

Luego me enteré de que por la tarde lo que había era una banda cómica, y que se mataba un novillo en la parte seria, que era el que toreé yo.

No había ningún toro de capea, pero sí había una ese mismo día en un pueblo que se llamaba Yélamos de Abajo. Y para allá que fui.

Llegué a punto de empezar la capea. Había unos cincuenta kilómetros.

La plaza era de carros, como eran casi todas las plazas a las que iba.

Dejé el maco en un bar, cogí la muleta y me fui para la plaza, que estaba llena de gente.

Me dio mucha alegría al llegar al ruedo y ver que no había ningún maletilla, aunque me habría gustado que por lo menos hubiera uno para pasar el guante o hacernos un quite si hacía falta. No estaba nada más que yo, solo.

Echaban un toro y dos vacas. Era un pueblo muy pequeño.

Cuando soltaron el toro estaba solo en el ruedo. Fíjense ustedes qué manera de jugarse la vida. Yo solo en el ruedo y a punto de salir un toro con 500 kilos.

Salió el toro. Daba miedo verlo, pero no me vine abajo.

Le pegué tres muletazos por abajo que tuvieron que ser muy buenos por cómo aplaudía la gente. Me di cuenta de que el toro embestía bien por los dos pitones.

Empecé a pegarle derechazos.

La gente, eso era para verlo. La verdad es que le formé un lío gordo.

A mí siempre me ha gustado torear vertical, y como estaba delgao y soy alto, los muletazos eran de lujo. La gente loca en los carros, de pie, aplaudiendo. Y yo solo con el toraco en la plaza.

Le pegué muchos muletazos de categoría.

Habré hecho mil capeas por toda España, y hasta en Portugal, pero ese toro fue el que mejor he toreado en mi vida, y mira que he pegao muletazos buenos por las capeas.

Viendo cómo estaba la gente de entregada conmigo pensé “Voy a pasar el guante, que es el mejor momento.” Me ayudó un chaval del pueblo.

No me lo podía creer. Qué cantidad de dinero. Era el año 1969. Me echaban billetes de 1.000 pesetas, de 500 pesetas, de 100 pesetas, monedas de 50…

Cuando estaba acabando de pasar el guante no podía con el capote del dinero que llevaba. Qué locura la gente. Me besaban, me abrazaban, todos me hablaban a la vez…

Me fui al bar donde tenía el maco y me senté en una mesa para cambiar el dinero del guante.

Madre mía, el bar lleno de gente, yo con el dinero en la mesa y la gente seguía abrazándome y me seguía echando dinero.

Le dije al camarero si me lo podía cambiar por billetes, y me dijo “Con ese dinero tengo yo cambio para todas las fiestas.” Y además me invitó a cenar.

Saqué 40.000 pesetas, en el año 1969. Yo tenía dieciocho años.

Me decían “Chaval, esta noche vente a mi casa a dormir,” y otras cosas muy bonitas, pero de todas me gustaron dos especialmente; una que me dijo un hombre mayor: “Chaval, por aquí han pasao muchos maletillas, pero como tú has toreao hoy no ha toreao ninguno.”

Y otro, que me dijo “Chaval, deja las capeas y veste a Madrid, que vas a ser un gran torero.”

Al final me quedé en el bar donde cambié el guante, que también era pensión, y el dueño no me cobró por dormir.

Por muchos años que viva nunca se me olvidará Yélamos de Abajo, en Guadalajara.

La siguiente capea fue en San Fernando de Henares.

Allí le pegué lances a un toro que entró el primero en el encierro, con los pies juntos y las manos bajas. Fueron cinco carteles de toros. Cómo me aplaudía la gente.

Llegó otro toro del encierro. Uno del pueblo me dijo que era sobrero de Madrid.

Nada más entrar en la plaza lo paré con la muleta. Por el pitón derecho se me coló, me metió el pitón por la rodilla y me echó al callejón. Caí entre la gente.

Me vi el pantalón roto, lleno de sangre y llevaba un agujero en la rodilla. Tuve suerte de que me echara al callejón. Si no me hubiera echao al callejón me habría pegao varias cornás contra las tablas.

Me miró el médico de la plaza, me desinfectó la herida y me dio diez o doce puntos.

Estuve un año que cuando doblaba la pierna veía las estrellas.

Cuando me paraban los coches haciendo dedo les tenía que pedir llevar la pierna estirada por el dolor que tenía en la rodilla. Veía las estrellas si la doblaba.

Siguiente capea: Meco.

Dormimos en un pajar, Curro Cano y yo.

Cuando me desperté le pregunté “Curro, ¿tienes un cortaúñas?” Me dijo “Sí, pero ¿ahora te vas a cortar las uñas?” Y yo le contesté “De eso nada. Me voy a cortar los puntos de la herida.”

Me dijo “Espérate a la capea y que te los quite el médico, por si lo tienes infectado.”

Me dejó el cortaúñas y me corté yo los puntos, sin saber si tenía la herida infectada o no.

Nos fuimos para el encierro. Había muchos maletillas. Estaban Paco Lucena, El Lobo, El Peque de Béjar, El Calorro de Mejorada y muchos más.

En el encierro echaban toros de cinco y seis años. Entró uno suelto y le pegué cuatro lances y una revolera.

Seis mozos se abalanzaron a por mí. Uno que medía dos metros me clavó las uñas en el cuello. Yo pensaba que me asfixiaba.

El tío seguía apretándome. Me estaba quedando sin respiración. Yo pensaba “Me asfixia. Me muero.” Yo con la mirada perdía y los otros, además, pegándome puñetazos.

Cuando me soltaron estaba medio mareao.

Me espabilé un poco, y vi que el que me había cogido del cuello estaba por allí.

Era mi perdición.

Yo llevaba una espada de hierro y estaba dispuesto a jugarme la vida, pero a jugármela de verdad con el hijo de puta del julai que casi me ahoga.

Me fui a él y le dije, muy serio “Esta tarde voy a ir pronto a la plaza para ver dónde estás.”

Estaba loco por meterle la espada. No tenía la menor duda. Yo decía, para mí, confiao cien por cien, a este lo mato esta tarde y me quedo aquí, en Meco, en el talego.

Cuando por la tarde lo vi en el encierro en un carro me fui con intención de matar o morir.

Fui para donde estaba y le dije “Cuando salga el toro lo voy a parar aquí, hijo de puta. A ver si tienes huevos y me haces algo.”

Le enseñé la espada. Le dije “Si me tocas, te la meto por el pecho”. Y no era broma.

Salió el toro, le pegué dos o tres muletazos, miré al julai y ni se movió.

Si me hubiera tocado por detrás seguro que yo ahora no estaría escribiendo esto, porque le habría metido la espada, y a mí me habrían matao los del pueblo o habría ido a Alcalá Meco.

Ese día me jugué la vida con el toro y con aquel julai.

Luego lo vi por el pueblo. Ni me miró el muy cabrón. Estoy seguro que dijo “Este me mete la espada de verdad.” Y no se habría equivocado.

Siguiente capea, Pozo de Guadalajara.

Echaron tres toros. Firmó de director de lidia José Luis Sedano. Uno de los tres toros tendría ocho años. Era exagerao.

Estábamos seis o siete maletillas. Estaba El Calorro de Mejorada, Paco Alcalde, El Juli padre, El Santi, Paco Lucena…

Paco Alcalde y El Juli padre iban siempre juntos. Vivían en San Blas, uno de los barrios más chungos de Madrid. Lo digo porque yo también viví un tiempo en San Blas, en la avenida de Guadalajara.

Por aquellos tiempos, en San Blas, igual que en Vallecas, vivían, sobre todo, randaores, lumis y parguelas. Eso en caló; en payo, significa ladrones, prostitutas y maricas.

Bueno, a lo que íbamos, en la capea del Pozo de Guadalajara toreamos todos.

En segundo lugar soltaron el toraco de ocho años. Era tremendo.

Lo paró El Calorro de Mejorada. Le pegó una tanda de derechazos, muy buenos.

Daba miedo mirar a ese torazo.

Luego se vino para mí, y le di tres derechazos que parecía que pasaba un tren, en una plaza de carros, llena de hoyos y de palos. Hay que tener mucha afición para salir a un bicharraco de esos. Yo la tenía. Era lo que me hacía salir a esos toros, la mucha afición que tenía. No veía el peligro que en realidad tenían esos bichos.

De nuevo me fui para el toro, le pegué un derechazo y al dar un pase de pecho me cogió.

Vi cómo me llevaba, yo sentao en el morrillo. Me arrojó contra los carros y allí me tiró varios derrotes. Me quedé grogui.

Me llevaron al Sanatorio de Toreros, que estaba al lado de Las Ventas.

Estuve cinco días en Observación, y salí tieso, sin un duro porque, como me cogió el toro, ese día no pude pasar el guante.

Pasaron unos días, y me enteré que aquel día, en Pozo de Guadalajara, habían pasado el guante El Calorro, José Lozano y El Lobo, diciendo que el dinero era para mí.

Decían “Señores, este dinero es para el chaval al que ha cogido el toro.”

Cabrones. No me dieron ni un duro. Ni fueron a verme al Sanatorio de Toreros.

Pasado el tiempo me encontré con uno de ellos, con José Lozano, en Velilla de San Antonio, pueblo de Madrid. Le dije que era un chorizo por pasar el guante diciendo que era para mí.

Me fui para él. Me lo comía. Estaba encendío. Con las fatigas que estaba pasando…

Le pegué tres o cuatro puñetazos. Cayó al suelo con la nariz partía, echando sangre en el suelo…

Nos separaron pero le dejé arreglao. Él me decía “Cuando acabe la capea te voy a partir la cara.”

Le di otros dos o tres puñetazos, y le dije que después de la capea nos veíamos. Yo dispuesto a lo que fuera porque, encima, era muy chungo como persona y le tenía ganas.

No se esperó a la capea.

Yo creo que vio cómo tenía la cara y se fue. Vivía en Vicálvaro, Madrid.

En Velilla de San Antonio toreé mucho. Echaron tres toros. Pasamos el guante tres maletillas, El Yebrano, El Suso y yo. Nos llevamos bastante dinero.

A este Lozano lo vi luego por algunas capeas y ni me miraba.

Yo, por aquellas fechas, por las circunstancias, llevaba vida de cuatrero. Durmiendo en pajares, en el suelo… No dormía nunca en una cama y no me acordaba de lo que era una comida caliente. Solo bocadillos, y eso cuando los comía.

Cuando entrábamos en una tienda en un pueblo, le pedíamos a la dependienta cosas que estaban por la parte de arriba de las estanterías, y al tiempo que la mujer iba a coger lo de arriba, como volvía la espalda, nosotros por los lados mangábamos lo que podíamos. Pero eso sí, cosas de comer o para lavarnos.

Y luego, cuando pasábamos el guante, íbamos a gastarnos el dinero en la tienda que habíamos mangao.

Éramos mangantes con buen corazón. Pero claro, o mangábamos o no comíamos. Y dormíamos con la ropa puesta.

Tengo una anécdota graciosa a ese respecto.

A veces me miraba los sobacos, y veía como una capa blanca.

Yo, ignorante, pensaba que era alguna enfermedad o algo así. Pero un día, lavando la ropa en un río con jabón, un jabón redondo, que era muy bueno para lavar en los ríos, me quité la camisa, y empecé a darme con él en los sobacos. Sorprendido vi cómo se fue la capa esa blanca. ¡Era mugre acumulá!

Me eché a reír. Pensé “Vaya enfermedad floja, que se me ha ido con jabón.”

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