El aprovechamiento de las abejas silvestres para melonares eficientes

La joven investigadora Sara Rodrigo estudia la polinización del melón en una tesis que tiene una gran vertiente práctica para los productores ciudarrealeños

J. Yébenes
Ciudad Real

Valorar y proteger el trabajo que realizan las abejas silvestres en la polinización de la planta del melón en el centro de la Península para obtener más producción y más rentabilidad económica es la columna vertebral de las investigaciones que realiza la joven Sara Rodrigo.

Con más vocación que medios (no tiene financiación), esta ingeniera técnica agrícola de Ciudad Real con un máster en Biodiversidad encara el doctorado en la Universidad de Valencia con una tesis sobre la cuajada de esta planta una vez que las abejas han recolectado y trasladado el pesado polen que necesitan.

Tras su éxito académico en el trabajo fin de máster sobre la biología reproductiva del melón y el relevante papel que realiza la fauna en este ciclo vegetativo, ahora Rodrigo ampliará su visión científica a la sandía, variedad en la que los productores han empezado a detectar problemas en su constitución, sobre todo de la sin pepitas al consignar que muchas unidades nacen huecas.

Coincidiendo con la floración del melón, Rodrigo (con su cazamariposas en mano) lleva todo el verano realizando las investigaciones de campo en la finca pública ‘La Entresierra’ de Ciudad Real para seguir profundizando en su tesis sobre un tema tan interesante como inexplorado.

“Analizar los insectos que visitan el melón es innovador y necesario”, argumenta, porque no hay un estudio que lo relacione con las abejas salvajes ni en la zona mediterránea ni en la comarca de La Mancha, con poblaciones como Tomelloso, Manzanares o Membrilla que copan el 90 por ciento de la producción.

De hecho, hay agricultores que al detectar las carencias de polinización por la bajada de población de abejas han empezado a comprar colmenas de melíferas (abejas de miel), una práctica costosa, según Rodrigo, que podría abaratarse con el aprovechamiento de las especies silvestres que “polinizan igual o mejor”.

“Es imposible que el polen del melón se traslade por el aire porque es pesado y pegajoso y tiene rugosidades diseñadas para adaptarse al cuerpo de los insectos”, explica la investigadora, que agrega que “el melón y las abejas han coevolucionado juntas para tener una relación íntima y ayudarse mutuamente”.

Eficiencia

De esta manera, la tesis se proyecta como una fuente teórica de gran capacidad práctica: la búsqueda de la eficiencia en el desarrollo biológico de este refrescante fruto. Se traduciría, por tanto, en la optimización del cultivo del melón para conseguir un ahorro en los costes de producción y un aumento de rentabilidad para los agricultores.

“Hay estudios sobre la aplicación de hormonas para mejorar el cuajado y ninguno ha sido concluyente”, arguye Rodrigo, por lo que a su juicio “es necesario seguir investigando” en el sentido de habilitar medios para atraer e incrementar las poblaciones de las abejas autóctonas en los melonares.

Precisamente, de las observaciones que ha realizado la investigadora a lo largo del mes de julio en el melonar de la Junta, alude a la solución ya implementada: “como muchas anidan en el suelo, pueden dejarse pasillos con estacas de madera o hacer agujeros para que permanezcan, polinicen gratis y haya más producción”.

Protección

Otro extremo que contempla la ingeniera desde el punto de vista científico es la protección de estas especies de insectos en épocas en las que el terreno del futuro melonar está en barbecho. “Se pueden cultivar plantas que las atraiga para que aniden antes de la plantación”.

Rodrigo insiste, además, en  “la importancia del trabajo que  hacen las abejas” porque en un hipotético escenario sin ellas “habría que polinizar a mano, a no ser que se modificara algún mecanismo genético, y eso supondría un gasto ingente en personal e investigación”

“Sin las abejas no comeríamos melones ni sandías”, asegura Rodrigo al ser cuestionada por esa relación periférica entre fauna y cultivo. “Si desaparecen las abejas desaparece el melón y otros cultivos que necesitan una polinización entomófila estricta”, añade, como son los de la familia de las cucurbitáceas: calabazas, calabacines y pepinos o melones.

Otras solanáceas, concreta la experta, como las patatas, tomates, pimientos y berenjenas también estarían amenazadas porque “la mayoría de los cultivos hortícolas de verano necesitan de polinización por insectos total o parcial para obtener buenas producciones”.

En precario y sin financiación

“Para mí sería un sueño poder vivir de la investigación ligada a la agricultura porque es mi vocación, pero en la actualidad tendrá que ser un complemento, no de lo que viva”.
Sara Rodrigo es una de las víctimas de los recortes públicos en el área de la investigación científica y universitaria.

Tras acabar la carrera de ingeniera técnica agrícola en Ciudad Real, lleva desde 2010 desarrollando su investigación, en cuya primera fase ya cerró con el proyecto fin de máster en Biodiversidad.

Todavía no se han publicado sus conclusiones pero revela a los medios algunas de sus deducciones sobre la polinización más efectiva y sobre métodos para atraer a las abejas autóctonas (son más pequeñas que las de miel) a las huertas.  

La joven investigadora ciudarrealeña está enfrascada en la ampliación de estos corolarios en su tesis  acudiendo en sesiones de mañana a la finca de ‘El Chaparrillo’, aunque por la tarde no pueda recoger muestras en un melonar de Membrilla como había organizado porque “no me lo puedo permitir”.

Denuncia la falta de financiación y aunque no cobra nada ni cuenta con ningún tipo de ayuda económica, al menos puede utilizar infraestructuras de la Escuela de ITA en Ciudad Real (utiliza los laboratorios para identificar las especies que caza, congela y monta) y de la Universidad de Valencia donde están los tutores de su tesis: el entomólogo Jesús Selfa y el botánico Miguel Guara, ambos docentes de la Facultad de Ciencias Biológicas; además de Carlo Polidori, del área de Biodiversidad del Museo de Ciencias Naturales (dependiente del CSIC).

“Trabajar gratis se hace duro pero si encuentro otra ocupación remunerada lo tendría que dejar y me daría pena porque son unas investigaciones importantes para la economía de la región”.

Se lamenta de su mala suerte con las becas porque desde hace tres años ha tenido una experiencia encadenadamente decepcionante: “las han suprimido cuando estaba seleccionada o directamente las han eliminado y no las han sacado”, explica.
Solicitó una de introducción a la investigación en Castilla-La Mancha y las retiraron, y también pidió la de la convocatoria nacional de Formación Profesorado Universitario (FPU) donde fue preseleccionada, pero  eliminaron 150 entre las que estaba su trabajo.
También ha acudido a organismos privados como La Caixa, Iberdrola y al Instituto de Estudios Albacetenses a ver si hay suerte.

“La investigación en España está muy difícil, es prácticamente imposible excepto en casos puntuales, pues hay muchos proyectos y la mayoría no están financiados”, opina.

Por ahora se tiene que conformar con el pago de la gasolina quela Universidad de Valencia le consigna para su desplazamiento al campo de observación. Al menos no tiene que poner dinero en un estudio que inició al final de su carrera cuando “empecé a leer documentación sobre los factores que perjudican a la abeja de miel y me di cuenta de que podrían tener efectos mayores en las silvestres”.

Primero pensó en hacer estudio que comparase la fauna en una plantación ecológica con una convencional y como no pudo ser “me ofrecieron las instalaciones de la Entresierra de la Junta y Francisco Ribas me dejó su melonar”.