Cómo cada último domingo del mes de enero, y desde hace aproximadamente dos siglos, la Iglesia Católica viene celebrando el 26 de enero la Jornada de la Infancia Misionera, instituida por el que fuera Obispo de París, Forbin Janson. Este año se nos presenta bajo el lema “Con Jesús a Egipto, ¡En marcha!”, y este año, también, Lanzadigital se ha puesto en contacto con uno de nuestros misioneros diocesanos, José Adolfo Sánchez Pintor. José Adolfo nace en Ciudad Real, capital, en 1970, aunque se considera de Fuente el Fresno por haber vivido desde siempre en dicha población. Tras realizar los primarios, cursa estudios en Valdepeñas, en la Virgen de La Cabeza, en Alcázar de San Juan, en la Universidad de Toledo y en la U.N.E.D. En el año 2000 tiene su primera experiencia misionera, en el sur de Chile, concretamente en la misión que los jesuitas tienen en Tirúa. En 2004 regresa a España y tras unos años de discernimiento, -sobre su futuro y su vocación-, se marcha a Bolivia, al Alto, donde ha colaborado en la Parroquia Jesús Obrero, en la fundación Sembrando Esperanza, haciéndolo actualmente en la comunidad parroquial Santa María Madre de los Pobres y en el Servicio jesuita a Migrantes. Nos parece un bagaje muy interesante, y por eso le comenzamos a formular nuestros interrogantes.
Nos apoyamos, para estas dos primeras preguntas, en la presentación de la campaña de la Infancia Misionera. Primero, Dios opta por los pequeños, los libera. ¿Cómo se hace realidad la esperanza de transmitir al mundo el amor de Dios?
Acabamos de recordar y vivir la Navidad, el nacimiento de Dios que se hace hombre, y el relato del Nacimiento nos muestra a un Dios que nace pobre entre los pobres, podríamos decir un Dios que se empequeñece… Pues para mí esa es la imagen perfecta de cómo transmitir el amor de Dios, a través de cosas pequeñas, cotidianas, estando cerca de aquel que nos necesita.
Haciendo gestos concretos, no importa que parezcan insignificantes. Quizá sea muy llamativo ver las imágenes de personas que se dan a los demás en grandes catástrofes, pero son muchas más las que viven las pequeñas cosas del día a día, con personas que lo que más valoran es que estés cerca de ellos para conversar, para llevar una palabra de aliento o dar un abrazo. La esperanza y el amor de Dios se transmiten por la cercanía y la ternura.
En segundo lugar, ¿cómo sintió usted el “grito” para salir al encuentro del otro y de Dios?
No es algo que en mi caso haya decidido de un momento a otro. Ha sido todo un proceso de discernimiento y oración. Ves que no encajas en determinadas estructuras, te preguntas ¿por qué?, y vas descubriendo que Dios te llama a algo, y en ese discernimiento vas encontrando personas en las que vas viendo esa llamada de Dios a través de su compromiso.
Estas experiencias vitales van configurando tu vida y hacen que vayas escuchando esa vocecita interior que te empuja a salir de tu tierra y familia para entregar tu vida allí donde te lleven. Esa vocecita a la que hacías oídos sordos ya no se puede obviar porque descubres la felicidad en la entrega.
“¡En marcha!, ¡miremos fuera!”. Me viene a la memoria la canción “Misionero de tu ciudad”, ¿la conoce?
Bueno, no sé si es la misma, pero recuerdo esa canción que dice algo así cómo “la gente dice que ante los problemas hay que pasar…” pero después dice que serás misionero si ofreces sin pedir nada a cambio, si ayudas a un amigo, si ofreces tu palabra…, que tiene mucho que ver con lo que te decía antes de estar cerca del que sufre, y estarlo en las cosas pequeñas del día a día, que es cómo dice la canción, encontrar la alegría en ayudar.
Convivir, compartir, anunciar. Convivir con personas muy diversas; compartir lo que somos, lo que tenemos, lo que vivimos; anunciar el amor que Dios ya ha sembrado en sus corazones… Sinceramente, parece complicado. ¿Lo es?
Yo no lo veo nada complicado… Sí que requiere algunos cambios personales y de paradigmas. Supone hacer cómo una especie de autocrítica a nuestro etnocentrismo, ver que las personas de otras culturas tienen muchos valores y una forma de ver la vida que es diferente a la nuestra, ni mejor ni peor, simplemente diferente. Aceptarlo y percibir que nos podemos enriquecer mutuamente. Y para mí, también supone no ver al “otro” cómo “el pobrecito” que necesita de mi ayuda. Porque esto nos sitúa en un plano de superioridad, es algo así cómo pensar “menos mal que yo estoy aquí para salvarte”. Es, cómo dices en la pregunta, compartir lo que somos y lo que tenemos, sin fingir y sin querer ser más que el otro. Dar gracias por las personas que Dios ha puesto en tu vida, o lo que es lo mismo, ver a esas personas cómo una gracia y regalo de Dios.
Dice el cardenal Juan José Omeya, arzobispo de Barcelona, “…ojalá muchos niños y jóvenes digan al Señor: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. ¿Cómo andamos, hasta donde usted sepa, de vocaciones misioneras?
Sinceramente no tengo muchos datos al respecto. Mi impresión es que sí que ha resurgido entre los jóvenes el interés por participar en una experiencia de voluntariado o de misiones, pero me parece que son a corto plazo. Y, sin embargo, los compromisos a largo plazo son más difíciles de asumir. Quizá haga falta trabajar esa visión de la misión.
Niño. Dios. Misión. Me surge, seguro que también a nuestros lectores, la misma pregunta que a Roberta Tremarelli, responsable internacional de Infancia Misionera. ¿Qué quería decir Jesús, -desde su particular punto de vista-, cuando puso a un niño en el centro del grupo misionero de los discípulos?
Seguro que hay muchas interpretaciones… Jesús era un gran pedagogo y sabía poner ejemplos que la gente rápidamente entendía. Un niño es una promesa de algo maravilloso por realizar. Tenemos dos imágenes de los niños; los niños cómo seres frágiles e indefensos y los niños sinceros, que expresan lo que sienten sin esperar a ser políticamente correctos. Los niños no necesitan pensar mucho para confiar o no en las personas, para pedir lo que quieren sin miedo, para hablar siempre con la verdad, no hay niños hipócritas o falsos, su corazón es puro y limpio.
Quizá Jesús lo que nos quiso decir es que para encontrar a Dios necesitamos volver a tener ese corazón puro y limpio, abierto, sincero, que se atreve a pedir y dar amor. Y si vemos esa imagen de fragilidad, que a veces tenemos de los niños, quizá Jesús nos esté diciendo, al ponerlos como ejemplo y al medio de sus prédicas, que nosotros deberíamos tener una mirada especial y prioritaria hacia los más necesitados.