Todo comenzó por la inquietud de dos bisnietos que trataban de conocer la historia de sus familiares represaliados, asesinados y enterrados en las fosas comunes de Manzanares. José Luis de Gracia fue uno de los que empezaron a preguntar en casa, uno de los que encontraron “más silencios que respuestas” y que como muchos otros empezó a investigar por su cuenta. Era 2016 y apenas hasta hace unas semanas fue consciente de la “magnitud” de lo que han conseguido en cinco años.
“El día que organizamos el evento que cerró la exhumación llevada a cabo por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica al cementerio acudió mucha gente, no solo de Manzanares y no solo familiares. Ver a tantas personas, a tantas de diferentes generaciones, nos ayudó a ver que tiene una trascendencia histórica, que esto es una cuestión social y que no es algo particular”. José Luis habla de los inicios del colectivo Memoria Histórica Manzanares y del duelo que han experimentado las familias.
Hablar del duelo es difícil, “porque es algo particular de cada familia, y porque las vivencias son individuales y diferentes”, explica. Ahora bien, añade que “lo que sí está claro es que este tipo de procesos ayudan a sanar”. La exhumación de Manzanares ha creado “un espacio para compartir recuerdos, de confianza y de seguridad” entre los familiares, que al mismo tiempo evidencia “la necesidad de poder hablar del pasado y del dolor arrastrado”.
El duelo
Durante mucho tiempo estas familias lo tuvieron “muy difícil” para encontrar estos espacios. En la dictadura callaron “por las represalias políticas” y después, según reconoce, con la entrada de la Democracia “ha sido un tema silenciado a nivel social y familiar”. Abrir las puertas del pasado ha sido “liberador y sanador”. De hecho, José Luis comenta que, por ejemplo, su abuela decía que “llevaba toda la vida queriendo hablar y que hacerlo le ha dado paz”.
¿Hablar de una sanación completa? José Luis de Gracia cree que “es algo imposible”, porque, “el dolor causado, que ha producido una pérdida permanente, es irreparable”. La herida “siempre va a estar”, pues “el dolor va a seguir acompañando a la pérdida”. Eso sí, ahora “al menos puede cerrar de una manera sana” y eso facilita que el proceso de duelo concluya, que para él es un concepto clave.
Para las 60 familias que forman parte de este colectivo que dio su primer paso con un homenaje a los represaliados un día de noviembre, el proceso ha sido “muy intenso y reconfortante”, marcado por esa gestión de los procesos a nivel familiar e individual, por el apoyo al equipo de la ARMH y también por establecer líneas de contacto con más familiares.
Un testigo transmitido entre generaciones
La gestión del duelo por parte de las diferentes generaciones es reveladora. Hay que tener en cuenta que, en la mayoría de los casos, los familiares implicados en la exhumación son descendientes lejanos. José Luis de Gracia habla del proceso de sociabilización y de cómo “se transmiten las estrategias que adoptan los familiares de los muertos por ‘rojos’ para salir adelante en un contexto hostil”.
El aprendizaje se desenvolvió de una manera diferente en cada generación. “La generación de la víctima aprendió a no hablar y la siguiente a no preguntar”, por eso es la tercera o la cuarta generación, los nietos y bisnietos, según explica, los que normalmente inician y motivan estos proyectos. Son personas que no han vivido ciertos contextos políticos y sociales, y que por lo tanto se aventuran a romper el silencio. Es como “un testigo que se transmite”.
La situación genera dentro de las familias y a nivel individual muchos conflictos, porque, según explica José Luis, “percibes el silencio y te tienes que rebelar contra las estrategias que tu propia familia ha tenido”. Y, al mismo tiempo, son preguntas que “van a tocar la identidad de las familias y que van a despertar recuerdos de episodios de dolor”.
En Manzanares han creado un espacio que facilita el compartir, pero que no por ello elimina “la continua amenaza del temor”, especialmente en familiares directos, “que son pocos”. Por ejemplo, reconoce que durante la exhumación “familiares y vecinos susurraban al hablar de nombres concretos”, bajaban el tono. “La estrategia del terror era política, y funcionó muy muy bien”, determina.
Las evidencias de la violencia
Ya casi han saldado la deuda que tenían con sus familiares, pero pasar por todo les ha dejado una huella imborrable. “El nivel de violencia que el ser humano puede llegar a cometer asusta”. José Luis de Gracia habla con total franqueza, porque, con los ojos del joven que nunca conoció la dictadura y que ha vivido en una sociedad que presume de unos buenos niveles de seguridad, “ver los esqueletos, su posición y saber que hay seres humanos que tratan a otros con esa inhumanidad, da miedo”.
“Una cosa es el relato histórico, el académico, pero cuando ves que en tu pueblo ha sucedido esto, cuando ves las evidencias innegables de la violencia, es cuando tomas conciencia de que se pueden traspasar todos los límites, unos límites que deberían ser infranqueables”, cuenta. Ver de cerca cómo el Franquismo “priorizó una idea de país, patria y nación por encima del pueblo”, y cometió estos hechos “tan recientes históricamente hablando”, fue un auténtico shock.
Aquí no acaba todo
Está contento, “pero no satisfecho”, advierte el bisnieto de Francisco Martín, fusilado el 25 de octubre de 1940 en Manzanares. Para José Luis de Gracia, como para el resto de familias, “éste es el primer paso”. Su objetivo ahora es conseguir la exhumación de las fosas intramuros por parte de una institución pública, ya que lo consideran “una cuestión de Estado”.

