“La reestructuración tiene sus luces y sus sombras”

Análisis sobre los planes para la reimplantación de vides

José Ángel Amorós Ortiz-Villajos. Doctor Ingeniero Agrónomo. Escuela de Ingenieros Agrónomos de Ciudad Real (UCLM)

Cuando hablamos de reestructuración del viñedo, en sentido amplio,  nos estamos refiriendo a las acciones que se han llevado a cabo sobre las plantaciones de viñedo desde nuestra entrada en la Unión Europea en 1986. En estas tres décadas, se han acometido muchos tipos de actuaciones pero las más llamativas serían las políticas de arranque y abandono definitivo del viñedo, las nuevas  plantaciones (con distinta variedad, marco, sistema de conducción,…), y la modificación de plantaciones existentes (evolución hacia mecanización).

De lo que no cabe duda es de que el viñedo de España y, muy especialmente, de Castilla-La Mancha ha cambiado profundamente.

El de los años 1970-1980 estaba regido por el Estatuto de la Viña el Vino y los Alcoholes (Ley 25/1970). Predominaban las plantaciones de secano (el riego estaba expresamente prohibido, Art. 42 de la citada ley), con sistemas de conducción tradicionales (vasos o “en cabeza”), variedades autóctonas tradicionales (en La Mancha, el 80% del viñedo era  airén), marcos de plantación amplios (1.500 plantas/hectárea) y muy escasas posibilidades de mecanización de las labores de vendimia y poda. El mercado del vino era predominantemente nacional, basado en vinos a granel y DOs tradicionales, muy intervenido y regulado (destilaciones o “quemas”).

Al entrar en la antigua Comunidad Económica Europea (CEE), a pesar de los periodos transitorios y algunas políticas proteccionistas, cambiaron las coordenadas del sistema económico-agrícola-vitícola. El principio general de las “Políticas Agrarias Comunes (PACs)” parecía encaminado a eliminar excedentes y adecuar las producciones a las demandas del “mercado”.

En este marco analizamos los hechos (algunos logros, algunos fracasos) que nos han llevado a una situación compleja como la actual y que seguirá siendo compleja en el futuro. Podemos constatar:

Una disminución de la superficie vitícola en todos los grandes países vitícolas como Francia e Italia, pero sobre todo en España, donde la superficie de viñedo desde los años 80 ha disminuido en casi medio millón de hectáreas (en Castilla-La Mancha se han perdido unas 250.000 has). Podríamos decir que las políticas de arranque y abandono definitivo han tenido éxito.

Sin embargo esa disminución, lejos de eliminar producción, ha llevado a un aumento en la producción final de vino y mosto.

Cambios en las técnicas de cultivo: La posibilidad de riego ha supuesto una revolución en nuestra viticultura. Nos ha permitido regularizar las producciones, incrementar el número de plantas/ hectárea, elevar el sistema de conducción (permitiendo la mecanización) y diversificar las variedades.

Cambio varietal: Hemos pasado de un predominio de las variedades autóctonas (con producción de mucho vino blanco a granel y para destilar) a un equilibrio de aproximadamente 50/50 de variedades blancas y tintas. Además, a nuestras variedades autóctonas como Airén, Cencibel, Garnacha, Bobal, etc… se han incorporado variedades internacionales como Cabernet Sauvignon, Shyrah, Chardonnay, etc… que han introducido diversidad en nuestros productos.

Mecanización del cultivo: El cambio de sistema de conducción (espalderas) ha permitido mecanizar la vendimia fundamentalmente (algo también la poda) que era la operación que más mano de obra requería en el viñedo.

Cambios en la Industria Enológica: En los años 80-90, gracias a fondos europeos (FEOGA), se produjo una modernización de la industria agroalimentaria en general y de la enológica en particular. Generalización del acero inoxidable, el uso del frío, sistemas de filtrado y crianza, entre otras modificaciones nos ha llevado a la mejora en las posibilidades de elaboración de vinos de calidad.

Sin embargo, viendo la situación actual del sector, cabe preguntarse si estas políticas de reconversión han tenido éxito o no. No existen respuestas simples a cuestiones complejas, y por eso caben varias reflexiones.

A nivel nacional, seguimos siendo el primer país vitícola del mundo y la producción se va acercando a la de los vecinos Francia e Italia. Teniendo en cuenta que ha habido sectores de la economía (agraria e industrial) que han desaparecido, no podemos decir que al sector del vino en conjunto le haya ido mal (se produce más, con mejor calidad en conjunto, se exporta mucho más y el sector mantiene e incluso crea empleo), tal vez el punto más oscuro sea el descenso, que parece no tocar fondo, del consumo interno. Este panorama no es uniforme ni para todas las regiones ni para todos los tipos de vino. Cabría preguntarse por qué…

En los últimos años se han reestructurado una media de 11.000 hectáreas anuales en Castilla-La Mancha (aproximadamente el 50% del total nacional), más de un tercio de la superficie del viñedo, y con una importante aportación de fondos públicos (72 millones anuales).

Pero ¿ha sido positiva la reconversión para el sector vitivinícola castellano manchego?

La respuesta no es sencilla y a las cuestiones positivas hay que contraponer otras como:
Mayor producción estructural: Castilla-La Mancha se situará por encima de los 20 millones de hectolitros de vino anuales y España, por encima de los 40 millones. Ese incremento, unido a la caída del consumo interno obliga ineludiblemente a acudir a la exportación.

Plantaciones con alto potencial productivo: Sobre todo a raíz de la autorización de variedades de racimo mediano-grande, muchas plantaciones se disparan en producción, resintiéndose indefectiblemente la calidad.

Dificultades en el pago diferencial de las uvas: No se debería pagar igual la uva que sirve para elaborar un producto que se vende a 10 euros la botella que la que no sirve nada más que para destilar o elaborar mostos y “vinos” de baja calidad.

Desorientación varietal: Parece que una vez pasada la fiebre de plantar variedades “internacionales” y clones muy productivos, deberíamos recuperar la tipicidad de las variedades autóctonas minoritarias. En cualquier caso, plantar siempre variedades con vocación de vinos de calidad.

Nos queda por delante un largo camino: Mejorar las técnicas vitícolas y las técnicas de elaboración y aplicarlas ordenadamente a “toda la vendimia” y mejorar la comercialización de los productos (intentando que quede el mayor valor añadido).

En ese camino debemos colaborar viticultores, técnicos, políticos y consumidores para que un sector tan antiguo, y tan nuevo al mismo tiempo, siga siendo fuente de riqueza para Castilla-La Mancha.