Las despedidas de soltería, ritos emergentes en torno al sexismo

Un estudio de la profesora de Antropología Social, Luisa Abad, analiza estos encuentros

J. Y. / Ciudad Real

¿Son las despedidas de soltero una costumbre social para la diversión espontánea de un grupo de amigos y familiares o se han convertido en un acto estereotipado de alta hipersexualización social? Al parecer, en los últimos años estos encuentros han emergido como nuevos ritos sociales centrados en la idealización del sexo frente a la ‘opresiva’ institución del matrimonio. Estas manifestaciones, que antes eran el camino de la liberación de las mujeres, tienen un alto valor psico-antropológico, a tenor del contenido de estas fiestas, en las que subyace “un rol de dominación simbólica a través de la cosificación del otro”, sea hombre o mujer y de cualquier opción sexual. Es una de las conclusiones del trabajo realizado entre 2009 y 2011 por la profesora de Antropología Social de la UCLM, Luisa Abad, en el marco del proyecto ‘Ritos de ciclo de vida en la región (1901-2009): un patrimonio etnológico castellano-manchego entre el olvido, la continuidad y la transformación’.

Castilla-La Mancha y sus pueblos no son ajenos a la proliferación de estas fiestas, que al igual que en otras comunidades reproducen patrones importados de los grandes núcleos urbanos e, incluso, llegan procedentes de otras culturas y del universo cinematográfico. 

“Las despedidas de soltería se constituyen en ritos emergentes desde el momento en que en la forma y estructura que las conocemos ahora son el relevo de otros rituales de transición de ciclo de vida como fueron (y son aún en algunos lugares) las fiestas de quintos o fiestas de mozos tras haber sido sorteados para cumplir con el servicio militar”, explica Abad para centrar el origen de estas celebraciones.

Pero ha sido en la transformación de la sociedad y del mundo globalizado donde “se han creado nuevos modelos de rituales de tránsito, entre los que también se hallan, sin duda, la ‘experiencia Erasmus’ o los ‘jóvenes cooperantes’, cada uno con sus diferentes aspectos y matices”.

Sin embargo, en el caso de las fiestas previas al casamiento, la  profesora introduce el fenómeno de perpetuación de los roles de masculinidad y feminidad en el desarrollo de un sujeto colectivo en que se convierte la propia despedida.

“Los actores sociales que participan, ya sean hombres o mujeres, acaban adoptando unos roles muy estereotipados”, que se materializan en “disfraces o indumentarias en las que está presente la hipersexualización de la sociedad: diademas, broches, piruletas, sombreritos con penes, tetas o vulvas; ofrecer ‘boys’ o ‘strippers’ como espectáculo y un rol de supremacía subyacente que acaban adoptando unos y otros como reflejo de una sociedad que aún no consigue establecer una verdadera simetría o equidad en las relaciones interpersonales”.

¿Pero hay desigualdad en estas prácticas? “Supuestamente, las empresas que ofrecen productos y actividades para las despedidas buscan equiparar a hombres y mujeres, pero suelen caer en la trampa del rol de dominación simbólica a través de la cosificación del otro”, explica Abad, que aclara que “como tradicionalmente los hombres podrían acabar (no todos) en locales de alterne y ahora llaman a ‘strippers’, las chicas buscaron la opción inversa acudiendo a espectáculos con boys e imitando comportamientos masculinos”.

Este hecho pone de manifiesto que la clave de estos encuentros es la sexualidad, con los fenómenos de la hipersexualización y el  consumismo frente “al propio concepto de nupcialidad español”, que evidencian “la transformación” de estas celebraciones, aduce la profesora universitaria.

“El matrimonio ha pasado de ser una necesidad legal y social (que marcaba el estatus de la persona y le dotaba de un significado) a ser una opción con probable fecha de caducidad”, subraya, por lo que “este paso es visto como un cambio radical de vida que lleva quasi implícito la muerte del deseo”.

Otro de los aspectos de las despedidas de soltería es la conciencia de grupo que ‘somete’ a los que más se alejen de las normas que se crean en un espacio de convivencia que puede durar horas o varios días.

De alguna manera se crea una obligación de actuar como ‘se espera’ a los componentes de la celebración porque por regla general “el sujeto colectivo de la despedida acaba fagocitando al sujeto individual, abocándole a adoptar la conducta gregaria sopena de ser tildados de ‘soso’, ‘aburridos’ o algo peor”.

Sobre si pueden darse episodios de violencia de género, Abad señala que “pueden darse bromas que traspasan la línea roja de la gamberrada extrema” por el consumo de alcohol u otras sustancias, aunque dice que no se da el fenómeno en sí mismo, a pesar de ser actos que “no construyen nada para erradicar la asimetría de género”.

De esta manera, la docente insiste en la transformación antropológica de las despedidas, tanto de hombres, como de mujeres o mixtas, pues tal y como están concebidas “son instrumentos que perpetúan el sexismo, el yo egoísta, la vida imitativa y el consumismo, en la línea que argumentaba Michel Onfray sobre el hedonismo contemporáneo”, dado que “el cuerpo es un mero objeto que sirve para instrumentalizar la sexualidad como elemento de éxito social frente al grupo”.

Las mujeres imitan las conductas masculinas

De su lado, la psicóloga Catalina Fuster destaca la confrontación sexo y matrimonio que caracteriza las despedidas de soltería.

“Es un tipo de celebración o fiesta enfocada desde el punto de vista masculino”, con unos  protagonistas que simbolizan sexualmente en la celebración “el inicio de un nuevo estado, en el prevén la pérdida de la libertad y el sometimiento a otras reglas”.

A su juicio, la genitalidad materializada en estos encuentros con una diversidad de recursos y productos, puede verse incluso desbordada por la búsqueda de riesgos u otros retos personales y sociales.

“Son manifestaciones con una gran connotación sexual en torno al hecho de cerrar un compromiso con una sola persona” que se interpreta como algo más rutinario, argumenta.

La psicóloga señala que son costumbres sociales muy antiguas que se han ido transformando en el tiempo, como ocurre “en las despedidas de parejas que llevan conviviendo años y, por tanto, no hay ceremonia de transición”.

“La celebración se mantiene porque es un espacio de fiesta entre amigos y por la creencia de que no hay orden ni control, con una connotación sexual en la que se diferencia el sexo como algo divertido en la soltería por la búsqueda de placer, mientras que la sexualidad en el matrimonio tiene otra finalidad, como la de la procreación”, una interpretación que no se sostiene en la actualidad “por las nuevas formas de vida y de planificación familiar”.

Sobre las despedidas por género, Fuster incide en el hecho de que las chicas “se han apuntado a las costumbres masculinas”, tras una concesión social que les permite “imitar la conducta masculina”.

“Copian el rito de juntarse con las amigas para celebrar una fiesta con desenfreno y con los mismos patrones que los chicos”, sostiene y agrega que “reproducen el mismo patrón intercambiando las posiciones”.

Tras comentar el “oportunismo comercial” que ha creado la industria especializada en torno a estas manifestaciones, Fuster repara en los viajes que el grupo realiza para celebrar la despedida y que supone una frontera mental que justifica las conductas más desinhibidas.

En este ámbito emerge, recuerda Fuster, la responsabilidad del “secreto del grupo de amigos cuando alguien vulnera el compromiso social de fidelidad y lealtad”.