Las tiendas de barrio siguen “al pie del cañón”

Noemí Velasco Ciudad Real

Estrella Palomares, frutera en la calle la Paz de Ciudad Real, ha llegado a trabajar de lunes a domingo sin descanso. Su sencilla tienda, donde la fruta colorea, las palmeras son una delicia y los dibujos de los niños del barrio cuelgan de las paredes, es el perfecto ejemplo de la perseverancia del pequeño comercio en el último año

Colas interminables con gente distanciada a las puertas de los supermercados, mientras que el pequeño comercio languidece. Es lo que han vivido en los doce últimos meses fruterías, pescaderías, carnicerías, droguerías y demás tiendas de barrio, por no hablar de zapaterías, corseterías y comercios de moda en todos los rincones de la provincia.

De lunes a domingo sin descanso. Así ha estado Estrella Palomares, que regenta una frutería en la calle la Paz de la capital, “al pie del cañón cuando la gente estaba confinada sin poder trabajar”, cuando tenía que llevar a los mayores la compra para que no salieran de casa y cuando había que animar a Álvaro Grande con su saxofón.

Empezó a trabajar todos los días de la semana porque no la llegaba para pagar el trimestre, ni tampoco a los proveedores, y “para vender, tengo que comprar”. Al principio de la pandemia, cuenta que “dio la impresión que subieron las ventas”, pero luego, “en verano, en julio y en agosto, empezaron a flojear”.

Estrella Palomares despacha pan en su frutería / Clara Manzano

Estrella Palomares despacha pan en su frutería / Clara Manzano

Para la frutera no ha habido altibajos, como ha ocurrido con las infecciones, sino un descenso continuado. “Tengo mis clientes fijos, que no me han fallado y espero que no me fallen, pero esto cada día es más difícil”, confiesa en el corazón de su colorida tienda, donde más de un día algún vecino la trae café para sobrellevar el frío.

Entre tomates, naranjas, perejil e infinidad de productos que van más allá de la fruta, Estrella Palomares confiesa que no ha entendido, ni va a llegar a entender, la saturación en los supermercados. “La gente tiene miedo a comprar en tiendas, pero luego prefiere irse al súper, donde hay esas aglomeraciones de gente en los pasillos”, explica.

En la entrada hay un cartel que indica que, mientras que atiende a una persona, hay que esperar en la puerta, y aparte la desinfección es incesante. Algunas clientas dicen: “a mí solo me dejan venir a tu casa”. Son los mayores, los más asiduos al comercio local, y a muchos, desde que comenzó la pandemia no los ha vuelto a ver.

Y después de las ayudas, ¿qué?

Mira hacia la calle, que está “mucho más triste, no hay alegría”. “La gente se queja de los precios, pero yo no los subo”, explica Palomares, que alude al encarecimiento de la fruta como consecuencia de las heladas provocadas por la borrasca Filomena en los campos.

Cuenta que clientes que iban a la tienda tres veces por semana, ahora lo hacen una, y que algunas personas mayores mandan a sus hijos, pero “vienen a por lo esencial”. Está “agobiada”, como todos, por los contagios, porque la gente no llega a final de mes. Desde que llegó el Covid los proveedores reparten menos días y encima con el cierre de los bares en las semanas previas al 11 de febrero dejaron de servir algunos productos, como el bacalao.

En estos momentos, Estrella Palomares está acogida como empresaria a una ayuda del Gobierno, “es poquito dinero, pero te sirve para pagar el alquiler, proveedores, y vas saliendo adelante”. Eso sí, su duda es si cuando se termine va a poder continuar con esta tienda que puso con toda su ilusión.

La unión del barrio

En el barrio la conoce todo el mundo, ella es “sencilla, básica, y de mi pueblo, Agudo, muy rural”. Ahora bien, lleva a los vecinos de la calle La Paz en el corazón, donde trabaja desde hace veintitantos años. Desde su frutería intenta “que a la gente de por aquí no le falte de nada” y las palmeras de chocolate se han convertido en el producto “estrella”.

“Aquí hay gente maravillosa, tengo clientela muy maja, que ya no son clientes, sino mis amigos”, dice, al mismo tiempo que enseña algunos de los dibujos que la hicieron los niños del barrio durante el confinamiento. “Llegó mi cumpleaños y me regalaron cosas muy bonitas”, cuenta, y es que esta tienda es símbolo de cercanía y honestidad.