Los restos de un almagreño y un criptanense fallecidos en la prisión franquista de Valdenoceda serán entregados a sus familias

Carlos Monteagudo Ciudad Real
Entrega de los restos del almagreño Julián González a sus familiares este sábado / Lanza

Entrega de los restos del almagreño Julián González a sus familiares este sábado / Lanza

Julián González, de Almagro, tenía 58 años en el momento de su fallecimiento, mientras que Abilio Luis, vecino de Campo de Criptana, tenía 21 años cuando murió a causa de una anemia cerebral, como consecuencia del maltrato que sufrían los presos en el penal burgalés.

Los familiares de Julián González, natural de Almagro, y de Abilio Luis, vecino de Campo de Criptana, ambos fallecidos en la prisión franquista de Valdenoceda (Burgos), recogerán sus restos este sábado, 13 de abril, durante el acto anual que convoca la Asociación de Familias de Represaliados en la Prisión de Valdenoceda.

Las familias de estos dos presos republicanos, que se desplazarán desde su pueblo, donde todavía residen, recogerán personalmente los restos de Julián y de Abilio para trasladarlos a su localidad natal y darles allí digna sepultura.

Julián González tenía 58 años y estaba casado, con un hijo y dos hijas, cuando en 1939 le condenaron a seis años y un día de prisión por “excitación a la rebelión”. Vivía Almagro, donde trabajaba como jornalero del campo, y no tenía antecedentes. Eso no impidió que fuese detenido y condenado. Llegó a Valdenoceda el 8 de marzo de 1941, pero falleció poco tiempo después, el 12 de abril de este mismo año.

Por su parte, Abilio Luis tenía 21 años y era soltero cuando fue detenido y condenado por “auxilio a la rebelión”. Se le condenó a 20 años de prisión. Era barbero de profesión y vecino de Campo de Criptana, aunque había nacido en Vara del Rey (Cuenca). Falleció en Valdenoceda el 6 de abril de 1942 víctima de una anemia cerebral, consecuencia del maltrato que sufrían los presos en el penal burgalés.

Con la entrega de los restos de estos dos vecinos de la provincia, la Asociación da un paso más en su empeño por “recuperar la memoria de aquellos que tanto sufrieron durante la posguerra y por devolver a sus familias los restos de sus seres queridos que nunca debieron ser arrebatados de su tierra”, tal y como apuntan a Lanza miembros de la Asociación de Familias de Represaliados en la Prisión de Valdenoceda.

154 presos fallecidos, de los cuales 59 eran vecinos de la provincia de Ciudad Real

Hasta este momento, la Asociación ha conseguido conocer la existencia de, al menos, 154 enterramientos de presos que fallecieron en la prisión de Valdenoceda entre 1938 y 1943. Estos enterramientos constan en el Registro civil del valle de Valdivielso. En cada hoja del Registro consta el nombre y apellidos del fallecido, su localidad natal, su fecha y las causas de fallecimiento.

De estos 154 presos fallecidos, 59 eran nacidos o residentes en la provincia de Ciudad Real.

Prácticamente todos morían por ‘colitis epidémica’, que no era otra cosa que las consecuencias del hambre y del frío que padecían estas personas, que se encontraban en “situaciones inhumanas” en dicha prisión.

En estos momentos, se han identificado ya 68 de los 114 cuerpos recuperados en la excavación de 2007. Quedan por localizar 27 familias, para que aporten sus muestras de ADN y proceder al cotejo con el ADN recuperado de los huesos. Y también queda pendiente, recuerdan desde la asociación, una nueva excavación para tratar de sacar a la luz la treintena de restos localizados en las tumbas más modernas, que todavía no se han podido recuperar.

Prisión franquista

Valdenoceda es una pequeña localidad del norte de Burgos, cercana a la provincia de Álava. Allí se encontraba, antes del inicio de la Guerra Civil, una fábrica de sedas. Por los sótanos de la fábrica pasaba un canal del río Ebro, que servía para mover las aspas de la maquinaria. La fábrica cerró en los primeros años de la Guerra. Desde 1938 y hasta 1943, se convirtió en una de las más terribles prisiones de castigo del régimen del general Franco.

Allí eran trasladados presos de toda España, víctimas de la represión, juzgados por cualquier motivo y condenados, paradójicamente, en la mayor parte de los casos, por ‘adhesión a la rebelión’. Por la cárcel, convertida con el tiempo en un auténtico campo de exterminio, pasaron varios miles de personas. El edificio, compuesto de tres plantas y con capacidad para menos de 300 personas, llegó a albergar a casi 1.600 presos.

A las malas condiciones de vida y al hambre se unían los castigos físicos. Cualquier mal comportamiento (no levantar el brazo para entonar el ‘Cara al sol’, moverse durante la formación a filas, fumar sin autorización,…) era merecedor de un traslado a la celda de castigo. Ésta estaba situada en los sótanos de la cárcel, junto al canal del río Ebro. La celda siempre tenía agua, pero cuando el río se desbordaba, la celda se inundaba y el preso debía permanecer quieto, helado de frío y con el agua al cuello, sin ni siquiera poder dormir.

A todo ello se unía el frío. Temperaturas bajo cero y las nevadas habituales del norte de Burgos eran una constante durante el invierno. Los presos no disponían más que de una pequeña manta. Durante las noches, unos se acercaban a los otros para darse calor y poder sobrevivir.

También eran habituales los insectos, normales en un lugar fétido como éste. Desde la Asociación señalan que los presos que sobrevivieron han recordado siempre las manchas oscuras sobre el techo durante el día. Al inicio de la noche, las manchas comenzaban a descender por las columnas y se dirigían en masa hacia los presos. Eran chinches. “Miles de picotazos de chinches asediaban todas las noches”.

Se tiene constancia documental de, al menos, 154 presos enterrados. Se sabe también, a través de testimonios de presos supervivientes y de familiares de personas que pasaron por el penal, de muchos otros penados que estuvieron en la prisión, fueron sacados de madrugada de su interior y nunca más fueron encontrados. En los alrededores se encuentran numerosas cuevas y se cree que muchos presos fueron asesinados y arrojados a su interior, sin dejar rastro para nadie y sin que su ejecución fuera comunicada siquiera a la familia.