Maestros de la costura artesana

El taller 'bAdos Rojo' ha conseguido más visibilidad en los últimos días por el reconocimiento a su trabajo artesano en la confección de la moda de firma. En la imagen, una de las 17 empleadas revisa una prenda / Clara Manzano

El taller Corte y Confección Bados Rojo de Moral de Calatrava se ha puesto en el centro de la actualidad de la moda por las confecciones que realiza para Otrura, firma que ganó el premio a la mejor colección en la Fashion Week de Madrid. Sus trabajadores celebran que la especialización en la alta costura ha hecho que "nos valoren un poco más”. "Cuando alguien se viste, no piensa en quién lo ha hecho", señalan

Valorar el trabajo que hay detrás de las prendas que tienen personalidad propia. Mirar hacia las manos que han montado conjuntos que marcan la forma de moverse de quienes las visten. Empatizar con esas puntadas únicas de una producción de ropa exclusiva y de calidad.

Es el ‘premio’ que el taller Corte y Confección ‘Bados Rojo’ de Moral de Calatrava ha conseguido a través de Otrura, la firma que ganó el  premio a Mejor Colección en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid 2021, con prendas salidas de este atelier especializado en la elaboración y montaje de moda artesana y de alta costura.

’Latente’, la exitosa colección impulsada por Verónica Abián y Sergio De Lázaro, los creadores de esta marca emergente, ha sido su “personal reivindicación de todas esas personas, artesanos excepcionales de oficios que no podemos dejar perder, y que con sus manos y su mimo hacen magia en cada puntada”.

Es justo la labor que desempeñan la veintena de trabajadores del taller de Moral de Calatrava, que ha sido puesto en el mapa de la moda española como paradigma del ‘oficio latente’ de la España vaciada, donde los modistos pueden hacer realidad sus ideas.

Un modelo de Otrura, la firma que ha dado más proyección a la fábrica moraleña / Clara Manzano

Un modelo de Otrura, la firma que ha dado más proyección a la fábrica moraleña / Clara Manzano

El taller

La trayectoria de la empresa ‘Bados Rojo’ tiene un recorrido de varias décadas. Fue constituida en la década de los 90 del pasado siglo y se inició como uno de los talleres de costura que empezaron a funcionar en innumerables pueblos de toda España.

Se inició a finales de 1995, cuenta Sebastián Bados, gerente de la sociedad, como una factoría de corte de prendas que después otros talleres confeccionaban para Induyco, la fábrica textil de El Corte Inglés, que a nivel nacional dio trabajo a miles de personas.

También realizaron pedidos para In Situ, compañía propietaria de Trucco, Naelle, Sumiko y Petit Amandine.

Apenas una década más tarde, el fenómeno de deslocalización del sector textil en España hizo que las expectativas de crecimiento del taller moraleño (como las de la inmensa mayoría a nivel nacional) se fueran al traste, y que se frustrara el futuro las mujeres que, de manera histórica, se habían incorporado masivamente al mercado laboral.

“Hubo más de 50.000 despidos en Castilla La Mancha en este gremio”, recuerda Bados, en lo que fue un impacto “muy peligroso” que conllevó la desaparición casi por completo de este tejido empresarial.

Para sobrevivir, Bados decidió ampliar la actividad de la mercantil y “hacer la pieza completa, con el patronaje y el cosido”. También fue el momento en el que Paulina Rojo y Rosa Bados se incorporaron como socias.

Pero no fue suficiente para afrontar la crisis del sector, ante la imposibilidad de que talleres como este moraleño pudieran competir con los bajos costes de producción de países como Marruecos, Bulgaria, Rumania o Asia. “La empresa se iba endeudando, y había que hacer algo”.

Renovarse o morir, los tres socios decidieron apostar “por la calidad, el trabajo bien hecho, la profesionalidad, la seriedad y la discreción”. Fue el inicio de su exitoso contacto con la alta costura y con los diseñadores de tendencias de alta gama. Especialización que no les ha impedido realizar pedidos para otros segmentos.

 

Del Pozo, Varela y Taminiau

El taller se inició a lo grande en la construcción de piezas artesanas con Del Pozo. “Por medio de un conocido contactamos con la firma, que nos llamó para cortar”, un trabajo que gustó a Josep Font, el diseñador de la marca y que garantizó más encargos hasta “coserles el 70% de su producción”.

De las manos de las 17 mujeres y tres hombres (uno es un veterano cortador) del atelier morañelo salieron bajo esta enseña conjuntos que lucieron Ana Belén en la gala de los Goya de 2017 –con un traje gris largo con un top en forma de flor, Michelle Obama –usuaria de los característicos abrigos de la casa española- o Melania Trump, que rompió su clasicismo con un vestido de la colección Pre-Fall 2017 con detalles florales en tonos naranjas y rosas.

“La verdad es que aprendimos mucho de esta empresa de alta costura española”, recuerda Sebastián Bados, quien solo tiene palabras de reconocimiento para Font. En la actualidad, la prestigiosa marca “está hibernando” tras ser adquirida por la empresa madrileña ‘Perfumes y diseño’.

 

Tras estos prometedores inicios también han tenido como clientes a Felipe Varela, uno de los diseñadores de cabecera de la reina Letizia, la firma sevillana Color Nude, el modisto holandés Jan Taminiau y, últimamente, el toledano Ulises Mérida, que también ha desfilado en la Fashion Week Madrid de 2021.

Diseños únicos

Se trata de un ámbito de la moda muy particular, reflexiona Bados, por el cariz artesano que tiene la confección y montaje de diseños únicos, y por el reconocimiento “de nuestro trabajo”.

“Nos valoran un poco más, aunque los márgenes económicos siempre sean muy ajustados”, confiesa.

El mundo de la moda es muy mediático y todo trasciende, también el buen hacer de ‘Bados Rojo’, que cuida con esmero “la confidencialidad” de sus clientes. “Cuidamos al máximo al diseñador, subraya el empresario de confección, y cada uno tiene su parcela, aunque estemos con varios a la vez”.

“Al final tienes que trabajar con varios”, sostiene Bados, porque son colecciones limitadas y personalizadas”.

Historias de los vestidos

La fábrica textil está ubicada en una nave con varias dependencias, y entre agujas e hilos se escriben cada día las historias de unos vestidos irrepetibles. Son prendas distintivas, “de muchísimo trabajo por fuera y por dentro”, que identifican el marchamo de la creación artesana frente a la producción industrial.

De hecho, el taller cuenta con máquinas planas (más sencillas) que, además de unir partes, permiten pegar vainica o hacer repulgos (dobladillos enrollado), además de remalladoras. Pero el gran activo es “la mucha mano” para afrontar “procesos muy complicados que son imposibles de llegar con una máquina”.

Año Covid

Nada que ver con la fabricación de batas y mascarillas quirúrgicas, con un procedimiento más mecánico y en cadena.

Precisamente, la elaboración de este material sanitario ha sido uno de los nichos que el taller ha trabajado en el año Covid, tras la reapertura en mayo pasado. En marzo se viero nabocados a cerrar y a solicitar un ERTE “porque nos aplazaron pagos y se paralizó la producción”.

Afortunadamente, desde hace once meses retomaron la dinámica con los pedidos para cubrir las necesidades sanitarias y “hasta ahora hemos encadenado los trabajos”.

El objetivo es “cuidar los puestos de trabajo y salir adelante” porque el equipo se mantiene desde hace décadas y “somos como una familia”.

Para avanzar, han tenido que hacer prendas para perros –arneses y chubasqueros- hasta que puedan retomar la producción de prendas de calidad “que no va a poder ser hasta 2022”.

Para marcas, han realizado la colección de Otrura para la pasarela de Madrid y para la de Barcelona (en la que también ha participado) “con pocas cantidades y prendas muy personalizadas”, y parte de las series de Color Nude.

De cara a un escenario post Covid, Bados es “optimista”, a pesar de la incertidumbre de su futuro. “Nuestros clientes están parados pero esperamos que en cuanto reinicien cuenten con nosotros”, manifiesta.

Convenio con el Ayuntamiento

Por otro lado, la historia y recorrido de ‘Bados Rojo’ ha respaldado la apertura de la línea formativa para la elaboración de prendas textiles.

Recientemente, la empresa ha firmado un acuerdo de colaboración con el Ayuntamiento moraleño, para impulsar la homologación de esta nueva especialidad.

Según ha informado la Junta de Comunidades, el objetivo de los cursos es impartir la teoría en instalaciones municipales, y la práctica en el conocido taller, sobre todo tras el éxito de Otrura con su “costura impecable y contemporánea”.

 

Piezas únicas, como el traje rojo de Rozalén en los Goya

Los diseños empiezan a tomar forma con el montaje de los patrones sobre un maniquí, un prototipo que marca el trabajo del taller.

Es un proceso creativo de carácter muy artesanal que “no tiene nada que ver con lo que antes hacíamos”, explica Rosa Bados, jefa del taller.

Cada prenda “tiene su historia y su forma de montarla”. “Ninguna es igual”, sostiene, pero todas van marcadas por “sus hilvanes y su cosido a mano”. El objetivo, sostiene la costurera, es que “todo encaje bien y la prenda se ajuste al cuerpo de la persona”.

Es el caso de Rozalén y su traje de chaqueta rojo de Otrura que lució en la Gala de los Goya el pasado 6 de marzo. Lo compusieron con mimo y con la expectativa de que triunfara. “Cuando lo hacíamos, estábamos todas locas pensando si se iba a ver y si iba a ganar”. Y cuando  se llevó el Goya a la Mejor Canción Original por su trabajo en ‘La boda de Rosa’ “fue una gran satisfacción”. “Nos lo agradeció por Instagram y estas reacciones son gratificantes porque ves tu trabajo se valora”; celebra. Lo normal es que “nuestra labor no se vea, es como si no existiera, porque cuando alguien se viste no piensa en la persona que lo ha hecho”.

Por ello, “es muy satisfactorio”, insiste Bados, quien en jornada intensiva, de 7 a 15 horas, mantiene el pulso de un taller que está de moda.

Proceso de elaboración

Paulina Rojo Ruiz, una de las socias de Bados Rojo, repasa todo el proceso de elaboración de las prendas de firma desde que entran los pedidos.

Tras recibir las piezas, despliegan los patrones en la mesa de corte para plantear el cortado. A continuación “comprobamos que los patrones encajan, con todas sus partes -las sisas, los bolsillos o las pinzas- y sus piezas”. Después toca hilvanar el primer borrador de la prenda, ya que la delicadeza de la mayoría de las telas no les permite pintar las marcas porque dejan huella.

Cuando llega el montado “hay mucha mano” como cuando superponen vivos, bolsillos, botones u otros detalles que dan identidad única al vestido, falda o pantalón que estén confeccionando. También planchan cada unidad por el interior y por el exterior para consignar que va tomando vida propia y “para que no se nos vaya de medidas y no haya errores”.

El planchado final precede al embolsado de un producto artesano, listo para ser paseado en las pasarelas nacionales e internacionales, y para ser vestido por personas que puedan acceder a estos estilismos.