La travesía espiral de Federico

Teo Serna
Federico Gallego Ripoll

Federico Gallego Ripoll

Siempre que se abre un libro comienza un viaje; siempre que comienza un viaje se abre un horizonte; siempre que se abre un horizonte se abren mundos, nuevos descubrimientos: alguna Terra incógnita, algún mapamundi nuevo por cartografiar, algún miedo nuevo.

Abro Las Travesías de Federico y sigo su recomendación de leerlas como quien mira desde la cubierta de un barco y sitúa en el horizonte su ciudad anhelada… Me despojo de todo, de mí mismo (claro), porque quiero llegar lo más puro posible a esta lectura y no es bueno llevar equipajes previos, pues para este viaje menester es comenzar con la mirada que, limpia, apunta hacia otro desconocimiento.

Las Travesías es obra de madurez total y no puedo sino rememorar aquellos alquimistas, con su atanor, destilando la materia oscura para llegar a la Opus magnum, es decir, a la purificación personal, al deseo de una perfección que sabemos imposible.

“Travesía” es, no sólo el terreno por donde se transita, también un camino transversal entre otros dos; también un “modo de estar algo al revés”. Me quedo con estas tres acepciones para entender mejor estas Travesías, o para desentenderlas; para conocerme mejor y conocer mejor a Federico, pues sabido es que quien escribe se describe, aunque se esconda o finja (que eso no lo veo tan claro aunque lo haya dicho un tal Pessoa).

Portada de Las Travesías

Portada de Las Travesías

Y así, transito este libro, pues lo atravieso, lo piso, es camino por el que me pierdo tan ricamente. Es  también camino transversal entre otros que pudieron haber sido y que seguramente son, pues el libro es lo que es y lo que no es; es lo que el poeta quiso hacer y lo que el lector hace; es una posibilidad entre muchas; es la bolita que se esconde en el vaso boca abajo, en un juego del poeta-trilero, que nos ofrece siempre unas posibilidades para elegir, sabiendo quizá que juega con ventaja. Es igualmente un modo de estar al revés, pues me descoloca y re-coloca y me vuelve del revés, estando todo donde debe estar… o no, pues otra tarea del poeta es la de jugar al malabarista o al funambulista inestable, o, mejor, que crea inestabilidad y, de paso, conciencia de ser.

He tenido la  impresión de caminar por un desierto cuando he caminado por este libro, un desierto que en quietud aparente, no cesa de mover sus dunas, no deja de mostrar sus oasis, no deja de reclamar la sed constantemente: para eso están esos oasis; para eso están, también, los espejismos que Federico nos ofrece como relámpagos que aparecen para desaparecer luego en lo hondo, en nuestra hondura más secreta, para quedarse allí, acurrucados, como pájaros sin nido, negros y secretos.

Hay un poema que me llama, que me quema especialmente: “Turba seca”. El hecho poético, la labor creativa, descrita aquí con tino preciso, con la metáfora potente de un fuego secreto que “arde y prende la cima y las raíces”; lo alto y lo bajo; lo secreto y lo evidente; la tierra y el aire. Y aquí recuerdo otra vez al alquimista trasmutando los elementos, recopilando los elementos para comprender mejor los secretos que se esconden en el azogue que nos refleja.

La palabra, ladrillo etéreo en el edificio poético, aparece una y otra vez en estas Travesías, con vida propia más allá de la voluntad del poeta (moscas, palabras); la/s palabra/s como aguja/s mínima/s, afiladas, inoxidables, calladas en su dolor potencial; las palabras como gaviotas a las que esperar siempre, que regresan o no; que son o no.

Y el silencio. Para buscarlo, para aturdirse con él. ¿Cómo sobrevivir sin el silencio? ¿Cómo construir sin él este edificio lleno también de agua, de luz callada?

Llego al final de estas Travesías, pero sé que no he trazado ningún final, sé que yo, cuando le leo, hago a Federico (él me lo dice, yo lo sé también) y en esta construcción recopilo las palabras que ya tienen vida propia y las hago mías, porque me las ofrece Federico, las saca de unas alforjas repletas de tanta luz que a veces ciega y juegan a ser incandescentes por un momento, como ascuas ofrecidas a manos llenas.

Se advierte en el primer poema del libro: “Muerde el poema”. Y como cartel que anunciara perros rabiosos: “Cuidado con el verso”. Pero no hay que temer a la mordedura; hay venenos que sanan y sangre que escribe a borbotones recuerdos de heridas milagrosas.

Ahora me doy cuenta que he hecho una travesía espiral que me ha llevado al centro, al centro mismo de Federico. Aquí me quedo. Por un momento siento que mi sed se ha calmado y el agua está más cerca. El azul, el mar, la sal, las palabras. También el fuego.

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Federico Gallego Ripoll. Las Travesías.

VI Premio de Poesía Juana Castro

Editorial Renacimiento,  2020