Con la casa en ruinas por un conflicto entre aseguradoras

Noemí Velasco Membrilla

Amparo Cano y María Jesús Menchén entre los puntales que soportan los muros de su vivienda / Clara Manzano

María Jesús Menchén, Emilio Cano y su hija Amparo se quedaron sin casa en diciembre de 2017. Las obras en un solar aledaño dejaron al aire los cimientos de su vivienda, anexa a una antigua casa solariega, y se vino abajo. Desde entonces, las aseguradoras del arquitecto, la excavadora y la constructora están en pugna para evitar asumir el coste de la reconstrucción y el restablecimiento de todos los enseres perdidos, que podría alcanzar los 150.000 euros. En abril del año pasado denunciaron a dos de las compañías y están a la espera de la vista judicial. La familia habla de falta de "humanidad" y exige una intervención rápida, ya que el derrumbe ha empezado a afectar al resto del edificio y puede colapsar

El estruendo rompió las conversaciones animadas al calor del fuego en la víspera de Nochevieja. En la cocina fue como un vendaval, que entró por la ventana abierta dispuesto a acabar con la agradable mañana. El ruido llegó hasta la casa de enfrente, hasta la plaza del Azafranal y hasta el Ayuntamiento. “Lo primero que vi fue la habitación de mi hermano, el suelo estaba hundido, algunos muebles habían caído hacia abajo y había una tremenda abertura en el suelo”.

Entre puntales y grietas, María Jesús Menchén, su marido Emilio Cano y su hija Amparo recorren la “zona cero” de su vivienda y cuentan el martirio vivido desde que las obras en un solar aledaño se llevaron por delante todos sus recuerdos. Víctimas de las pugnas entre aseguradoras, acumulan trece meses de espera y de impotencia con la casa en ruinas.

El derrumbe no pilló a ninguna persona, pero destruyó gran parte de sus pertenencias

Amparo Cano muestra las fotografías tomadas tras el hundimiento de la vivienda / Clara Manzano

Amparo Cano muestra las fotografías tomadas tras el hundimiento de la vivienda / Clara Manzano

Todo comenzó en agosto de 2014, cuando demolieron la casa de al lado, en la céntrica calle Cervantes de Membrilla. Entonces “no hubo ningún problema”. Lo peor vino después, con el inicio de las obras para la construcción de una nueva vivienda, en diciembre de 2017.

Nadie pudo prever el desastre. “Las máquinas excavadoras sacaron durante varios días tierras, la casa temblaba, vibraban los cristales, pero confiábamos que sabían lo que hacían”. Excavaron 2,2 metros por debajo del nivel de cimentación de su vivienda, el muro quedó al aire y se vino abajo.

La vivienda de la familia Cano Menchén forma parte de una gran casa solariega manchega de principios del siglo XX, remodelada y ampliada hace 39 años en la parte superior de las tradicionales “portadas” que en su día sirvieron para entrar carros y aperos de labranza. Tenía salón, cocina, tres dormitorios, aseo y despensa, aunque ahora de todo eso queda poco.

Decenas de personas acudieron a rescatar los enseres de la familia / Lanza

Decenas de personas acudieron a rescatar los enseres de la familia / Lanza

Una cama de forja de 1897, un armario de madera, una cuna, una vajilla de la cartuja y mil cosas más. Esta familia lo ha perdido todo, su vivienda y gran parte de sus objetos personales, y eso que los albañiles de la obra y parte del vecindario pusieron en riesgo su vida para rescatar sus pertenencias minutos después del hundimiento. “Recuerdo la cadena humana para sacar los muebles y cómo rodaban las espuertas de goma, las canastas de mimbre y los barreños”.

María Jesús Menchén dice que fue un “milagro” que el derrumbe no pillara a nadie en la vivienda. Ella cocinaba carne con salsa en otra ala de la casa solariega porque a la hora de comer acudiría toda la familia. Su marido hacía cinco minutos que había sacado el coche por las portadas para comprar berberechos y un jamón para un regalo de Reyes. Al colapso también sobrevivió una estatua de San Antonio de 1912, que no tuvo “ni un rasguño”.

Tres adultos en una habitación

Escombros y primeros puntales puestos tras el derrumbe / Lanza

Escombros y primeros puntales puestos tras el derrumbe / Lanza

Al principio todo fueron buenos consejos: “no denunciéis que por las buenas se arreglará todo antes y las compañías de seguros se pondrán al habla con vosotros”. Una de las implicadas tardó 45 días en llegar, “porque el perito tenía lumbago”, y desde el principio las previsiones no fueron buenas, incluso recuerdan que uno de los técnicos llegó a desearles “suerte” porque la misión de la aseguradora era “no pagar”.

Recién jubilado, a Emilio Cano, con 64 años, solo le ha quedado esperar, primero a los peritos y después al proceso judicial que todavía no ha empezado. Sus pertenencias han acabado apiladas en habitaciones, en un local que han alquilado y en una cochera prestada por su familia.

Afortunadamente en la casa solariega quedaba techo y no acabaron en la calle, pero lo de condiciones dignas es cuestionable. “Durante meses mi mujer, mi hija y yo hemos dormido en la misma habitación, la de mi suegro, que ha pasado sus últimos meses de vida durmiendo en una habitación sin ventana”. El hombre, nonagenario, acaba de fallecer.

Dicen que “las desgracias no vienen solas” y, pese al milagro, parece que a esta familia le han venido todas juntas. Emilio también acaba de salir del hospital, después de veintiséis días, por una recaída de miastenia, una enfermedad que le afecta a los músculos, influida por el estrés. Cuenta que tras el derrumbe no podía dormir por la noche, los ruidos le atormentaban, pensaba que el techo se les caía encima.

Las pérdidas oscilan en torno a los 150.000 euros

Puntales soportan el techo y uno de los muros de la vivienda / Clara Manzano

Puntales soportan el techo y uno de los muros de la vivienda / Clara Manzano

Tres empresas implicadas, el arquitecto, la excavadora y la constructora, y tres aseguradoras diferentes en pugna: Mapfre, Axa y Asemas. Emilio cuenta que hasta abril de 2018 esperaron a que las compañías llegaran a un acuerdo para reconstruir la casa y restablecer todos los objetos destruidos, incluidos los muebles de madera que hizo con sus propias manos este percusionista que fue durante muchos años coordinador de la escuela de música de Membrilla y que impartía cursos de formación en el centro para discapacitados Azuer de Membrilla.

Primera imagen que vio Amparo Cano Menchén tras el estruendo / Lanza

Primera imagen que vio Amparo Cano Menchén tras el estruendo / Lanza

Con un cálculo de pérdidas que oscila en torno a los 150.000 euros, han llegado hasta ahora. Después de cuatro meses sin tener noticias de las compañías tuvieron que buscar un abogado para presentar una demanda en el juzgado de Manzanares y buscar los servicios de un arquitecto para valorar los daños y un perito tasador para los muebles y enseres.

“Nos quedamos, sin casa, sin muebles y empezamos a gastar lo que no tenemos para reclamar la desgracia que han producido”, explica Emilio, que imagina a una persona que llega a urgencias con un tiro en la pierna y en lugar de curarlo empiezan a buscar quién es el culpable.

Empieza el proceso judicial

María Jesús Menchén, Emilio Cano y Amparo Cano cuentan el calvario que han vivido desde que se hundió su casa / Clara Manzano

María Jesús Menchén, Emilio Cano y Amparo Cano cuentan el calvario que han vivido desde que se hundió su casa / Clara Manzano

No han tenido otra opción que acabar en los juzgados. En abril de 2018 pusieron una denuncia a la aseguradora del arquitecto y aparejador, que según indican, podría ser “el máximo responsable”, aparte de a la compañía de seguros de la excavadora. “No sé quién es el culpable, pero sí quien es el inocente”. Tras la denuncia, la contestación de las aseguradoras, según señala Emilio, fue que “no quieren saber nada”.

La familia lamenta que los seguros en vez de solucionar problemas, contribuyan a crearlos, y considera que esta situación no es propia del siglo XXI, cuando es obligatorio tener seguros para todo. “Qué falta de humanidad existe en las aseguradoras, una veintena de peritos por lo menos ha venido a la casa en el último año, hacen las fotos y se van, qué falta de empatía”, lamentan.

Las presiones del arquitecto y la opción del propietario del terreno

El foco está puesto en el proceso judicial y primero en la vista ante el juez, que será con carácter inminente, para intentar llegar a un acuerdo entre las partes enfrentadas, algo que parece difícil. María Jesús confiesa que el arquitecto les ha llegado a insinuar que les pondría una denuncia si no arreglaban la casa, porque con el muro destrozado, las obras de la parcela aledaña han quedado paralizadas.

En los primeros momentos el arquitecto fue colaborador, les prometió que exigiría a la aseguradora que asumiera todos los gastos del hundimiento, pero ahora les presiona.“¡Como si nosotros tuviéramos la culpa de que no puede continuar con la obra!”, exclaman.

Por su parte, el propietario les ha ofrecido pagar la reconstrucción del edificio, sin muebles, que la familia Cano Menchén no puede asumir, a cambio de que el dinero gastado se lo devuelvan una vez que termine el proceso judicial. Esta solución parece inviable porque eliminarían “pruebas” y porque la donación sería a la familia, que es la única que no debería asumir el gasto.

Ahora bien, admiten que “obligados por la situación” a lo mejor van a tener que aceptar la oferta, ya que en octubre el mismo arquitecto de la obra mandó un burofax a la familia y al Ayuntamiento donde indicaba que “se eximía” si había nuevos daños, derivados de no arreglar la casa. De paso, el Consistorio aprovechó para pedir que tomaran medidas para “garantizar la seguridad”.

Los daños han empezado a afectar al resto de la vivienda

Exterior de la vivienda de la familia Cano Menchén, en la calle Cervantes de Membrilla / Clara Manzano

Exterior de la vivienda de la familia Cano Menchén, en la calle Cervantes de Membrilla / Clara Manzano

Puntales soportan el muro de ochenta centímetros de espesor, hay una abertura que podría permitir a cualquiera entrar a la vivienda y el tejado de la casa solariega que da con la zona hundida está cubierto de plásticos por las goteras. Una grieta en mitad de la fachada blanqueada recuerda que nadie ha movido ni un dedo hasta el momento para restablecer la situación de esta familia que vio turbada su vida hace ya más de un año.

Desde el derrumbe los daños han aumentado y las lluvias pueden colapsar todo el edificio. “Los albañiles dicen que hay que demoler por completo toda la parte hundida y arreglar el tejado afectado del resto de la casa”. Emilio considera que “lo más lógico” sería “tomar medidas cautelares y que cada compañía ponga una cantidad para arreglar la casa y después del juicio que ajusten cuentas”.

La familia teme que las grietas vayan en aumento y afecten al resto de la casa cuando, si no hay acuerdo en la vista, el proceso judicial puede durar meses y hasta años.