J.S.Ruipérez / Ciudad Real
Hoy se cumplen 35 años del dramático suceso ferroviario que todavía recuerdan muchos vecinos de Ciudad Real, en especial los que vivían en la barriada de Los Angeles y de Pío XII. Un suceso que, gracias a la actuación de bomberos, cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado (en aquellos días Guardia Civil, Policía Armada y Policía Municipal) y ferroviarios voluntarios y valientes, no llegó a convertirse en una dramática noche de verano.
Clemente Díaz Murcia y Francisco Sánchez Donoso, inspector principal y jefe de servicio, respectivamente de la estación de tren de Ciudad Real en aquellos momentos, fueron los responsables las decisiones que entoncesse tomaron. Cuando llegan a la redacción del diario Lanza para relatar cómo vivieron esas intensas horas lucen una serenidad agradablemente contagiosa y una seguridad levantada a lo largo de toda una vida.
Son testigos directos del fatídico accidente que hoy recordamos y su memoria prodigiosa consigue que lo vislumbremos desde lo anecdótico.
El inicio del fuego
El fuego empezó poco antes de la media noche del 28 de julio en una cisterna cargada con unos 20.000 litros de gasolina en la vía 8, a tan solo medio kilómetro de los depósitos que Campsa tenía en la ciudad. Los motivos reales del desenlace nunca se descubrieron.
La cisterna donde empezó el incendio pertencía a un tren compuesto por 27 vagones con combustible de todo tipo: gasolina, propano y gasoil.
Se actuó con celeridad y rapidez tan pronto como se detectó la primera llama. Tras los bomberos de Ciudad Real llegaron los de Puertollano, Daimiel, Manzanares y Valdepeñas.
Los efectivos de Ciudad Real se centraron en apagar uno de los focos cercanos a la barriada de Los Ángeles y a refrigerar y regar constantemente para enfriar las cisternas de propano evitando que estas entraran en ebullición.
La decisión de separar trenes con celeridad formó parte del éxito de este suceso.
Para evitar una explosión en cadena, el personal de Renfe, miembros de la Guardia Civil, de la Policía Armada y particulares voluntarios (en su mayoría ferroviarios) consiguieron separar “a brazo” cuatro cisternas de gasoil hacia la topera, así como otros tantos vagones. En este apartado Clemente y Francisco destacan el trabajo y la valentía de su compañero, Faustino del Río (ya fallecido), que con un tractor de maniobras trasladó los vagones, que previamente Barrajón había desengachado, a otra parte. Se jugaron la vida sin dudar un momento las órdenes que recibieron con el fin de que el fuego no se propagara ni se acercara a los depósitos de Campsa.
Primera explosión
Pasadas las doce y media de la noche una de las cisternas hizo explosión lo que ocasionó el pánico general en Los Ángeles pues se registraron incendios en varios pisos y se ocasionaron bajas, por heridas, entre los voluntarios que estaban colaborando en las tareas de extinción.
El panorama se presenta desolador ya que el fuego sigue activo y creciendo sin que se pueda hacer nada. Además cuando se produce esta explosión los coches de bomberos se encontraban repostando agua fuera de la estación por lo que no se puede hacer nada para evitar que el fuego continúe con gran intensidad.
Los voluntarios que estaban ilesos ayudaban a los heridos, la mayoría de los cuales fueron evacuados en ambulancias de la Seguridad Social y la Cruz Roja, o en coches de la Guardia Civil y particulares.
Segunda explosión
A la una de la madrugada, momento en el que llega el coche de bomberos de Enpetrol de Puertollano dotado de espuma carbónica, se produjo la segunda explosión ocasionando incendios en los campos vecinos y en casi todas las vías de la estación llegando a quemar traviesas.
Los trozos de cisterna que se desprendían quedaron incrustadas en algunos coches de la barriada de Los Angeles y algún resto cayó en un pozo de residuos de la Campsa.
Las llamas de esta segunda deflagración se pudieron ver desde toda la ciudad.
La situación era desoladora en cualquier punto de visión: a un lado de las vías estaba la ciudad y al otro los depósitos de Campsa. Por fortuna todo quedó en un susto pues entre los dos coches de bomberos de Ciudad Real con agua y el de Puertollano, de espuma carbónica, se consiguió controlar el fuego a las 2,45 de la madrugada.
Relatan las crónicas de la época que, además de los trabajos realizados, el fuego se extinguió tras agotarse el combustible almacenado en las cisternas.
Una vez recobrada la calma en el que en ese momento era el “punto negro de la ciudad” el gobernador civil, Eduardo Ameijide, a través de Radio Popular, tranquilizó a la población y poco a poco las personas que habían abandonado sus hogares volvieron a sus viviendas.
Además las patrullas de Guardia Civil y de la Policía Armada provistas de megáfonos informaron por calles y carreteras de que el peligro había pasado. A las cuatro y media de la madrugada de un 29 de julio se restableció la normalidad en la ciudad.
A consecuencia del calor del fuego todas las vías de la estación se deformaron por lo que durante algunos días el tráfico quedó paralizado y el transporte de mercancías y viajeros se tuvo que hacer por carretera. La circulación estuvo tres días interrumpida.
Los cronistas cuentan también que el gobernador civil de entonces, Eduardo Ameijide y el alcalde de la ciudad, Francisco Bernalte, visitaron a los vecinos de las viviendas afectadas y al parecer se les concedió ayuda económica para llevar a acabo las labores de reconstrucción de las viviendas. Un final feliz para una pesadilla infernal que hoy recordamos gracias a la colaboración de la Asociación de Amigos del Ferrocarril.
El recuerdo del fantasma de Santander
Muchos de los voluntarios, de los ferroviarios y miembros de los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado recordaron aquella noche del 29 de julio lo que había ocurrido 36 años atrás en la madrugada del 15 al 16 de febrero de 1941, en Santander: la explosión del vapor Cabo Machichaco (1893) que tuvo como consecuencia la quema de prácticamente toda la ciudad. Relatan las crónicas que el incendio se inició en la calle Cádiz, en las proximidades de los muelles y el fuego alcanzó la catedral que, por estar situada en la zona más alta, se convirtió en un potente foco difusor hacia las calles próximas.
Tal y como ocurrió con la estación de ferrocarril de Ciudad Real, los orígenes del incendio de la capital cántabra no quedan detallados en la información de entonces.
El fuego duró tres días y a sofocarlo acudieron bomberos de Bilbao, San Sebastián, Palencia, Burgos, Oviedo, Gijón, Avilés y Madrid. El día 17 la ausencia de viento favoreció los trabajos de extinción. El cambio del viento en dirección noroeste y el comienzo de la lluvia ayudó a las labores de los bomberos. Los focos principales del incendio se consiguieron apagar en los 3 primeros días, pero gran parte de las ruinas y edificios destruidos, albergan llamas en su interior en los días posteriores. Tras 15 días se da fin a la catástrofe. El caso de Ciudad Real por fortuna no fue tan dramático ya que no hubo muertos, mientras que en el incendio de Santander falleció un bombero madrileño, Julián Sánchez García, en labores de extinción, además, cosa que no sucedió tampoco en Ciudad Real, miles de familias perdieron sus hogares. Al de Santander se le conoció como ’el andaluz’ porque empezó en la calle Cádiz y terminó en la calle Sevilla.
Fruto de la casualidad
Los trenes de combustible no solían parar en las estaciones ubicadas en las ciudades.
En esta ocasión la casualidad quiso que coincidieran, en la estación de tren de Ciudad Real, un tren de mercancías con 275.000 litros de combustible procedente de Puertollano con destino a Alcázar de San Juan, con uno de pasajeros cuya locomotora se averió.
Dado que Renfe daba prioridad al tráfico de pasajeros, el tren de mercancías cedió la locomotora al de pasajeros para que este continuara camino, quedándose el de combustible en la estación.
Ese fue el principio de esta historia de cuyo origen sólo se pudo precisar que la cisterna en la que todo comenzó tenía el tapón de seguridad quitado y colgando enganchado con una cadenilla y la válvula de descarga entreabierta.
Nunca se llegaron a concluir las causas de un incendio cuyo desenlace fue fruto de la suerte y del buen trabajo de voluntarios y grandes profesionales.
Efectivos
El desenlace fue milagroso. Así se puede contar 35 años después y así lo relataron los cronistas de la época y hoy lo rubrican los ferroviarios Clemente y Francisco. Pero no todo fue cuestión de suerte, la valentía, el coraje y el buen uso de medios materiales jugaron un gran papel.
Para llevar a cabo esta empresa pírrica se requirió un tanque de bomberos de Daimiel, otro de Manzanares y uno más de Valdepeñas. Todos ellos junto a los de Ciudad Real se encargaron de refrigerar las cisternas de gasoil cercanas a las de gasolina que explotaron. Además se contó con la colaboración de tres tanques de Ciudad Real, tres de Puertollano y otro más de ICONA-Ciudad Real. Del mismo modo cabe destacar el dispositivo de urgencia que se montó en la residencia Nuestra Señora de Alarcos.
Los trabajos duraron tres días, aunque no fue hasta mediados de agosto cuando todas las vías estuvieron en pleno rendimiento.
El próximo domingo 5 de agosto segunda entrega con los testimonios y reacciones de la prensa nacional ante el accidente.

