La tradición alcanza el cénit en las Cruces y Mayos

Noemí Velasco Piedrabuena
Cruz de brezo en Piedrabuena / Lanza

Cruz de brezo en Piedrabuena / Lanza

Las cruces de Piedrabuena introducen en escenarios mágicos de brezo, chorreras y telares al visitante que peregrina entre altares guiado por el canto de los mayos en la primera quincena del mes de las flores. Con una identidad propia, la fiesta de las Cruces y Mayos atrajo a cerca de 10.000 personas en 2018

La ajedrea invade con su perfume estancias tapizadas de brezo, la iluminación recrea la luz del ocaso en los estanques y las escorrentías transmiten susurros al oído en estancias que evocan paraísos naturales. Lejos de representar estampas susceptibles de fotografiar por cualquier buen objetivo, las cruces de Piedrabuena introducen en escenarios mágicos al visitante que peregrina entre altares con todos los sentidos abiertos guiado por el canto de los mayos en los primeros días del mes de las flores. En este pueblo de 4.400 habitantes de la comarca de los Montes, la naturaleza trasciende del paisaje al altar en estas Fiestas de Interés Turístico Regional que han sobrevivido y evolucionado para llevar al cénit las tradiciones populares.

Unas fiestas que protagoniza el vecindario, singulares por su adaptación al devenir histórico y con una identidad propia. Las gentes de Piedrabuena cuentan que la tradición viene del siglo XVII cuando la Cofradía de la Santa Vera Cruz rescató la cruz de San Marcos de la iglesia parroquial, muy deteriorada tras el terremoto que arrasó Lisboa en 1755 y que terminó por hundirse en 1805. La guía turística Naomi Jiménez narra que la familia Del Hierro fue la primera en acoger a “la madre de todas las cruces” y de exponerla a todos los vecinos para que siguieran los cultos a pesar de no estar en el templo. El Día de San Marcos (25 de abril) y el Día de la Santa Cruz (3 de mayo) eran dos fechas marcadas en el calendario.

La “madre de todas las cruces”

Desde hace tres siglos unas cuantas familias del pueblo cobijan durante el año la Cruz de San Marcos, que engalanan y muestran a familiares y amigos en el mes mayo. La disolución de la hermandad primigenia impidió la vuelta de la cruz a la iglesia y, pese a que no sobrevivió a la quema en 1936, la réplica vuelve a estimular cada primavera el rezo en este pueblo que convirtió en tradición la elaboración del altar en torno a la cruz, al igual que en otras poblaciones de la provincia. La religión siempre ha estado presente en estas fiestas donde la cruz ocupa el lugar central y también la Virgen, como reflejan los cánticos, aunque su origen está claramente ligado al campo, a la agricultura y a la naturaleza en la estación de las flores, de ahí el marcado carácter popular de la costumbre.

Inspiradas por promesas, las primeras cruces eran de tela, altares elaborados con elementos propios de la dote, como colchas, mantones y puntillas. La guía turística explica que fueron las “dificultades económicas” las que propiciaron la aparición de las famosas cruces de brezo entre las capas más bajas de la población. La falta de medios y de ajuares provocó que estas cruces tuvieran un gran desarrollo en la posguerra española, con la incorporación del brezo, piedras y flores silvestres como elementos ornamentales. Sin duda, estas cruces son las más llamativas y ostentosas, al recrear imágenes propias del paisaje con chorreras, fuentes y estanques, pues no existe tradición parecida en toda la provincia.

Evolución sin perder la identidad

Cruz mixta de brezo y tela en Piedrabuena / Lanza

Cruz mixta de brezo y tela en Piedrabuena / Lanza

Sin evolución, las tradiciones desaparecen, y la fiesta de Cruces y Mayos en Piedrabuena es un ejemplo de adaptación a los tiempos. Naomi Jiménez explica que las cruces “cada vez empezaron a ser más grandes e introdujeron muchos cambios”. Si en un principio estaban ligadas a promesas de particulares, hoy son grupos de amigos, vecinos y peñas los que las confeccionan; y si al principio se elaboraban en habitáculos de viviendas, en la actualidad muchas ocupan lugares emblemáticos de la ciudad, como la cueva del castillo de Mortara –única fortaleza de la orden de Calatrava convertida en plaza de toros-, la antigua casa del científico Mónico Sánchez o el Alucine. También, los vecinos han sustituido el candil en la puerta que indicaba el lugar de rezo por banderitas festivas de lado a lado de la calle, y son pocas cruces las que incluyen como antaño los clavos de Cristo y la corona de espinas. El compromiso de la Administración local con la fiesta ha sido fundamental para evitar su declive y la guía recuerda que el Ayuntamiento concedió las primeras subvenciones en 1984: cada cruz recibió 12.000 pesetas.

Al son de los romances, el recorrido por las cruces de Piedrabuena permite al visitante indagar en la intrahistoria de la población. Naomi Jiménez explica que el techo de las cruces de tela se concibe como un bastidor y que la variedad de elementos naturales de las cruces de brezo está relacionada con los contrastes paisajísticos de este pueblo “con campos de cereal muy parecidos a los que existen en el Campo de Calatrava y zonas de monte plagadas de jara”. El contraste de colores entre el brezo blanco y el colorado es uno de los rasgos propios de las cruces y la guía explica que cuando escasea la planta en el campo los vecinos la sustituyen por “brecina”, que tiene una flor más pequeña. Este 2019, los vecinos de Piedrabuena han elaborado 14 cruces: 9 de brezo, 4 de tela y una mixta.

En las cruces de tela, sastres y modistas crean pliegues, tablas y frunces con raso, hilo y sedas alrededor de la cruz, flores como gladiolos y orquídeas, y candelabros. Los elementos propios de la vida, la pasión y la muerte de Jesucristo, como el cáliz, el vino y la oblea son habituales, tanto como el rosario colocado en forma de M o la Biblia. En cambio, los distintivos religiosos no están tan presentes en las cruces de brezo, en las que hasta finales del siglo XX aparecían peces cogidos del río Bullaque en la charca del agua y donde hoy todavía es posible ver animales disecados como la paloma o el zorro, entre piedras de basalto y cuarcita, y plantas como el cantueso. Lo que sí es común en todas las cruces es encontrar varias sillas y bancos de madera, donde se sientan los dueños y los visitantes que desean meditar o rezar.

Los mayeros hacen la ronda

Grupo de mayeros a las puertas de la iglesia / Carlos Albalate

Grupo de mayeros a las puertas de la iglesia / Carlos Albalate

Durante las fiestas, el canto de los mayos inunda cada rincón, llega a las cruces, a las viviendas y a los pies de la iglesia. Los mayores recuerdan que los mozos se quedaban a dormir en las quinterías para realizar las tareas del campo en mayo y que luego bajaban a cantar a las mozas con “letras picarescas y amorosas”. La Virgen y el Cristo de la Antigua también inspiraban las estrofas sobre ritmos rápidos y alegres. Naomi Jiménez cuenta que los mayos de Piedrabuena destacan por ser muy enérgicos y que por esta razón se dejó de usar el acordeón como base instrumental, ya que “el fuelle reventaba y lo tenían que pegar con esparadrapo”.

Los grupos Santo Cristo de la Antigua, Nuestra Señora de la Asunción, Cruz de Mayo y Jóvenes Mayeros de Piedrabuena inauguran la fiesta cada 30 abril desde la puerta principal de la iglesia. Con guitarras, bandurrias y laúdes, los mayeros y más de una mayera realizan su recital ante decenas de piedrabueneros, que han aprendido a lo largo de sus vidas las pegadizas letras e incluso son partícipes en algunas estrofas al gritar el popular “aire”. Después marchan a pie hasta la ermita del Cristo de la Antigua, donde cantan los romances al patrón, y cumplido el ritual continúan la fiesta “recorriendo las calles del pueblo cantando el mayo ventanero hasta que despunta el día o las fuerzas se agotan”.

Tras las celosías de las ventanas hoy en día no esperan las mozas, pero los mayeros abordan a toda pareja o grupo de amigos que encuentran por la calle y acuden a casas conocidas, bares y concurridos pubs. Después de descansar unas horas, los grupos inician la ronda al amanecer con un buen chocolate con churros, y Jiménez indica que “en pago a lo tomado le echarán el mayo” al hostelero. Entre invitaciones a pastas de huevo, rosquillas, resecas y suspiros, la música sigue hasta primera hora de la tarde, momento en el que guardan instrumentos y voces hasta el atardecer del día 2 de mayo, a las ocho de la tarde, cuando empieza la ronda a las cruces y el pueblo al completo sale a cumplir con la tradición.

Cerca de 10.000 visitantes

Con arraigo, pero abierta a la evolución, la fiesta de las Cruces y Mayos de Piedrabuena ha sabido reinventarse, adaptarse sin perder su esencia. Naomi Jiménez destaca que su desarrollo “ha sido a mejor siempre con la intención de innovar, de superarse”. En la actualidad, tanto los grupos de mayeros como los que elaboran las cruces han incorporado a gente joven, que recibe la ayuda y el asesoramiento de los mayores más curtidos en estas lides. Además, el Ayuntamiento prepara todo un repertorio de actividades alrededor de la celebración, desde exposiciones a conciertos. Declarada Fiesta de Interés Turístico regional en 2017, las Cruces y los Mayos de Piedrabuena volverán a atraer a miles de visitantes durante el mes de mayo a esta localidad que el año pasado atrajo a cerca de 10.000 personas y organizó visitas guiadas para 1.300 procedentes de toda Castilla-La Mancha.