‘Posás’, rejales, corchos y biros en los montes de Fontanarejo

J. Muñoz Fontanarejo
Ángel Alcaide, explica el asentadero de Posarrionda / J.M.

Ángel Alcaide, explica el asentadero de Posarrionda / J.M.

La apicultura ha estado presente a lo largo de la historia entre los fontanarejeños y así se refleja en las Relaciones Topográficas del Rey Felipe II del año 1576, y en el catastro del Marqués de la Ensenada de 1752, que cifra en trescientas cincuenta las colmenas que había entonces en el pueblo

La apicultura ha sido una de las actividades más enraizada y continua en el término municipal de Fontanarejo a través de los siglos. Además de la trasmisión oral que nos da cuenta de esa dedicación entre generaciones pasadas, existe documentación del año 1576 asegurando que en el término municipal fontanarejeño “la cosa que más se coge es miel”.

Desde el siglo XVI

Así lo reflejaron por escrito los enviados de la corona que visitaron Fontanarejo un 7 de febrero del citado año 1576 y plasmaron el dato en un texto que se recoge en las “Relaciones topográficas del Rey Felipe II”. En el referido documento se habla que las tierras del municipio estaban cubiertas por carrascos, jara y alcornoques, bosques en los que, por aquél entonces, “se crían jabalíes, lobos, zorros, osos y otros animales feroces”.

En cuanto a la producción se dice que hay escaso trigo, vino y que es abundante la miel, la cera y algo de ganado. La población que había en ese instante es de 200 vecinos que vivían del laboreo de la tierra y de las colmenas.

Existen otros documentos posteriores, ya en el siglo XVIII, como el que encargó realizar el Marqués de la Ensenada en el año 1752. En ese catastro de todos los bienes de la corona de Castilla se cifra en 350 las colmenas que había en nuestro pueblo por aquél entonces. En el citado escrito se especifica que esos corchos son “de vecinos del lugar, de forasteros hacendados en el mismo, de cofradías de su iglesia y también del párroco del pueblo”. Hay que tener en cuenta que de los abundantes panales se saca también la cera, un apreciado elemento en aquella época pues se usaba, junto con los candiles de aceite, para el alumbrado en viviendas y para el culto y ceremonias en la Iglesia parroquial del pueblo.

Es decir, que las colmenas suponían una actividad muy importante siglos atrás pues de ellas obtenían miel sobre todo para el consumo familiar y en ocasiones para la venta y también para el “trueque”, que era habitual en tiempos pretéritos; y, además, se obtenía, como se ha dicho, la necesaria cera que, además, era muy demandada por la ciudad de Toledo en aquellos siglos.

Por otro lado, hay que reseñar también que los habitantes de la zona, y entre ellos los apicultores, fundaron la denomina “Hermandad Vieja, entre 1220 y 1245, compuesta por leñadores, colmeneros y ballesteros para defenderse de los bandoleros y malhechores que actuaban al amparo de la difícil orografía del terreno”.

La Posaesquiná y Posarrionda

En el término municipal de Fontanarejo aún son visibles restos de viejas “posás” (lugares propicios para el asentamiento de las colmenas), y también existe un paraje que se denomina “Morro del Enjambraero”, lindando con el término se Alcoba. Citar, por poner un par de ejemplos, los sitios denominados popularmente como “Posaesquiná” y “Posarrionda”, donde aún quedan restos visibles de los viejos recintos construidos en piedra a modo de corral, a veces redondo, para albergar y resguardar las colmenas de los depredadores, sobre todo de los osos que había en los montes siglos atrás.

Ángel Alcaide Espinosa, un fontanarejeño gran conocedor del término municipal nos proporciona un listado de los parajes más habituales para los asentamientos desde 1949 hasta nuestros días que, además de las ya referidas “posás”, son estos: Garganta de Los Nogales, Los Poyales, Vallehornillo, Las Laborcillas, Raso Martín, Barranco de Navalpino, Morro de los Arroyuelos, La Muñana, El Nucarejo, Las Pedrizuelas, El Guindalejo (Posaesquiná), Los Pantanillos, Barritote, Los Pinos, Las “Posás”,  Las Pedrizuelas, El Puerto, El Zauceral, Cenicientos, Valdeja, Era de Navalpino, Los Pozos, El Tejar, La Volandera, La Graja, La Hontanilla, El Chozón, Riscos Blancos, Valdeja, El Jarraiz, Morro de la Centinela, La Pedriza del Fraile, La Viña, La Madroña, La Cerca Serrana, El Puerto, La Dehesa y Las Camachas.

Corchos y biros

Otras de las tareas que se realizaban con intensidad y esmero era la elaboración de las colmenas con la corcha que se sacaba de los alcornoques. La extracción de esta corteza vegetal solía hacerse cada 7 años y se llevaba a cabo durante los meses de agosto y septiembre.

Los corchos, según narra Ángel Alcaide, se solían hacer o montar en un corral ubicado en pleno casco urbano de Fontanarejo. Cuenta nuestro informante que era frecuente ver a los colmeneros en la tarea de preparar los peculiares recipientes cilíndricos a base de cocer la corcha en un bidón. “Lo hacían en días malos de lluvia cuando no salían a otras tareas al campo. Allí se daban cita –comenta Ángel- y yo recuerdo que hervían la corcha en un bidón colocado en unas trébedes en una gran lumbre alimentada con jarones secos.

Cuando ya tenían una pieza del corcho bien cocida, la curvaban con unas cuerdas e inmediatamente sacaban la otra parte y, tras hacerla también la gracia encorvada, recortaban las aristas con una navaja pues la corcha se corta muy bien cuando está caliente, y unían ambas piezas con biros hechos de jara, a los que se sacaba punta con una azuela”, explica Ángel. Decir que la Real Academia Española define la palabra biro como “clavo de jara”.

Una singular actividad, ya en desuso, que suponía un gran ajetreo que arrancaba con el puntual y laborioso descorche de los alcornoques y concluía con la esmerada elaboración de los corchos para las colmenas. Tiempos pretéritos y tareas que forman parte de un gran patrimonio rural, aún recordadas.