Secretos de La Mancha: la Motilla del Azuer

Noemí Velasco Daimiel

La Motilla del Azuer, uno de los espacios que protagonizan el nuevo video promocional / J.Jurado

Castillos, teatros, parques nacionales y motillas. Alejada de la ostentosidad monumental, de la brisa marina y del verde intenso con el que tiñe la lluvia los campos, La Mancha convierte los pasos del turista en un misterioso ‘Cluedo’ donde descubrir secretos. La Motilla del Azuer, el yacimiento más representativo de la Edad de Bronce en Castilla-La Mancha, con la estructura hidráulica más antigua de España hasta ahora documentada, es uno de esos enigmas. Alrededor de 24.000 personas han pasado en los últimos tres años por esta construcción ligada al agua como fuente de riqueza y al cultivo de la tierra con más de 4.000 años

Entre campos arados, que imaginan brotes de cebada, trigo y alfalfa, y algún viñedo de hojas marchitas todavía sin podar, sobresale una pequeña fortificación en piedra detrás de una discreta valla de madera. A pocos metros de la frontera del término municipal de Daimiel, a quince kilómetros del casco urbano, la Motilla del Azuer ha conseguido desafiar al tiempo escondida en el horizonte como uno de los grandes secretos de La Mancha.

El director de las excavaciones del yacimiento “más representativo de la Edad de Bronce” en la región, Miguel Torres, cuenta que existen motillas por toda La Mancha, “al menos 30 o 40 de similares características”, pero la del río Azuer es la “única” que ha permanecido inerte en el tiempo sin modificaciones posteriores con una amplia secuencia de la prehistoria, y la que conserva hasta ahora “el pozo más antiguo de España” con más de 4.000 años de antigüedad.

El emperador Yu el Grande crea diques en los ríos de China, en México aparecen pueblos agrícolas, en Mesopotamia fundan el imperio de Ur III y en el País Vasco aparece la cultura “campaniforme”, que ha trascendido por la singularidad de sus vasijas con forma de campana invertida. Las investigaciones arqueológicas estiman que la Motilla del Azuer empezó a funcionar en torno al año 2200 antes de Cristo, que tuvo la época más álgida en el 1800 a. C. y que estuvo ocupada hasta el 1350 a. C. El célebre faraón egipcio Ramsés II mandó construir el conocido templo de Abu Simbel tras la batalla de Kadesh, como culto a su deidad, junto a Amón, Ra y Ptah, y el templo funerario Ramesseum en la necrópolis de Tebas, cuando la Motilla del Azuer entró en decadencia.

Un recinto fortificado en torno al agua

La Motilla del Azuer surge como una pequeña elevación en el paisaje, en las cercanías del río Azuer / J. Jurado

La Motilla del Azuer surge como una pequeña elevación en el paisaje, en las cercanías del río Azuer / J. Jurado

Las motillas son fortificaciones de gran complejidad estructural construidas en un área fluvial y con conexión directa con el nivel freático. El arqueólogo y director del yacimiento desde 2013, Miguel Torres, cuenta que reciben el nombre de motillas porque “tienen forma de montículos, pequeñas elevaciones en el paisaje manchego”, frente a las morras y los poblados en altura como La Encantada de Granátula de Calatrava que también aparecen en la Meseta Central en esta época, y frente a las edificaciones del suroeste al estilo de El Argar, yacimiento prehistórico localizado en la localidad almeriense de Antas y que aprovecha las irregularidades del paisaje.

Erigida con piedra caliza y barro arcilloso, la estructura hidráulica de la Motilla del Azuer, en medio de un nudo de recovecos y espacios angostos, sorprende al visitante por su “monumentalidad”, “perspectiva” y “complejidad técnica”. Las fotografías de la Motilla del Azuer e incluso las grabaciones audiovisuales han rondado por el ancho mundo, también fuera de España, como advierte una trabajadora del lugar: “la semana pasada salió en un programa de televisión francés sobre yacimientos prehistóricos”, pero es imposible no quedar perplejo en el primer o segundo vistazo.

La Motilla del Azuer tiene dos áreas claramente identificadas, el recinto fortificado para proteger el espacio y los recursos, y el poblado donde aparecen las viviendas; y desde la torre hasta el punto más profundo del pozo tiene veinticinco metros.

Un laberinto para proteger los recursos

En los márgenes del río Azuer y cerca del parque nacional, aunque no existe constancia de relación con las Tablas de Daimiel, que probablemente eran muy diferentes, los habitantes de esta motilla, que llegó a tener una población de unas 120 personas, articularon su vida en torno a la fortificación, lugar donde accedían al agua y donde custodiaban sus recursos.

La estructura laberíntica de la entrada a la fortificación es una de las peculiaridades de la “cultura de las motillas”: accesos estrechos llenos de recodos que impedían la invasión. El suelo también era sólido y rojizo, la mayoría de las veces resultado de “colapsos” estructurales de las paredes fruto de la poca resistencia de los materiales de la vega. Por ello, los moradores estuvieron obligados a reforzar y repasar la motilla durante la abultada secuencia cronológica de 900 años.

Tras rodear parte de la fortificación y aludir a las últimas excavaciones en el poblado, en la zona de viviendas donde han aparecido numerosos enterramientos, Miguel Torres entra por uno de los accesos a la motilla. No hace falta estirar los brazos para tocar los dos muros de las angostas calles hasta llegar a la zona del almacenamiento de grano.

Silos para el cereal y cuadras

El arqueólogo Miguel Torres, director de las excavaciones en la Motilla del Azuer, explica las características del yacimiento / J. Jurado

El arqueólogo Miguel Torres, director de las excavaciones en la Motilla del Azuer, explica las características del yacimiento / J. Jurado

La lejanía de poblaciones cercanas y los sedimentos hicieron que la motilla sobreviviese al paso del tiempo, apenas perceptible en el terreno, y por eso hoy es posible divisar varios silos para cebada y trigo, “alguno con más de 6 metros cúbicos de capacidad” y con “más de 1,9 metros de altura”. El arqueólogo también hace referencia a varios hornos, que han sido la última zona excavada en la campaña de este 2017, y que servían para “procesar grano y tostar alimentos”, aparte de cerámica.

Con 50 metros de diámetro en la fortificación y un área conjunta de casi una hectárea, la Motilla era el área de trabajo y la despensa, además del sitio para estabular, donde estaban las cuadras para los animales. Y pese a la falta de protección que puede ofrecer la llanura, la Mancha regalaba una gran ventaja a los habitantes de la época que decidieron realizar asentamientos permanentes: “la accesibilidad a la masa de agua, la cercanía del nivel freático en áreas orográficamente deprimidas”.

Así, las investigaciones señalan que nunca antes hubo asentamientos con perdurabilidad en La Mancha, pues la vida itinerante dominó en el Paleólitico, Neolítico y Calcolítico, como demuestran las huellas del hombre prehistórico en la comarca de Montiel, en el Valle de Alcudia o en el entorno de Cabañeros.

‘La cultura de Motillas’

La malla dispuesta por los restauradores para diferenciar las zonas antiguas de las de nueva construcción da muestra del intenso trabajo realizado en la Motilla desde 1974, con la Universidad de Granada al frente, cuando aún no existía Universidad de Castilla-La Mancha.

Responsable de las excavaciones junto a Isabel Angulo como restauradora, Miguel Torres apunta que la universidad andaluza es “una de las más potentes en el estudio de la Edad de Bronce”, y por eso centró su atención en la Motilla del Azuer, entre otras de la región, como El Acequión en Albacete o El Quintanar en Munera. La ‘cultura de las Motillas’ tuvo especial incidencia en el corazón de La Mancha, y de hecho, en Daimiel existen ocho, entre ellas la Motilla de la Máquina, Virgen del Espino o las Cañas en el parque nacional.

El pozo más antiguo de España

La estructura hidráulica de la Motilla del Azuer tiene 15 metros de profundidad y atraviesa las terrazas del río / J. Jurado

La estructura hidráulica de la Motilla del Azuer tiene 15 metros de profundidad y atraviesa las terrazas del río / J. Jurado

La travesía por los anillos concéntricos gana espacio al pasar por los almacenes, pero sólo al subir hasta la torre cuadrangular central, que está a 15 metros del suelo, el visitante puede comprender la complejidad de la construcción.

Miguel Torres destaca que la estructura hidráulica, que cuenta con rampas y escaleras para bajar al nivel freático, tiene veinticinco metros de altura, y debió suponer un trabajo “sobrehumano”, que demuestra “una gran destreza técnica” en los antiguos habitantes del lugar. Así pues, los arquitectos del pozo localizado en el patio trapezoidal llegaron a perforar las terrazas de grava y caliza del río Azuer, tan marcado por la estacionalidad.

El blanco que tiñe las paredes del pozo de la Motilla permite adivinar la crecida que tuvo el Azuer en 2013, aunque hoy la estructura es visible al 100 por cien, ya que está seca desde 2016. La sequía y el mayor consumo de agua de la época contemporánea están detrás de que la motilla haya perdido hoy su sentido, pues el gran pozo garantizaba “agua de forma permanente y segura” a los pobladores. Ahora bien, los expertos no han podido constatar hasta el momento construcciones con similares estructuras hidráulicas en otras, lo que aporta singularidad a la Motilla del Azuer.