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03 marzo 2024
ACTUALIZADO 17:27
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Ser mujer ucraniana y hacer la paz desde Ciudad Real

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Ucranianos en la puerta de la fundación Cepaim, donde reciben clases de español / Patricia Galiana
Noemí Velasco / CIUDAD REAL
Ivanna Fenchak y Kasia Hruby, una ucraniana y una polaca, están detrás de la red de apoyo social y cooperativo que ha dado cobertura desde el pasado mes de marzo a las mujeres refugiadas que han huido de la guerra. Empezó como un grupo donde resolver dudas sobre documentación y recursos sociales disponibles, pero en la actualidad es la forma que tienen estas mujeres de compartir preocupaciones, ilusiones y de estar cerca de casa

Los días cada vez son más cortos y los rayos de sol del otoño calientan menos cuando el grupo de mujeres de tez pálida y lengua eslava desfila hacia el interior de una de las salas de la Fundación Cepaim. En una mesa hay café, leche, un bizcocho de chocolate y una de las jóvenes coloca una banderita amarilla y azul. Otras empiezan a coger sitio mientras que hablan de forma distendida y sonríen alrededor de esa mesa en la que desde hace varios meses se sienten “como en casa”. Mujeres ucranianas refugiadas en Ciudad Real, bajo el paraguas de la Asociación Girasoles y del programa ‘Sara’, han creado una red de apoyo social y cooperativo en Ciudad Real, donde conocen recursos sociales, se desahogan y construyen los pilares de la paz entre naciones.

Una polaca y una ucraniana

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Ivanna Fenchak, ucraniana afincada en Ciudad Real desde hace 20 años está detrás de la asociación Girasoles de Ucrania y de la puesta en marcha de esta red de apoyo de mujeres / Patricia Galiana

“El grupo surgió en un primer momento para dar respuesta a las infinitas preguntas que les surgieron a las refugiadas ucranianas cuando llegaron a Ciudad Real. Tenemos que tener en cuenta que era la primera vez que nos encontrábamos con una llegada tan grande de personas, y que además coincidían mujeres acogidas por entidades, otras en familias, y en diferentes puntos de la provincia”, explica Kasia Hruby, trabajadora de Cepaim y técnica del programa ‘Sara’, dentro del área de igualdad y no discriminación. Aunque no por una guerra, ella misma inició un viaje de no retorno desde su país, Polonia, hace quince años.

La otra pata necesaria para poner en marcha esta red de apoyo fue Ivanna Fenchak, ucraniana que salió hace 23 años de su ciudad de origen en busca de “nuevos horizontes” y que lleva 20 asentada en Ciudad Real. Partió de su país antes de que empezaran los conflictos armados en 2014, por lo que nunca se le ha borrado la imagen de “una Ucrania preciosa, soleada y sin bombardeos”. “Recuerdo cuando de pequeña, antes de entrar al colegio, corría por los campos llenos de amapolas y flores, todos estábamos contentos, sonriendo y yo también. Jamás hubiera pensado en lo que ahora está pasando”, confiesa.

El intercambio de wasaps entre Kasia e Ivanna empezó en febrero, con la escalada de tensión y el comienzo de la invasión rusa el 24. El conflicto bélico viene de atrás, pero hasta entonces Ivanna no lo había vivido de cerca. Estallada la guerra, la vorágine de noticias la invadieron. “Empezamos a wasapear, a hablar, a llorar, a enfadarnos las dos juntas”, comenta. Entonces llegó Olga y Mila con su hija Ana, y no dudó en que tenía que ayudar a sus compatriotas. Todo comenzó con la traducción de los documentos de estas tres mujeres para que pudieran ir a la policía a obtener sus NIE (número de identidad extranjero) y después con la creación de la asociación Girasoles de Ucrania, todo un símbolo nacional.

La primera reunión tras el verano

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Kasia Hruby, trabajadora de Cepaim y técnica del programa ‘Sara’, puso en marcha este grupo de mujeres ucranianas al empezar la guerra / Patricia Galiana

Es medio día y la reunión empieza. “Estoy muy contenta de que estemos aquí”, confiesa Kasia, que hace de conductora y que lanza un par de preguntas para romper el hielo. “¿Qué tal el verano? ¿Habéis sobrevivido al calor?”. La docena de asistentes se ríen. La mayoría son muy jóvenes, pues diez meses después muchas de las mayores han retornado a Ucrania. La mayoría tienen estudios universitarios, hay una abogada, una farmacéutica y hasta una coronel. Todas han aprendido español, “no hablan mucho, pero entienden muchísimo, que era el gran reto”, explica Ivanna.

Los varones entre 18 y 60 años no pudieron huir de la guerra, por lo que a Ciudad Real llegaron –y todavía lo hacen- mujeres solas o con sus hijos, en una situación de vulnerabilidad. Un rasgo común, destaca Kasia, es que “cuando llegan aquí sus redes de apoyo normalmente son pequeñas, solo algunas tienen familiares o conocidos”, y no todas están dentro del sistema de acogida e integración para solicitantes y beneficiarios de protección internacional, que gestiona Cepaim entre otras entidades. Por eso empezaron con estas reuniones, “donde dábamos información, aclarábamos dudas sobre la documentación y explicábamos los recursos a los que se podían acoger”, explica la técnica.

Las vacaciones de Leópolis que acabaron en huida

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Mujeres ucranianas refugiadas comparten, ríen y lloran al hablar de su país / Patricia Galiana

“Estaba de vacaciones en Leópolis cuando empezó la guerra. Esperamos unos días para ver cómo evolucionaba la situación y así volver a Kiev, nuestra ciudad. Pero al final decidimos viajar mi hijo y yo a Polonia, con una mochila de equipaje”. Así fue como huyó Lesia Naumenko, de 28 años, con su hijo de 5. Fue una de las niñas de CREAN, la asociación de Ciudad Real que durante más de 25 años ha recibido a menores afectados por el desastre de Chernóbil, y su familia de acogida la volvió a abrir las puertas a mediados de marzo. Llegó a España gracias a los autobuses que fletó este mismo colectivo en respuesta a la crisis humanitaria y su familia los acogió primero en su casa y después en un piso de su propiedad donde vive ahora sola con su hijo.

Cuando está reunida en Cepaim, Lesia cierra los ojos y tiene la sensación de que ha vuelto a Ucrania. “Aquí estás como en casa, porque hay gente que habla, que siente, que piensa como tú, que tiene tu mentalidad, porque cada país es diferente”, expresa. Kasia explica que “es un espacio de encuentro para compartir, reír y llorar, para hablar de nuestras cosas”. Reunida, Tatiana, cuenta que llegó a España en coche y que en Ciudad Real sus hijos “ya van andando al cole y tienen amigos”. Nadia, que tan solo lleva 3 meses en España, confiesa que le resulta fácil el castellano porque estudió latín cuando cursaba estudios de farmacia y le llamaban la atención “las frases románticas”.

“Aprendiendo a vivir desde cero”

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La mayoría de las mujeres tienen estudios universitarios, hay una abogada, una farmacéutica y hasta una coronel / Patricia Galiana

Trabajo, estabilidad económica y pasar a la “segunda fase” del sistema de acogida es lo que más preocupa en estos momentos a la mayoría de las asistentes. Para ellas es sinónimo de “libertad”, pues supondrá que pueden dejar los pisos de acogida que comparten con otras personas y alquilar. No es fácil, confiesan, porque “la mayoría de los propietarios no quieren alquilar a personas inmigrantes”. Todas asisten a clases de castellano y muchas han empezado a hacer cursos formativos, de cara a encontrar un empleo. “Estoy haciendo un curso de marketing digital en la Cámara de Comercio, porque estuve trabajando un tiempo en una empresa de publicidad. Estoy aprendiendo a vivir desde cero”, explica Lesia.

Meses después, Kasia dice que las ve diferentes, “más contentas, más tranquilas”. Ivanna recuerda que en los primeros encuentros “era todo dolor”, las mujeres se sentían “tan desubicadas que no entendían nada” y estaban tan tristes que “no podían decir más de dos palabras”. La técnica de Cepaim destaca que dentro de la tragedia hay que entender la situación como una “oportunidad”, pues en España “han podido conocer otro idioma, otras ciudades, hacer cursos que no hubieran hecho en su país”. “Esta red de amigas puede ser un punto positivo dentro de todo lo malo”, insiste. Para la presidenta de la Asociación Girasoles la realidad de hoy, en la que las inquietudes de estas mujeres pasan por mejorar el idioma, formarse, encontrar empleo y desarrollar sus aficiones, “es un éxito”.

Observar la guerra desde lejos

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Ucranianas que llegaron antes de la guerra hacen de traductoras para el resto, aunque todas han avanzado mucho con el castellano / Patricia Galiana

La situación de las que llevan más tiempo contrasta con la de las nuevas. Kasia confiesa que “ha habido mucho movimiento de personas en el grupo, porque hay mujeres que han vuelto por diferentes circunstancias, y otras que acaban de llegar”. Zina acaba de aterrizar, ha dejado atrás a toda su familia y se emociona al narrar un relato desgarrador. Su hijo y su mujer son militares, por lo que están en el frente, y tiene un nieto de 18 en la reserva, por lo que tampoco ha podido cruzar la frontera. Por suerte, su hija estaba en Egipto y se ha podido trasladar a Londres. Es policía, con un rango equivalente al de coronel, habla alemán y vivió los efectos de la guerra desde 2014, cuando quemaron su casa “2 veces”.

Procedente de Zaporiyia, donde está la central nuclear más importante de Europa y que ha estado en manos rusas prácticamente desde el inicio de la invasión, Mila también está muy preocupada por su gente. “Vivir en otro país siempre es difícil. Yo tengo aquí mi trabajo, mi vida, pero nunca he dejado atrás Polonia. Nunca voy a ser al 100 por cien de una parte, porque siempre seré de mi tierra. A esto hay que sumarle que la situación de estas mujeres es mucho peor, porque han salido obligadas a abandonarla por una realidad horrible, porque tienen la puerta cerrada”, expresa Kasia.

Para el pueblo ruso, no tiene “ningún rencor”, dice Ivanna. Ella misma es profesora de ruso desde hace siete años en la Escuela Oficial de Idiomas de Ciudad Real y, advierte, “nadie ha dicho que como hay guerra con Rusia no vamos a aprender ruso, porque es cultura, conocer otro mundo, su poesía, su literatura, escritores como Tolstoi”. “Al pueblo ruso les diría que se levanten, que digan en voz alta no a la guerra, porque no queremos pelearnos con nuestros hermanas y hermanos, porque eso era lo que éramos anteriormente, una unión”, añade. La gran palabra que sobrevuela es “paz”.

Soñar con el invierno

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Ivanna Fenchak busca una pregunta del juego ‘Lo mejor de mí’ / Patricia Galiana

Tras tantear el estado anímico, Kasia saca un juego que se llama ‘Lo mejor de mí’, con dados, casillas y un montón de preguntas para conocerse y compartir ideas. Hablan de que en España hay demasiados psicólogos, comentan que las gustaría aprender palabrotas y confiesan que quieren hacer gimnasia. Un último capricho: “Tomar cada día un café bueno, una fruta buena”. Un regalo: “La segunda fase”. Aficiones: “El deporte, la psicología, los viajes, la naturaleza, la reunión de hoy”, dice Mila, que ha hecho de traductora. El mes favorito: febrero, el invierno, “cuando la nieve cruje en tus pies, cuando se te congela parte de la cara, las pestañas, es un mes de felicidad para los niños”.

Cada día Lesia Naumenko piensa que está de vacaciones y que pronto verá a su marido, porque si reflexiona sobre el futuro, le pueden los nervios. Muchas familias han regresado en los últimos meses. “Yo sé español y soy joven, por lo que tengo más opciones para moverme. Cuando tienes más edad y unas costumbres, es más difícil cambiar, aunque si no tuviera al niño a lo mejor no hubiera salido. Quiero volver a mi casa, porque allí tengo todo. Pero ahora hago todo para quedarme aquí y, si puedo volver, lo haré”. Y así salta otra pregunta del juego. ¿Qué te apetecería hacer hoy?: “Volver a Ucrania, volver a sentir el calor de mis amigos”. Las manos se entrelazan.

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