“En el alzheimer la detección precoz es muy importante”

Carlos Moreno Tomelloso
Inés Losa

Inés Losa

La presidenta de AFAL, Inés Losa, explica el trabajo que se está realizando con los enfermos de alzheimer y sus familias

Inés Losa Lara (1972, Tomelloso) es  muy conocida socialmente por sus labores de concejala y, sobre todo, por ostentar la máxima responsabilidad de AFAL Tomelloso, una asociación privada sin ánimo de lucro, declarada de utilidad pública y carácter social que se dedica a la asistencia de los enfermos de alzheimer y a sus familias en Tomelloso y comarca . La generosa donación de los terrenos por parte de María Torres fue el principio de un gran proyecto social que han ido desarrollando las personas que han pasado por las directivas de AFAL y los trabajadores del Centro de Día San Rafael, una referencia en el conjunto de la región y el país. Lanza ha entrevistado a Inés Losa, una mujer entregada a la causa por completo. En sus respuestas deja traslucir su vocación e implicación en este maravilloso proyecto que sigue avanzando gracias a magnífico trabajo de un gran equipo de personas que coordinan ella misma y la directora del centro, Gema Gil.

—Recientemente se ha celebrado el XX aniversario de AFAL y el centro tiene  ya doce años, ¿qué balance realiza de su trayectoria?

—Hay dos etapas muy marcadas. Hasta que ve la luz el centro hay una etapa de mucho trabajo por parte de las familias que crearon la asociación en los noventa, en unos tiempos en los que había muy poca información. Y luego, desde 2005 en adelante llega la etapa del centro, con mucha información en canales como internet. Mi madre fue una de las que comenzó. Teníamos a mi abuela en casa y nos tocó ir aprendiendo sobre la marcha porque no había recursos. De ahí que decidieran unir fuerzas y promover la asociación. Tuvimos una suerte inmensa de que se cruzara en nuestro camino, Mari Torres, que donó los terrenos, es el alma, el ángel que te encuentras en la vida. Si ella no hubiese aparecido todo  habría transcurrido más despacio. Somos de las pocas asociaciones que tiene en propiedad las instalaciones.  A partir de entonces se volcaron también instituciones como Promancha, el Ayuntamiento y la Junta de Comunidades que ha aportado muchos fondos. Ahora mismo contamos con veinte plazas públicas que son muy importantes. El apoyo de las administraciones es esencial, aunque sí es cierto que cada vez cuesta conseguir más las ayudas. Tenemos que ser muy transparentes y justificarlo todo, y también es lógico que sea así.

—¿Qué es lo más complicado en el día a día de un Centro que atiende a enfermos de Alzheimer?

—Lo más complicado es  la concienciación de la familia, que reconozca y acepte que la enfermedad está ahí. Cuando la familia lo acepta todo va mejor,  sobre todo en las primeras fases. Partimos de la base de que el alzheimer es una enfermedad que no tiene cura, pero con nuestras terapias  conseguimos que vaya más lenta. Hay gente todavía que te dice que su padre o su madre no están todavía para venir al centro,  como queriéndolo disimular. Y esto acaba siendo un error porque se trabaja mejor desde los primeros síntomas de la enfermedad a base de estímulos físicos y cognitivos.  Otra dificultad es el gasto que conlleva para las familias una enfermedad como ésta.

—¿Cuáles son los sellos de distinción del Centro San Rafael a la hora de atender y cuidar a estas personas?

—Somos  un centro de día en el que los afectados siguen en su casa, en su entorno, para ellos es un poco como ir al colegio. Y al mismo tiempo somos un centro especializado en alzheimer, con nuestras terapias específicas. En la región hay otros centros, no demasiados.

—Aquí juegan un papel esencial los profesionales que trabajan en el centro, ¿no cree?

—Por supuesto. Ahora mismo somos trece, doce mujeres y un hombre. El trabajo tiene muchos momentos duros, en cambio en otros se te caen las lágrimas porque esta gente te regala momentos muy especiales. Siempre están dispuestos a hacer algo, con ese respeto constante a la dignidad de las personas. Contamos con seis auxiliares, dos terapeutas ocupaciones, una sicóloga, una trabajadora social, un fisioterapeuta,  una mujer encargada de la limpieza y la parte de administración que llevo yo.  Es un equipo muy consolidado y muy bien formado. Las familias agradecen constantemente nuestro trabajo.

— A la investigación sobre el alzheimer le queda mucho recorrido, ¿no es así?

— Por desgracia es así. Hablamos de un problema de salud pública de primera magnitud que afecta a la persona y a la familia, tocando todos los órdenes de la sociedad que hacen necesaria una respuesta integral. Va muy ligado a la calidad de vida que tenemos, cada vez vivimos más, eso es innegable, y luego está la gente que lo desarrolla a los cincuenta y pocos años, algo que es un dolor, porque hablamos de una persona que está en edad de trabajar, con hijos jóvenes, eso es muy duro. Pero estamos obligados siempre a dar respuestas,  a acompañar a la persona y a su familia en sus circunstancias y en el momento en que se encuentre. Es cierto que en investigación no se invierte lo que se debería invertir. Se invierte más en investigar, por ejemplo, en cómo evitar la caída del cabello que en el alzheimer.  Apenas hay fármacos, entre otras cosas, porque muchas veces cuando se desarrolla alguno, se acaba cayendo en la última fase, no logra funcionar. Suelen salir noticias en las noticias de que se ha descubierto algo, pero todo va muy lento. Algún día se podrá combatir esta enfermedad, pero mientras tanto  somos cautos y cuidamos a las personas que es lo que mejor sabemos hacer, después ya de una experiencia de veinte años.

—Está el centro de día y luego la asociación que es una entidad muy abierta…

— Sí, nos gusta que la gente venga a contarnos el problema que tiene, lo que le está pasando en un momento dado. Nosotros aconsejamos a la persona que tenemos delante, siempre con mucho respeto, porque al fin y al cabo lo que está viviendo, lo está viviendo en primera persona. No nos limitamos a dar el servicio que damos, sino que pretendemos ser un agente de transformación . Contamos también con un grupo de familias que se reúne una vez al más. La mayoría son del centro, pero vienen otras. Es vital la importancia de la detección precoz, cogiendo la persona a tiempo, la podremos mantener mucho más tiempo.

— Desde un prisma más personal, ¿qué ha significado para Inés Losa este trabajo?

—Una alegría muy grande, porque trabajar con personas es muy gratificante, te llena completamente. No importa las horas que le tengas que dedicar  ya que le pones el corazón, le pones todo. Al mismo tiempo implica mucha responsabilidad, pero este trabajo te acaba dando mucha felicidad.

 ¿Se plantea el centro llevar a cabo algún nuevo proyecto o inversión?

—Ahora acabamos de terminar la ampliación en el que hemos invertido todo lo que teníamos. Había un tope que nos aplastaba y era el hecho de no poder tener a más de cuarenta personas y hemos pasado a sesenta que es el máximo de plazas que se puede tener en un centro de día. Esto ha sido fundamental porque significa que puedes atender a la persona que viene, nos permite adaptarnos a lo que la persona quiere, algo que antes no podíamos hacer. Casi le podemos hacer un traje a medida. Nuestro centro pretende estar al servicio de Tomelloso y como pertenecemos a una asociación te tienes que buscar mucho la vida para pagar las nóminas del personal, que nuestros usuarios estén atendidos y dar respuesta al mayor número de gente posible.