Crimen y telón: Ron Lalá es puro teatro

Francisco Navarro Tomelloso
Crimen y telón

Crimen y telón

Ron Lalá nunca defraudan y este sábado hicieron las delicias del medio millar de aficionados que acudieron a la llamada de su último montaje, Crimen y telón. La obra, encuadrada en los  “Escenarios de Primavera” del área de Cultura del Ayuntamiento de la ciudad, llegaba a través del Programa Estatal de Artes Escénicas, Platea. Se trata de un thriller, una distopía que transcurre en el año 2038, escrita por Álvaro Tato y dirigida por Yayo Cáceres, puro “metateatro” que demuestra que, como en la canción de La Lupe, “la vida es puro teatro”. Ron Lalá cosechó una soberbia ovación del público de Tomelloso.

La obra se retrasa, el público va llegando, fuera de hora, unos técnicos reparten una suerte de diario —“Ciudad Tierra – Noticias. Diario dependiente único del Gobierno Global”—, los músicos tocan “Chic to chic” de Cole Porter, las luces bajan y, por fin, empieza todo.

“¡El teatro ha muerto!” Así, con esa exclamación contundente comienza la función. Estamos en el 14 de abril de 2038 y el jefe del Cártel de las Artes Escénicas aparece ahorcado, sin vida, muerto (“al igual que antes lo hicieron la Biblioteca Municipal, el Auditorio López Torres y el ‘pilón de la plaza’” asegura el protagonista, el inspector Noir, en una morcilla completamente tomellosera).

En ese futuro que nos cuenta Ron Lalá hay un solo gobierno sobre la tierra y todas las artes están proscritas y son perseguidas porque son enemigas del poder y el fenecido teatro tiene al poder como enemigo. Es decir, que al Poder (omnímodo y con mayúscula) le molesta la cultura y las bellas artes, especialmente el teatro y las combaten hasta su completa extinción (una circunstancia que no tiene nada de ciencia ficción). Pero, como en una obra apocalíptica o en una novela negra, siempre hay una resistencia, que actúa de forma valiente y entre las sombras luchando, en este caso, por la permanencia de las artes y la escena.

Ron Lalá no da tregua, desde la primera escena. Los actores llevan al público en volandas, lo hacen cómplice de la obra (de hecho, es uno de los personajes del montaje). “Señores espectadores: quedan detenidos como sospechosos, cómplices o testigos de un articidio en primer grado. Tienen derecho a reír, llorar, emocionarse, seguir el ritmo de las canciones y no desvelar a nadie el final de Crimen y telón”, nos dicen.

Hay que investigar la muerte del teatro, en las pesquisas participan el nombrado detective Noir y el teniente Blanco, de la Agencia Anti Arte (la triple A). Por medio de esa trama policiaca, el montaje va trasmitiendo el amor por el arte y la cultura, su necesidad vital. Es una historia negra, el detective Noir tiene un pasado, es, nada menos que adicto a la poesía, antaño tuvo un affaire con ella (“sus labios ardían como versos de Garcilaso”).

Y es que, el amor por el arte y la cultura es indeleble y quien lo tiene no puede evitar transmitirlo a los demás.  También aparecen en distintos flashbacks el propio Teatro y  Comedio y Tragedio, sus lugartenientes para hacer didáctica del género a lo largo de la historia.

Los actores que participan en el montaje dan una lección  de teatro. Su dicción, su capacidad de trasformación, el sentido del ritmo hacen que Crimen y telón sea una estupenda velada teatral. Y es que, como dijo un crítico “Ron Lalá  ha creado una maquinaria teatral impecable”. La escenografía es magistral, adaptándose a todas las escenas. Y claro, como es metateatro salen a la palestra los profesionales de los que nadie se acuerda, el técnico de sonido o el regidor (que nadie sabe para lo que sirve).

El final no pude ser de otra forma, el asesino de Teatro (del teatro) no puede ser otro (y que no vamos a desvelar). El telón cae como en un montaje de Broadway y el público aplaude a rabiar porque Ron Lalá se lo ha merecido, con creces.