Pinceladas de historia en el cielo del convento de Valdepeñas

Noemí Velasco Valdepeñas

Escolares contemplan las pinturas barrocas en la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado del Convento de los Trinitarios en Valdepeñas / Clara Manzano

Desarrolladas entre 1698 y 1712, las pinturas barrocas de la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado del Convento de Valdepeñas representan una puerta abierta a la historia de la reforma impulsada por San Juan Bautista de la Concepción en la Orden de los Trinitarios, del rescate de la imagen de Jesús de Medinaceli en la Batalla de Mámora y del poder del marqués de Santa Cruz

Figuras entrelazadas, multitud de personajes y caballos, recrean la famosa batalla de Mámora en el arco que abre la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado del Convento de los Trinitarios de Valdepeñas. El padre Antonio Torres García cuenta que en medio de las cruzadas la Orden de los Trinitarios protagonizó en 1614 el rescate de la imagen de Jesús de Medinaceli en Marruecos. Seis décadas después, la toma de la plaza española en Argel por los musulmanes dio pie a la construcción de esta capilla que, en palabras de la restauradora María Luisa López, representa “uno de los ejemplos más destacados de pinturas barrocas de la provincia”. Costeadas por el marqués de Santa Cruz, las obras comenzaron en 1698 y concluyeron catorce años después con la construcción del camarín.

Casa Madre de la Orden reformada de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, Valdepeñas protagonizó la reforma impulsada por San Juan Bautista de la Concepción a raíz del Concilio de Trento en 1563, durante el reinado de Felipe II, donde líderes de la Iglesia Católica defendieron “volver al espíritu inicial”. Ante la imagen del santo originario de Almodóvar del Campo, que preside la iglesia del Convento, padre Antonio cuenta que el fundador de la “orden descalza” de los trinitarios fundó “casas de la reforma por toda España”. El sentido era que “la orden fuera más austera y sencilla”, volver “a la espiritualidad auténtica”, como lo hizo Santa Teresa de Jesús en la Orden de las Carmelitas. Cuando los Trinitarios empezaron a construir el convento en esta zona ya eran “descalzos” -hoy en día han desaparecido las dos ramas de la orden-.

Bajo el mecenazgo de Álvaro de Bazán y Guzmán, señor de las villas del Viso y Valdepeñas y marqués de Santa Cruz, el trinitario calzado Fray Juan de Dueñas de la mano del “santo de la renovación” fue el artífice inicial del convento de los trinitarios en Valdepeñas, que pasó a ser de “frailes pobres y descalzos”. Algunos historiadores cuentan, según apunta el vicario de la comunidad, que el marqués de Santa Cruz quiso hacer del convento, y en concreto la capilla, “su lugar de descanso”, para que allí reposaran sus restos. Cabe destacar que la presencia de los trinitarios en Valdepeñas es anterior, ya que tuvieron un primer convento en la ermita de San Nicasio. Ante las deficientes condiciones de salubridad, hacia 1606 realizaron el traslado al terreno que ocupaba la ermita de San Sebastián, “cuya importancia creciente lleva a la edificación de una nueva iglesia entre 1615 y 1632”.

Espacios de misión evangélica y de ayuda a los desamparados, los conventos fueron hospitales, casas que acogían a los enfermos y a las personas necesitadas durante el Siglo de Oro de la pintura española, el de Diego Velázquez, Francisco de Zurbarán y Bartolomé Esteban Murillo. En las cercanías de la avenida Primero de Julio, el Convento de los Trinitarios de Valdepeñas se convirtió en el centro neurálgico de la ciudad y nuevas construcciones surgieron agolpadas en los alrededores. La llegada de las Madres Agustinas fue posterior, a raíz de la Desamortización de Mendizábal en 1836, cuando los trinitarios abandonaron sus casas y salieron de España de forma temporal junto a otras órdenes religiosas. Las monjas de clausura ocuparon una parte del convento, donde hoy todavía perpetúan su labor.

El andar de los trinitarios

Símbolo de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos / Clara Manzano

Símbolo de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos / Clara Manzano

Para llegar al origen de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos hay que retroceder hasta 1198, cuando la familia religiosa hizo de la liberación de presos cristianos su razón de ser. El padre Antonio señala con el dedo el símbolo de la orden: donde aparece Cristo con un musulmán y un cristiano a cada lado. Lejos de utilizar métodos violentos, los trinitarios recaudaban fondos para rescatar a los cristianos cautivos en zonas de conflicto e incluso a veces se intercambiaban por ellos mismos. Aunque la Orden de los Trinitarios siempre ha sido “sencilla” y nunca ha movilizado a un gran número de personas, el fraile destaca sus obras. “Uno de los rescates más famosos fue el de Miguel de Cervantes y si no hubiera existido no tendríamos El Quijote”, advierte.

En la actualidad, la casa trinitaria tiene “dos provincias” y la sur está formada por doce comunidades, diez en España y dos fuera -en Marruecos y en Corea-. Aparte de Valdepeñas, los trinitarios también están en Málaga, Antequera, Algeciras, Sevilla, Córdoba, Andújar, Valdepeñas, Madrid y Alcázar de San Juan. A pesar de que, en la actualidad, los restos de San Juan Bautista de la Concepción están en Córdoba, según destaca el vicario de la comunidad, Valdepeñas como “casa madre” todavía es muy importante dentro de esta orden de carácter redentor. Cuatro frailes viven en el convento, al frente del colegio, la iglesia y la pastoral penitenciaria.

Las pinturas al detalle

Cúpula de la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado / Clara Manzano

Cúpula de la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado / Clara Manzano

“La capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado ofrece un repertorio iconográfico original de gran riqueza ornamental y simbólica” con el fin de exaltar los valores morales de la orden y pregonar el poder del marqués de Santa Cruz, que es el que la patrocinó y cuyas armas heráldicas están por todo el recinto, por ejemplo, en las cuatro pechinas donde confluyen los arcos. Las vertientes histórica y religiosa se conjugan: la exaltación de la Casa de los Bazán introduce elementos interesantes de la cultura barroca como el “emblema” dirigido al “público iniciado”; mientras que el contenido evangélico, con claros tintes redentores y narrativos, es de fácil interpretación como la Asunción de María. En los realistas murales aparecen además espacios identificables como la plaza de Valdepeñas, con la torre de la iglesia de la Asunción, donde aparece de nuevo Jesús.

Sin autor conocido, las pinturas del Convento de los Trinitarios tienen grandes similitudes con las de la bóveda del Palacio del Viso del Marqués y con las de la ermita de Nuestra Señora de las Virtudes en Santa Cruz de Mudela, también vinculada al mecenazgo de Álvaro de Bazán. La responsable de la empresa salamantina Uffizzi Conservación y Restauración de Bienes Culturales apunta que “los esquemas decorativos y los personajes se repiten”, por lo que “hay bastante probabilidad de que compartieran autores”. Algunos investigadores advierten que podrían haber tenido relación algunos pintores italianos que trabajaron allí, como los Peroli o Césare de Bellis, artífices de las pinturas del palacio, que son más ostentosas, pero “muy parecidas”. En el resto de la provincia no han sobrevivido más murales del estilo, pese a que la época fue muy intensa para el arte.

Uno de los recursos plásticos más característicos de la pintura barroca es el

Uno de los recursos plásticos más característicos de la pintura barroca es el "emblema" / Clara Manzano

Heredero de manifestaciones artísticas anteriores, María Luisa López reitera que uno de los recursos plásticos más característicos de la capilla localizada en el crucero es “el emblema”, que empieza a aparecer en el Renacimiento, aunque su desarrollo es en el Barroco. Las escenas aparecen en la primera y en la segunda cornisa, que terminan en semicírculo, encajadas en viñetas. En primer lugar aparece una filacteria, una banda blanca escrita en latín, que hace de emblema de cada una de las viñetas. Después aparece una representación figurativa, por ejemplo, El Cautivo, una cruz, un castillo o una pequeña iglesia; y abajo una cartela o epigrama escrito en castellano, distribuido en tres líneas, como si fuera un poema: “aunque soy lirio del valle y soy piedra del desierto Valdepeñas es mi huerto”.

Debajo de la cúpula, en el centro de la capilla, aparece el anagrama mariano referente a la Virgen María. También están en latín las palabras de carácter salvífico “Jesús, Cristo, Nazareno, Rey de los Judíos”, que pretenden estimular el rezo. Típica en la pintura barroca, la escena de la cúpula propiamente dicha es icónica como enlace de elementos históricos y religiosos, al representar la salvación, con la Asunción de María y el Cristo con la Cruz, en alusión al marqués de Santa Cruz. El abanico de colores es “amplísimo”, marcado por los canales de distribución propios de la época. María Luisa López señala que “aparecen distintos tipos de azules, como el azul esmalte y el azul zurita, aparte del rojo bermellón, el carmín y los tonos tierras”.

El Vendimiador en su camarín

Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado en Valdepeñas y techo del camarín / Clara Manzano

Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado en Valdepeñas y techo del camarín / Clara Manzano

También existen alusiones continuas a elementos de la propia tierra y al medio de vida, enlazados con la simbología religiosa. Así, en el tambor de la cúpula, situado en la base del techo a modo de prolongación, aparecen frutos como granadas, sandías y espigas, además de centros florales y racimos de uvas. Justo en frente del camarín el descubrimiento de los racimos fue todo un acontecimiento durante las obras de restauración, pues las gentes de Valdepeñas nombran tradicionalmente a Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado como El Vendimiador, porque en septiembre sale a las calles a bendecir la vendimia. Desde el año pasado, además el Ayuntamiento lo nombró “Señor de la Vendimia”. Junto a las pinturas, la restauradora señala que “todo está complementado con una rica decoración vegetal y floral, cariátides y atlantes, dentro de trampantojos arquitectónicos de gran calidad”.

Tras aludir al “interés artístico de las pinturas por el tratamiento del color y la perspectiva”, el padre Antonio mira hacia el camarín, su lugar preferido, donde hace apenas unos meses no se veía nada, porque estaba cubierto con gotelé. En su época de esplendor, el camarín fue concebido como una “compleja composición decorativa”, que tenía pinturas de caballete asentadas en cavidades cuadrangulares en los muros y decoraciones perimetrales a base de grecas y flores con ribetes dorados. Custodiado por las imágenes de Jesús con la Cruz a Cuestas y de Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad, Jesús ocupa un lugar central de la capilla. El padre Antonio explica que tras la batalla de Mámora, trasladaron la imagen a Madrid y a su paso por toda España la gente quedó maravillada. Así ocurrió en Valdepeñas, donde Nuestro Padre Jesús Rescatado reproduce las características del Jesús de Medinaceli.

La deseada rehabilitación

El padre Antonio Torres García recorre las pinturas barrocas del Convento de los Trinitarios / Clara Manzano

El padre Antonio Torres García recorre las pinturas barrocas del Convento de los Trinitarios / Clara Manzano

Recién inaugurada la obra de restauración el pasado 4 de junio, la satisfacción en la comunidad trinitaria es “enorme”, pues muchos años llevaban detrás. Padre Antonio confiesa que “sin el apoyo del Ayuntamiento, nosotros no podríamos haber asumido el coste”. El pago de los 224.000 euros ha sido al 50 por ciento, entre la Orden de los Trinitarios y la Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado por un lado y el Ayuntamiento de Valdepeñas por otro. En 2010, la empresa Uffizzi Conservación y Restauración de Bienes Culturales hizo un primer proyecto y en 2016 las negociaciones empezaron a avanzar. Desde entonces, han sido muchos meses de esfuerzo, pero el vicario confiesa que han estado “muy tranquilos y seguros del trabajo que se estaba realizando”. También era una de las reivindicaciones del pueblo, íntimamente ligado a la imagen y al santo lugar.

En octubre, cuando comenzaron las obras, nadie hubiera augurado el resultado. Padre Antonio confiesa que el arco inicial estaba “completamente negro” y el resto de la capilla “daba la sensación de parecer un embudo”, parecía mucho más pequeña. La restauradora explica que en la capilla han encontrado “muy diversas patologías”, desde el desprendimiento y el descolgamiento del estrato pictórico de la batalla de Mámora a grietas, separaciones de lacados y repintes. María Luisa López señala que “hubo muchas intervenciones posteriores a la pintura original, con buena intención, pero con falta de profesionalidad”, que incrementaron el deterioro.

La capilla tiene muros con soporte de mampostería, con mezcla de cal y arena o barro, recubierto por una argamasa que forma el enfoscado sobre el que está el enlucido que sustenta la decoración mural. Asimismo, los paneles repartidos por la iglesia, para dar un apoyo documental a las pinturas, señalan que la técnica en origen utilizada por los autores fue “el seco”. En las intervenciones posteriores aparecen sin embargo materiales oleosos y alquídicos, “pigmentos aglutinados con abundantes aceites secantes que, lejos de mejorar la conservación de los estratos”, contribuyeron al deterioro al provocar “resecación” y “desprendimientos”. Los humos de las velas y los inciensos hicieron el resto al ennegrecer las paredes.

Las fotografías iniciales las tomaron en julio y en agosto, luego comenzaron a colocar las protecciones en la capilla, en el altar, desmontaron las imágenes y protegieron los suelos. Desde el primer momento los calendarios de ejecución se cumplieron y María Luisa López confiesa que les parece “increíble la seriedad y la previsión desde el Ayuntamiento, la cofradía y la orden”. Siete restauradores han participado en la obra, entre ellos, personas de Ciudad Real, Valencia, Zaragoza y Córdoba, aparte del restaurador del Ayuntamiento, Miguel Carmona. También un laboratorio de análisis fisicoquímicos, dos responsables de proyecto, dos empresas de pintura y decoración para las partes lisas de debajo de la capilla, empresas de electricidad, carpintería, albañilería, herreros y un técnico de sonido.

Imán para la “gente sencilla”

Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado en Valdepeñas en el camarín / Clara Manzano

Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado en Valdepeñas en el camarín / Clara Manzano

Hasta el mes de septiembre, las bancadas no volverán a la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado para facilitar la contemplación de las pinturas. Además, el padre Antonio señala que desde la inauguración abren la iglesia una hora antes de la misa: a las ocho de la mañana y a las siete de la tarde. Muchos valdepeñeros las han contemplado, también parte del alumnado de los centros escolares e incluso han llamado personas de toda la provincia. A lo largo del año contemplan visitas guiadas para disfrutar entre cruces trinitarias de la “joya de la corona” del convento y de todo un pueblo.

Pese a la decadencia de la religión en las sociedades laicas, la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado todavía ejerce un gran poder de atracción en Valdepeñas, como imán para los fieles que cada viernes recorren con la mirada sus pinturas, rezan al Altísimo y suben hasta el camarín para besar los pies de Cristo. “Voy a hacer la visita”, dicen los valdepeñeros a todo el que encuentran a su paso antes de llegar al convento, que hasta las diez de la noche recibe a las clases populares. El padre Antonio confiesa que la capilla siempre ha sido un lugar de encuentro para la “gente sencilla”, la misma que acude cada día a la misa matinal y vespertina.