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Las pérdidas materiales superaron los mil millones de pesetas

45 años de una riada que no se olvida en Valdepeñas

22 personas fallecieron en este trágico día de 1979

Valdepeñas, tragedia 1979
Valdepeñas, tragedia 1979
H. Peco / VALDEPEÑAS
Tres horas de tormenta sin freno, que reventó los colectores incapaces de asumir los 150 metros cúbicos de agua por segundo derramados sobre Valdepeñas, y que desató el pánico entre los vecinos

El verano del 79 estaba siendo especial en toda España, también en Valdepeñas. Adolfo Suárez acababa de ser renombrado hacía unos meses presidente de Gobierno y la Democracia se consolidaba en España gracias a una Constitución que acababa de estrenarse más de un año atrás. 

En la radio sonaban los boletines informativos, con conexiones esporádicas con el Tour de Francia, que estaba a punto de ver coronarse a Hinault en los Campos Elíseos. Valdepeñas, como todos los pueblos de la Mancha, lucía en ese inicio del mes de julio con sus calles semivacías al mediodía, esquivando el sol de castigo, que siempre golpea con fuerza los encalados de las fachadas y quema los brazos desprovistos de mangas de camisas.

Al filo del mediodía, con los fogones de las cocinas todavía apagados, el cielo se encapotó de nubes negras sin que nadie pudiese prever el terror que iba a desatarse en forma de tormenta. “Serán cuatro gotas, como siempre”, se llegó a decir entre los pocos vecinos que se cruzaban por la calle y que ni siquiera temían mojarse. 

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Coches amontonados en la calle Convento (Ramón Fernández/ Lanza)

Pero las nubes chocaron con rabia, bramando entre los truenos del cielo. En la crónica de aquella riada, relataba el corresponsal de Lanza en Valdepeñas, Ramón Fernández Gómez el martes 3 de julio de 1979, dos días después: “Cuando a las 1,20 de la tarde del domingo empezó a llover y a recibirse las primeras descargas eléctricas, nadie podía pensar lo que se avecinaría dos horas después”. 

Lo que parecía una tormenta anecdótica de verano, pronto empezó a preocupar a quienes veían desde sus ventanas crecer los pequeños charcos que se convirtieron rápidamente en riachuelos surcando el asfaltado en busca de la parte baja del pueblo. Los regueros de agua cobraron fuerza y altura, colapsando el alcantarillado y los colectores obsoletos de una localidad que, 45 años después, sigue buscando la fórmula económica para acometer las obras. 

En pocos minutos, la tromba de agua anegó todo el pueblo, barriendo con su fuerza coches y camiones aparcados, “como si fuesen barcos de papel”, apuntaba Fernández en su crónica de la tragedia, viendo la cara furiosa del Veguilla y el Jarosa, que asaltaron por sorpresa para recuperar su cauce hormigonado por el casco urbano de la localidad. Tres horas de tormenta sin freno, que reventó los colectores que eran incapaces de asumir los 150 metros cúbicos de agua por segundo derramados sobre Valdepeñas, síntoma del pánico que obligó a los vecinos a mirar al cielo para pedir clemencia.

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Tragedia Valdepeñas, 45 años después/ (archivo municipal Valdepeñas)

Viendo llover sin cesar, decenas de familias apostaron por buscar resguardo en las partes altas de sus casas e incluso los tejados, esperando un claro entre las nubes para respirar. Otros, no tuvieron la suerte de encontrar salvación, viéndose atrapados por el torbellino de agua y los golpes. 

En total, la tormenta se llevó consigo la vida de 22 personas, entre ellas, dos menores de edad; 18 personas tuvieron que ser hospitalizadas, más de un centenar de familias se quedaron sin hogar; miles de animales murieron ahogados, dejando pérdidas materiales que ascendieron a más de mil millones de las antiguas pesetas según las cuentas oficiales del Ayuntamiento que sin embargo, entonces fueron lo de menos.

48 calles quedaron anegadas de fango y miedo, 472 viviendas fueron arrasadas por el agua, como también lo fueron 85 comercios, 39 industrias, 85 comercios o 195 vehículos.

Programa Especial ValdeRec con imágenes de la tragedia

Las héroes anónimos de la tragedia en Valdepeñas

En cada tragedia, siempre aparecen los héroes anónimos; esos que ponen su vida en riesgo, sin importar las consecuencias, con el objetivo de ayudar a los demás. Nunca buscan salir en las fotos, evitan que se les reconozcan como protagonistas, porque simplemente pasaban por allí y acudieron para ayudar sin que el reconocimiento social fuese uno de los factores que les empujó a intervenir.

Como en tantos otros lugares, Valdepeñas contó con sus héroes anónimos, bajo las siglas de diversas entidades como Protección Civil o Cruz Roja, siempre dispuestas a ayudar, como también lo estuvieron centenares de héroes independientes, con nombre y apellidos, que fueron clave para buscar a los desaparecidos, para ayudar a las tareas de recuperación de una localidad que fue devastada en cuestión de horas y tratar de coser la normalidad devastada por el miedo.

Uno de esos héroes, que hoy tampoco quiere posar ante la cámara es José Antonio, un chaval entonces de 20 años que se encontraba haciendo el servicio militar y que hoy, ya jubilado, tampoco quiere acaparar ni siquiera un párrafo de reportaje. “Fue casualidad estar ahí. Me tocó a mí como podría haberle tocado a cualquiera”.

Del recuerdo de aquel fatídico día recuerda una llamada rompiendo el silencio de la media tarde. “Estábamos tres personas en el puesto de carretera. Recibimos una llamada para darnos aviso y tuvimos que desplazarnos a Valdepeñas. Llegamos a la puerta de la plaza del Ayuntamiento y allí empezamos a percibir el caos”.

A aquel rescate del que no tenían muchos más datos, no tuvo instrucciones. “No había nadie para coordinarnos, actuamos por instinto. Nunca olvidaré el rescate que hicimos de una señora mayor, ni de la intervención que tuvimos que llevar a cabo en el Cine Parque”. 

“Atados a una cuerda tuvimos que cruzar para ayudar a la gente. Tampoco se me olvidará el traslado de cadáveres en el Land Rover de un concejal, creo que era, ni el traslado de enfermos hasta el hospital de Manzanares. Fueron horas de mucho caos, de mucha gente con miedo y sin saber qué podía pasar”.

Mirando atrás en el tiempo, José Antonio también subraya el miedo que pasaron en la calle Cantarranas, donde la riada hizo especialmente estragos. “Uno no sabe porqué actuó así, ni cómo conseguimos hacerlos. Te paras a pensarlo y llegas a pasar miedo. Si algo hubiese salido mal, posiblemente hubiésemos sido parte de las víctimas de aquel día”.

riada 1979 valdepenas

Otra de esas personas que intervino en la tragedia de Valdepeñas fue Atanasio Herrera, longevo voluntario de Protección Civil en Ciudad Real. A lo largo de más de cuarenta años actuando en rescates y en días de los que llenan portadas, reconoce que “nunca he vivido una cosa igual”.

Al igual que José Antonio, rememora, “recibimos una llamada altertándonos de que algo gordo había ocurrido en Valdepeñas. Hasta allí nos desplazamos sin saber lo que íbamos a encontrarnos”.

Lo que vieron, nada más llegar, fueron calles inundadas, coches desfilando bajo la fuerza de la corriente y mucho, mucho trabajo por hacer. “Nuestra prioridad era sacar a las personas que habían quedado atrapadas en sus casas y localizar a las personas que habían desaparecido”.

Lo primero fue preguntar puerta por puerta si echaban en falta a alguien para hacer una lista. “Hubo personas que aparecieron varios días después. Es imposible olvidar, cómo chocábamos con cuerpos, con restos de las casas que habían sido arrastradas por la corriente”.

Pese al dolor y la tragedia, subraya que por momentos, “temimos que la cosa hubiese sido todavía peor. Viendo la situación en que se encontraba la ciudad, calculábamos que los muertos iban a ser muchos más”.

Eduardo Merlo, autor del libro “Riada de 1979. Tragedia de un pueblo”

Eduardo Merlo es uno de esos jóvenes nacidos en Valdepeñas que no vio la tragedia, pero a través del relato que los más mayores le han ido transmitiendo, le han permitido crecer con ella muy presente a lo largo de toda su vida. El amor por su pueblo y esa historia grabada a fuego en su memoria familiar, hizo que cuando en la Universidad de Ciencias de la Información le pidieron escribir sobre un acontecimiento histórico que sin embargo se sintiese cercano, acabase decantándose por sus raíces, por la tragedia de los suyos para hacer que el resto la conociese y la sintiese con la misma punzada de dolor que alguna vez sintió él al escucharla.

Así, la tormenta de Valdepeñas de 1979 se hizo protagonista en la asignatura de Historia Contemporánea y con aquellas páginas en forma de trabajo, fue surgiendo la aventura que dio lugar al libro: “Riada de 1979. Tragedia de un pueblo”, que fue el llanto transcrito de todo un pueblo.

Sobre aquel acontecimiento, transmite con precisión Merlo, “cambió todo cuanto se conocía en Valdepeñas. Cuando esta gota fría arrasa con viviendas, negocios e industria, se estaba llevando con ella el mapa de todo un pueblo. Aquello obligó a reestructurar la localidad, reubicó negocios y reorganizó el urbanismo de la localidad”.

En lo personal, añade, “la tragedia produjo una herida muy potente, que todavía permanece con secuelas”. Entre las necrológicas rescatadas, hubo una que le golpeó con especial fuerza. “Entre las víctimas hubo una niña, Eugenia Bautista Carrasco, de tres años. Junto a su hermano quedó atrapada en casa. No pudieron salir fuera por el tipo de reja que cobijaba las ventanas”. A medida que fue subiendo el nivel del agua sobrevivir se convirtió en un esfuerzo en vano. Él acabó siendo rescatado, la niña fue contabilizada como una de las 22 víctimas de la tragedia cuya historia sigue poniendo los vellos de punta.

El periodista valdepeñero, aunque todavía no había nacido, demuestra su emoción al hablar del efecto solidario en mitad de aquel caos. “Aunque sin vivirlo, realmente me emociona pensar en la solidaridad que despertó la tragedia tanto en los valdepeñeros como en gentes de toda España. La gente se echó a la calle a ayudar en las primeras horas y durante semanas se organizaron en todo el país colectas, rifas y conciertos benéficos en favor de los damnificados”.

Jesús Martín: “Es importante que las nuevas generaciones sepan lo que pasó”

Testigo presencial de aquel hecho trágico en Valdepeñas cuya cicatriz todavía supura, fue su actual alcalde, Jesús Martín, entonces uno de tantos jóvenes que no daba crédito a lo que estaba sucediendo. “Visto ahora desde la perspectiva del tiempo, los que fuimos protagonistas visuales y emocionales del momento, seguimos recordando ese momento de forma muy intensa, como si hubiéramos visto una película, donde la realidad superó cualquier tipo de ficción”.

Personalmente, relata, “yo lo viví, como creo que la inmensa mayoría de los ciudadanos, sin saber qué estaba pasando. Estábamos viviendo algo muy fuerte, pero no éramos conscientes de qué estaba pasando. Fue una tormenta que empezó como tantas otras. Cayó mucha agua y en diez o quince minutos, empezaron a saltar las primeras alarmas, alertándonos de la gravedad de lo que podría pasar”.

“En muchas casas como en la mía, el agua salía por la taza del váter. Literalmente las casas colapsaron por los imbornales de los patios, y el agua empezó a salir desde las tazas del váter. Se congestionaron los colectores”.

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Multitudinario entierro Valdepeñas/ Cedida por Eduardo Merlo (Archivo municipal Valdepeñas)

Aquello que parecía que era un problema doméstico, acabó siendo preámbulo de la tragedia. “Cuando las aguas amainaron fue cuando creo que tomamos todos conciencia de una soledad en la que se cortó la luz eléctrica, en la que no funcionaba nada y en la que los que vivíamos, como yo, en la zona sur de Valdepeñas, acabamos por ir hasta la plaza a ver qué había pasado en otros sitios del pueblo”. Justo en medio, revive, “quedaba el canal desbordado, que literalmente partió el pueblo en dos. Intentar cruzar aquel brazo de mar, porque era un brazo de mar, era ver un coche flotando, era ver personas chillando, eso era un caos”.

En la retina, se emociona al recordar, “tengo la imagen clavada de una bebé con el cuerpo hinchado, flotando sobre aquellas aguas torrenciales que sabe Dios dónde la condujeron. Era un cuerpo inerte, una bebé de pocos meses flotando como una pelota; una imagen tremenda que jamás podré olvidar y que cuarenta y cinco años después me sigue quebrando la voz”.

Junto al cuerpo de la bebé, una de las dos menores fallecidas aquel trágico día, flotaban los cuerpos inertes de ovejas, coches arrastrados por la corriente, miradas de paisanos que no daban crédito a la magnitud de la tragedia.

“Aquella noche nadie durmió en Valdepeñas. Permanecimos alerta por si volvía algún aguacero, mientras la gente se organizaba para achicar el agua de las casas”. “No había planes de emergencia, pero todo el mundo cogía escobas y cubos. Nadie preguntaba en qué casa se metía, se trataba de ayudar. Había extraños comiendo en casa porque habían llegado a ayudar. Fue todo una distopía”.

Dos generaciones después, los que vivieron aquel momento lo recuerdan con fuerzas. “Las nuevas generaciones conocen el suceso de oídas y tenemos el deber de transmitírselo para que no se olvide. Tengo la sensación que muchos jóvenes piensan que esto es algo imposible, que es parte de una película que relatan los mayores, pero sin la trascendencia que tuvo, como si aquello no hubiese sido para tanto”.

Permanece parte del miedo

Aunque han pasado 45 años, el miedo sigue presente entre los más mayores cuando llueve con violencia. En este sentido, asegura su actual regidor, “cuando hay una tormenta, los mayores siempre temen que se puedan volver a liar. Pero fíjate, desde que hicimos las grandes obras de urbanización y canalización de las aguas, hemos tenido algún episodio, donde ha caído la misma agua en el mismo tiempo y curiosamente, en el mismo horario, de lo que cayó entonces y ya no ha sido noticia”.

Además de las víctimas mortales, lamenta, “hubo otros muchos que se dieron como causas directas. Hubo mayores que murieron a los días con pulmonía; hubo daños colaterales que costaron más de una década en sobreponer para muchas familias, que como la mía, eran humildes y trabajadoras”.

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Traslado de cadáveres hasta el Hospital de Valdepeñas/ Cedida por Eduardo Merlo (Archivo municipal Valdepeñas)

“Todo esto, narrado, no deja de ser una historia, pero vivirla en primera persona, de verdad que es muy doloroso. El pueblo se dividió en dos. Durante muchos días, una parte de la población no tenía acceso a la única farmacia que había, no había medicamentos, no había posibilidad de ir al médico porque no se podía cruzar. Eso hoy, gracias a Dios, es impensable”.

Quedándose con la parte positiva, “aquella tragedia cambió la mentalidad de Valdepeñas. Urbanísticamente dejó de haber un norte y un sur, y se empezó a construir un núcleo urbano único a través de la canalización de lo que hoy es la Avenida 1º de julio que ha permitido que hoy nuestra ciudad no siga partida en dos”.

In memoriam

Detrás de la tragedia de Valdepeñas se arrastran veintidós víctimas con nombres y apellidos, con historias que se fueron con ellas, dejando un dolor que no se olvida entre los que fueron sus vecinos y amigos.

El entierro oficial, celebrado con 21 de las víctimas mortales, se ofició con uno de los cuerpos sin identificar (Carmen Núñez Barrios). Dos días después, el 6 de julio, apareció la última víctima, Antonio Sánchez Rodríguez, que fue arrastrado por el torrente de lodo y escombros. Entre los 22 muertos había dos niñas: María del Carmen Antequera Salido, de dos años; y Eugenia Bautista Carrasco, de tres.

El resto de víctimas mortales eran adultos, algunos con más años vividos que otros. Todos ellos dejaron huella y cicatriz en su pueblo que aún los sigue recordando. Por eso, cualquier homenaje siempre será poco para que de alguna manera sigan presentes.

Marcelino Abad Simón, Mª del Rosario Escribano Felguera, Ana María Gómez González, Gregoria Sánchez Rodríguez, Jerónimo González Arenas, Vicente Cerros de la Torre, Juan Pedro Bellón López, Ignacia Díaz Lara, Felipa Cejudo Ruiz, Mª Josefa García Mora, Antonio García Abad, Victoria González Hervás, Ángela Pérez Sánchez, las hermanas Amparo y Carmen Pérez de la Hoz, Linarejos Pedrero Muñoz, Bernardina Gallego Moreno y Mª Luisa Martínez Román.

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