Vengo de la zona cero del coronavirus, en Tomelloso

Francisco Navarro Tomelloso
Francisco Navarro, esta misma mañana, desde el hospital de Tomelloso / Imágenes de F.N

Francisco Navarro, esta misma mañana, desde el hospital de Tomelloso / Imágenes de F.N

El corresponsal de Lanza en Tomelloso, Francisco Navarro, cuenta, desde la primera línea de su propia enfermedad, sus sensaciones y el extraordinario trabajo de los sanitarios en el hospital de Tomelloso, donde está ingresado desde el pasado miércoles, afectado por Covid-19

Hemos creado una sociedad infantilizada con la que nos protegemos de todo mal. Una coraza virtual. Nos sentimos seguros detrás de las consignas, las grandes frases y los bonitos memes. Nada nos puede pasar. Pero nuestra segura inconsciencia nos ha metido en un lío de tres pares de narices. No hemos hecho caso a nada ni a nadie y así nos ha ido. Nos está yendo. Cuando esto acabe deberemos asumir nuestras culpas y exigir las que sean necesarias.

Si salimos de esta no va a ser por los memes y las cursiladas de las redes, será por el coraje y el valor del personal sanitario. Mujeres y hombres que se están jugando el tipo por nosotros. Ese es el verdadero patriotismo, el amor al prójimo.

«Esto es auténtica medicina de guerra» es la primera frase que escucho de un enfermero cuando el pasado miércoles ingreso por coronavirus en el Hospital de Tomelloso. Se trata de una zona de cuidados intensivos denominada «la polivalente».

Francisco Navarro, durante su estancia de esta semana, en el hospital de Tomelloso

Francisco Navarro, durante su estancia de esta semana, en el hospital de Tomelloso

Medicina de guerra. No hay otra. El coronavirus no es la supuesta gripe esa que todos nos hemos tomado a chufla.

Llego al Hospital con taquicardia (ha sido un día de órdago en cuanto a lo informativo), fiebre, tos vómitos, malestar y neumonía. Fueron varios días previos con febrícula, pero sin tos ni otros síntomas, por lo que el teléfono de información me recomendaba quedarme en casa, tomando paracetamol.

Tras el triaje, una aguerrida doctora (luego la veré más, siempre dándome ánimos) me manda a la polivalente. La gente que me conoce y me quiere se sorprende de verme allí.

Enseguida noto que hay al menos 30° en la zona. Me pasan al cuarto, me monitorizan y logro dormir una hora.

Desde el box se aprecia el estricto protocolo del personal, de todos y cada uno de ellos. Con disciplina militar desarrollan el programa, sin dudas, inexorablemente. Se les oye hablar, disponer, ordenar, siempre pidiendo el último esfuerzo, la sonrisa, el cariño y la eficiencia.

Desde el primer momento todo son atenciones. En cuanto pulso el timbre hay un enfermero, enfermera o auxiliar, pendiente, con una sonrisa, preguntando por lo que me pasa, llamándome por mi nombre.

Nos tratan con retrovirales del sida, nada menos, y con un inhalador que hace maravillas. Calmantes, antibióticos, suero, corticoides… Lo propio de una gripe desbocada.

Pero enseguida surge el problema : la saturación. El porcentaje de oxígeno en la sangre es fundamental y en su recuperación se basan las jornadas siguientes y la curación.

Durante tres o cuatro días esa es la única preocupación. Dejó de comer, me tengo que relajar y aprender a respirar. De una forma pausada, tranquila, rítmica. No se trata de la fuerza sino de la armonía. En mi mente soy capaz de distinguir las moléculas de oxígeno del nitrógeno o el resto de gases. Ese 21% vital y necesario.

Pero no estoy solo. A toque de timbre hay un amigo, una amiga que, sonriendo, con paciencia, me ayudaba a recuperar las crisis, a volver a la calma y a la armonía respiratoria. Y, por supuesto, a mi familia, siempre presente, recordándome que no tirase la toalla. Mi mujer y mis hijas, las podía ver, recordar sus caras y sentir su presencia real. Mis hermanos, y tantos y tantos que me han animado y se han interesado por mi estado a través del WhatsApp. Qué suerte tengo de tener tantos amigos que se preocupan por uno.

Los días van pasando, realmente donde estoy no hay diferencia entre el día y la noche, de claro en claro y de turbio en turbio, quijotesco. Las lágrimas son menos frecuentes y el ánimo prevalece.

Fuera sigue el combate. El personal trabaja incansablemente, corren, gritan, no paran. Cubiertos de fundas y con una temperatura inhumana acuden donde suena el timbre. Todos a una, facultativos, enfermeros, auxiliares, celadores, limpiadores. Se juegan el tipo por los pacientes, con una sonrisa y sin una queja. Insisto, ese es el patriotismo y no las palabras ampulosas. Los gestos y no los discursos, el amor y no la mala baba (que según me cuentan, no ha faltado).

Muchas gracias a todos, por todo. Como diría Churchill, nunca tantos debieron todo a tan pocos. Yo les debo lo único que tengo, la vida.

¡Gracias! Eva, Alberto, María José, Consuelo, Paco… no recuerdo vuestros nombres pero sí vuestras caras y vuestras miradas de ánimo!!

Gracias a vosotros estoy un paso más cerca de casa, en planta, con mi compañero José Vicente, esperando que todo vaya bien.