Plaza de toros de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Corrida de toros mixta. Menos de media entrada.
Se lidiaron dos toros de Los Espartales, primero y cuarto para rejones, reglamentariamente despuntados, y cuatro de Salvador Gavira para lidia a pie. Noble y sosos los de Los Espartales y justos de raza los de Gavira. Algo mejor el tercero.
Diego Ventura: rejón entero algo trasero (dos orejas); rejón entero arriba (dos orejas).
Aníbal Ruiz (de verde hoja y oro): casi entera arriba algo atravesada (oreja); pinchazo y casi entera atravesada (oreja).
Sebastián Castella (de tabaco y oro): entera algo trasera y desprendida (oreja); media arriba y dos descabellos (oreja).
Aníbal Ruiz recibió una placa de su peña taurina como reconocimiento a sus 25 años como matador de toros. Enrique Martínez «Chapurra» actuó como sobresaliente. Jorge Fuentes y José Chacón destacaron banderilleando a quinto y sexto respectivamente. Los tres toreros salieron a hombros.
Mal pintaban los pronósticos meteorológicos, con la Dana pululando en lontananza, pero la corrida pudo darse en Alcázar de San Juan, si bien el viento durante todo el festejo, y la lluvia en el sexto, tuvieron protagonismo destacado en negativo, impidiendo la brillantez plástica y la realización de una lidia óptima.
El festejo comenzó bien en cuanto a la concesión de trofeos con las dos orejas otorgadas a Diego Ventura en el que abrió plaza, un toro noble y soso que persiguió las monturas con ritmo hasta que le aguantó el fuelle, que no fue demasiado. Ventura toreó tanto al clavar como al salir del embroque, llevando al de Los Espartales cosido a la grupa. Apretó al final con banderillas cortas muy por los adentros, matando con celeridad.
Algo más dilatada resultó la faena al cuarto, un toro que se dejó, y frente al que Ventura sacó la artillería pesada, clavando hasta diez farpas en total, dos de ellas sin cabezada. Mató al primer viaje y, de nuevo, las dos orejas fueron a sus manos, erigiéndose en triunfador numérico -y artístico- del festejo. Y es que, a caballo, el viento, es otra cosa.
Cabe señalar que ayer, en Alcázar de San Juan, a diferencia de en otras plazas, el personal del rejoneador hispano-luso no expuso el nombre de los caballos cuando estos saltaban a la arena y, por tanto, no podemos citarlos en esta crónica.
Cuando el segundo saltó a la arena empezó a soplar el viento con intensidad. Para más inri el de Gavira, en una de sus intempestivas acometidas, clavó ambos pitones en la arena dando una violenta y completa voltereta, cayendo con fuerza sobre los riñones. Antes, Aníbal Ruiz, que conmemoraba con este paseíllo sus 25 años como matador de toros, le robó alguna verónica con pulcritud aunque sin poder controlar los vuelos del capote, como tampoco consiguió manejar debidamente los de la muleta, empuñada fundamentalmente con la diestra. Alargó las embestidas lo que pudo, se justificó, y mató a la primera, paseando una oreja. Como un trofeo logró el alcazareño en el quinto, con un vendaval soplando que imposibilitó realizar el toreo. El cariño de sus paisanos puso lo que faltó para que el manchego pudiera salir a hombros.
Una vez acabado el fuerte compromiso para el matador ciudarrealeño, a uno le venían a la cabeza las incontables horas de preparación, concentración y sacrificio llevadas a cabo por Aníbal durante este año, con toda la ilusión puesta en la tarde de ayer para disfrutar y hacer disfrutar del toreo. Sin embargo, toda esa lucha se vio minimizada por la acción incontrolable de un elemento como es el viento. Una lástima que convierte al toreo en algo más grande aún, por hacerlo difícilmente alcanzable.
Sebastián Castella también tuvo que bregar en el tercero con el viento, el cual, a estas alturas de la corrida, se había apoderado de la escena. Sin embargo este hándicap no impidió que el francés plantara cara tanto al manejable toro de Gavira como a Eolo, sin brillantez estética aunque con mérito por el espíritu de superación mostrado por Castella. El mismo que evidenció en el sexto, con la lluvia cayendo, el viento arreciando, el público resguardándose y el toro huyendo. Quien más y quien menos pensábamos que abreviaría, pero nos equivocamos. El francés le buscó las vueltas, aguantó incertidumbres y, a veces con zapatillazos y otras sin ellos, le arrancó una oreja cuando podría haberle quitado las moscas y nadie habría protestado. De hecho, habría sido lo más lógico. Pero estos toreros, a veces, de lógica andan justitos. Afortunadamente.
