Cuestión de afición

Sánchez Puerto al natural en 2019

Sánchez Puerto al natural en 2019

Sánchez Puerto volvió a ponerse delante de un novillo de manera inesperada

Hay fotos con contenido y fotos vacías, o casi. Aunque con frecuencia, es cierto, que el juicio vaya en un sentido u otro depende de los ojos con los que se mire la instantánea.

La imagen que ilustra este texto se tomó hace una semana en un pueblo cercano a Cuenca, donde todavía se dan toros en las calles y se ponen en práctica tanto recortes, esa modalidad tan en auge, como toreo a pie con capotes y muletas; las capeas de toda la vida, de donde tantísimos toreros salieron y, ojalá, sigan saliendo. Porque el apego al toro es algo que, todavía, muchos españoles -y no españoles, no lo olvidemos-  llevan pegado a la piel, y se manifiesta a la mínima oportunidad.

Los protagonistas de la fotografía son un novillo, un escenario y un torero. El utrero, cuajado, pertenecía a una ganadería con origen Domecq vía El Cotillo de la que no me supieron dar más detalles.

Primero se le recortó a cuerpo limpio; y más tarde, cuando los mozos del pueblo habían disfrutado de las enclasadas acometidas del utrero, en una plaza con modernas talanqueras y arena de playa que añadía costumbrismo a la escena, llegó el turno de los toreros que allí se congregaron en busca de ponerse delante de dos pitones a pie con capote y muleta.

Según nos cuentan, no fueron pocos los que le dieron fiesta, incluido el albaceteño Miguel Tendero y Víctor Puerto. Pero quien pega este natural es nada menos que Antonio Sánchez Puerto, un torero que ese día, de manera espontánea y nada premeditada, demostró que sigue siendo todo un torero.

Antonio se encuentra en un estado físico -y mental- formidable, afortunadamente, a pesar de frisar una edad que desaconseja recibir el mamporro de un animal de cuatrocientos y pico kilos. Sin embargo Antonio sintió la llamada del toreo y, después de que todos los que quisiseron y se atrevieron se habían puesto delante, el torero ciudarrealeño no se resistió a pegarle una tanda de naturales digna de ser admirada en una plaza con el “No hay billetes” en las taquillas. No de cualquier manera, no. Porque Antonio siente el toreo de una manera muy concreta, y nunca -y a estas alturas menos- se separó del toreo que da el pecho, cimbrea la cintura con naturalidad y lleva las embestidas embebidas a sus telas con armónicas evoluciones.

No tenía necesidad Antonio de hacer lo que hizo. Es cierto, pero solo por una parte. Por otra, un torero que lo es y se siente tal, no podía dejar la oportunidad de pegarle una tandita a uno que se dejaba. A pesar de la edad y a pesar de los pesares. Un simple y a la vez compleja cuestión de afición.