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Mi historia de querer ser torero, de José Mª Medina, "El Niño del Tentadero"

Las fatigas de un maletilla (IV)

En Madrid y Salamanca, entre mangui y torero

Buscando capeas por Salamanca en el año 1968
Buscando capeas por Salamanca en el año 1968
Julio César Sánchez

Ya por Albacete no había toros, pero me acordaba que un maletilla me comentó que la última capea del año era en un pueblo de Madrid que se llamaba Torres de la Alameda.

Me fui unos días para Albacete. La capea de Torres de la Alameda era el primer domingo de octubre.

Llegó el día. Me fui desde Albacete a Alcalá de Henares en tren. Sin pagar claro, para no perder las costumbres.

Me bajé en Alcalá y fui a dedo (haciendo autoestop) hasta Torres de la Alameda, con mi maco, como buen maletilla.

Llegué al pueblo a media mañana. Hacían encierro y estaba a punto de empezar. Dejé el maco en un bar, pero cogí la muleta.

Echaban nueve toros; tres cada día.

Me fui para el encierro. Los toros eran muy grandes. Sobreros de Las Ventas, me dijeron. Y allí estaba yo con mi muletilla.

Qué barbaridad, los maletillas que había. Había hasta matadores de toros.

Por decir algunos: Frascuelo, El Peque de Béjar, El Santi, Paco Lucena, Paco Alcalde, el padre de El Juli, El Lobo, El Rerre, El Suso, El Melenas… Muchos más. Todos estos se comían los toros. Madre mía. Dije “Aquí hay que salir salga el toro que salga.”

No había ningún maletilla de los de Albacete. Eran todos de los que vivían en Madrid.

Yo tenía la moral por las nubes. Me había puesto delante de muchos novillos por Albacete. Iba a salir a lo que echaran. Y así fue.

Empezó el encierro y me fui a la plaza cuadrada del pueblo.

Llegó un toro solo. Me puse delante y se quedó conmigo. No sé por qué pero no había maletillas allí en ese momento.

Era un toro grandísimo. No me lo podía creer. Le pegué cuatro derechazos y un pase de pecho. Tuvieron que ser muy buenos porque no veas cómo aplaudía la gente.

Seguí dándole muletazos. La gente me decía “¡Cómo toreas, chaval!” Otros me decían “Como tú has toreado no ha toreado ningún maletilla aquí, en Torres de la Alameda.”

Me pedían que pasara el guante. Y como estaba yo solo, pues me ayudó uno del pueblo.

Pasé el guante y me llevé un dinero.

Luego llegaron los otros dos toros, pero fueron derechos a los chiqueros con los mansos.

Yo pensaba, con una sonrisa “Qué capeas tan buenas hay por Madrid.”

Ya por la tarde había allí veinte toreros. Fue muy difícil torear. Estábamos muchos maletillas.

A mí me cogió uno y me hizo un hematoma en el muslo muy grande. Lo tuve hinchado un mes.

Había toros dos días más. Tres toros nuevos cada uno.

Los dos días siguientes toreé bastante, pero estábamos muchos.

Pasé el guante con otros maletillas, y dormí tres noches con los otros compañeros en una fábrica de ladrillos. Se estaba muy calentito, y eso se agradecía.

Y se acabó Torres de la Alameda. Era la última capea.

Era octubre, y pensé, “¿Para dónde tiro?” Tenía catorce o quince mil pesetas, que era un dinero en 1968.

A mi casa no podía volver. Me lo dijo bien claro mi padre cuando salí de maletilla. Y pensé “Nunca he estado en Madrid, así que, a Madrid me voy.”

Desde Torres de la Alameda me fui a Alcalá de Henares, y en Alcalá cogí un tren hasta Madrid.

Era la primera vez que pisaba Madrid en mi vida. Qué impresión me causó aquello.

Llegué a la estación de Atocha. Salí a la calle y entré en una taberna a tomarme un café.

Recuerdo que había muchas fotos de toreros buenos: Camino, Antoñete, Ordóñez, El Cordobés y muchos más. Me encantó verlas. Las miré todas como si estuviera viendo un cuadro de Velázquez.

Me preguntó el camarero que de dónde venía de torear, porque me vio el maco. Por eso me preguntó. Era un hombre mayor.

Le dije que venía de Torres de la Alameda.

Me preguntó que si había toreado, y le dije que había salido a los nueve toros que habían echado en los tres días. Me dijo que conocía el pueblo, y que allí echaban los toros más grandes de todas las capeas de Madrid. Y llevaba razón.

Le caí bien. No me cobró el café y me puso una magdalena. Yo tenía 18 años y pinta de torero. Era alto y delgado.

Le pregunté por dónde paraba la gente del toro en Madrid y me dijo que por la Plaza de Santa Ana, en dirección hacia Sol. “Allí verás muchos toreros y apoderados”.

Le pedí dejar allí el maco, y contestó que sí. Me daba vergüenza que me viera la gente del toro con los trastos al hombro.

Me indicó la dirección para llegar a la plaza de Santa Ana; calle Atocha arriba, y luego a la derecha.

Llegué a la plaza de Santa Ana y cogí para abajo, hacia Sol. Era medio día.

Madre mía, qué cantidad de toreros de todas las categorías; banderilleros, picadores, novilleros con picadores, sin picadores, mozos de espada, maletillas… Algún matador de toros como Dámaso Gómez, algunos más como Pedrín Benjumea, Raúl Sánchez, dando vueltas por la calle de la Victoria…

Me saludaron algunos maletillas que conocí en Torres de la Alameda. Hice amistad con uno que se llamaba Manolo Canales. Me dijo “El otro día pegaste buenos muletazos.” Le agradecí el comentario, y nos hicimos amiguetes.

Sería de mi edad, 17 o 18 años.

Pasamos todo el invierno juntos, pero la verdad es no sé cómo.

Él conocía a la gente del toro de Madrid, y también de fuera del toro.

Nos daban de vez en cuando alguna chapuza de trabajo. Y se sabía todos los sitios más baratos para dormir y comer.

Yo me dije “Con lo que este sabe, me va a venir cojonudamente madre juntarme con él.”

Dormíamos en la Cava Baja, por la Plaza Mayor.

En cada habitación dormíamos diez o doce personas. Y qué personas. Aquello era para verlo. Carteristas, gitanos, mercheros, talegueros…

Pero nosotros vivíamos como ellos. No les teníamos miedo. Al revés. Yo llevaba todo el verano durmiendo en pajares, y esto me parecía el Hotel Palace.

Les caímos bien a los gitanos y a los mercheros. Cuando les contamos nuestra vida de dormir en pajares y robar corderos nos daban hasta bocatas.

Los gitanos nos advertían que teníamos que tener cuidado. Nos hablaban en caló. Yo lo entendía bastante bien. Decían “Ese es parguela”, que era marica; ese es randaor, que era ladrón. Y cosas así.

Se portaban muy bien con nosotros, porque les explicamos nuestra vida, que en realidad era muy parecida a la de ellos.

De vez en cuando mangábamos algo, y pegábamos toques a algún julai que conocíamos, a toreros… Había que sobrevivir.

Nos sabíamos todas las artimañas de Madrid; cómo coger el Metro sin pagar, o cómo llamar por teléfono sin dinero con una moneda de 25 pesetas. Hacíamos un agujero en el borde y atábamos un cordón de 25 centímetros; así podíamos estar hablando por teléfono todo el día en las cabinas.

Así pasé la vida ese invierno, aunque como digo, lo pienso y no sé cómo sobrevivimos.

La verdad es que, por estar tieso, llevaba más vida de mangante que de torero.

Recuerdo un día; llegué a un bar y pregunté si hacían falta camareros. Me dijeron que sí. “Vente mañana a las ocho de la mañana.”

El bar estaba en el barrio de Lavapiés.

Le pregunté al hombre que me atendió que si me podía dejar 1.000 pesetas para pagar la pensión. Le dije, dando pena, que llevaba dos días buscando trabajo. Me preguntó que de dónde era, y le mentí diciendo que de Cuenca.

Me dio las 1.000 pesetas y me dijo que nos veíamos al día siguiente a las ocho de la mañana. Le di las gracias. Y al día siguiente no fui.

Esto solo lo hice en cuatro o cinco bares y cinco o seis obras.

Les pedía dinero y luego no iba a trabajar. Cosas de manguis.

En descargo de todo aquello que hice, debo decir que, en aquellos tiempos, cuando ibas de maletilla, la vida, a veces, te obligaba a sobrevivir de mangui, como si fueras un taleguero.

Así pasé el invierno con mi amigo Canales.

Llegó el mes de febrero y nos fuimos de Madrid a la capea de Ciudad Rodrigo, hasta Salamanca.

Fuimos en el tren.

Nos echaron dos veces. Pero cuando nos echaban, nos subíamos en el tren que venía detrás. Y así llegamos hasta Salamanca. Y de Salamanca fuimos a Ciudad Rodrigo haciendo dedo.

Llegamos andando hasta el barrio de Tejares. Está cerca de Salamanca. Nos montó un coche que también iba a los encierros de Ciudad Rodrigo. Al día siguiente era la primera capea por la mañana.

Echaron varios toros. Ahora, en la vida he visto más maletillas. Estaríamos cuarenta. No exagero. Cada dos metros había un maletilla; El Lobo, Paco Lucena, El Melenas, El Suso, El Rerre, El Litri, Curro Cano, El Peque de Béjar, El Santi… Y muchos más.

Yo, en todos los días de capea, pegué muchos pases; pero pases sueltos. Eran toracos, y éramos tantos que era imposible ligar muletazos. La verdad es que me puse delante de muchos toros. Por entonces no había recortadores.

Pasé tres guantes con otros maletillas, y los días que estuve allí dormí en otra fábrica de ladrillos.

Cuando se acabaron las capeas de Ciudad Rodrigo, nos volvimos. Mi amigo Manolo Canales se fue para Madrid, y a mí me llevaron a Salamanca.

Gerardo Roa, que ahora está millonario, tenía un Seiscientos, y con él nos fuimos Curro Cruz, El Duende de Salamanca y yo.

Cerca de Fuentes de San Esteban vimos una nave, y El Duende, que era de Salamanca, dijo que allí había corderos.

Paramos, y salté por una ventana.

No se veía nada, y caí encima de una vaca suiza que me tiró al suelo y me pisó. Había un poco de luz que entraba por la ventana, y vi corderos. Cogí uno y salté por la ventana con el cordero a la espalda. Recuerdo que se me meó encima.

Subimos al coche y cuando faltaban unos cinco kilómetros para Salamanca, dijimos de meternos en un monte, quitarle la piel y las tripas al cordero, y dejarlo allí escondido.

Hacía mucho frío, estaba helando y no se iba a poner malo. También lo hicimos por si a la entrada de Salamanca estaban los guardias civiles. Esto era de madrugada.

Llegamos a Salamanca y El Duende se fue a su casa. En una pensión tenían una habitación con dos camas. Curro Cruz y Gerardo Roa me dijeron de dormir con ellos sin pagar, pero en el suelo. Ellos en su cama. Vi el cielo abierto y les di las gracias, porque yo no tenía dónde dormir. Pero me dijeron “Te tienes que ir temprano, antes de que venga el dueño”.

Así lo hice. Acordamos a las ocho de la mañana, y a esa hora me fui. Luego quedamos a las diez en la Plaza Mayor para irnos a comer el cordero. Tomamos un café y salimos en busca del cordero.

Llegamos al sitio y allí estaba el que nos iba a quitar el hambre.

Hicimos fuego y nos comimos medio cordero. ¡Qué rico nos supo! ¡Cómo te cambia el cuerpo con la barriga llena!

Estaba helando pero estuvimos allí hasta medio día. Dejamos el medio cordero en el mismo sitio, en una encina, para que no se lo comieran los lobos, que los había.

Nos fuimos para Salamanca, y dando vueltas por la Plaza Mayor nos enteramos que ese día tentaba El Viti.

A media tarde salimos para la finca de El Viti. Y como nos pillaba de paso, cogimos el medio cordero que nos quedaba.

Cerca de la finca de El Viti pasaba un arroyo de agua muy clara. Echamos lumbre y, aunque hacía solo cinco o seis horas que nos habíamos comido la otra mitad, nos terminamos el cordero que quedaba.

La anécdota fue que, estando comiendo el cordero, pasó un Mercedes azul y se paró al lado nuestro. Se bajó el conductor, y era El Viti.

Nos preguntó “Ese cordero ¿no será de mi finca?”. Le dijimos, “Maestro, nosotros no les mangamos a los toreros. Nosotros mangamos a los julais.” “Era broma –nos dijo-. Yo no tengo corderos en mi finca.”

Le ofrecimos, cogió un trozo y nos dijo “Dentro de una hora vamos a tentar. Iros para allá.”

Tentaron los hermanos Esplá. Seis vacas. Estábamos los tres solos. Salimos cada uno a dos vacas. Toreamos bastante. No se dio mal el día, hartos de cordero y de torear.

Eso sí; como aquel día en mi vida vinieron pocos. Todo lo contario. Hambre, mucho frío y poco torear.

Sin un coche en Salamanca era muy difícil torear.

Había una forma de enterarnos de algún tentadero: entrando en el hotel, llamado el Gran Hotel. Allí entraban todos los toreros y ganaderos, pero como estaba tieso no podía entrar a tomar algo para ver a algún ganadero o algún torero. Total, pasé seis meses en Salamanca y solo saldría a 14 o 15 vacas y algún novillo con la luna.

Pasé mucha hambre y mucho frío.

Ya aburrido de tanta ruina encima me volví para Madrid.

En el tren me echaron en mitad del camino. Se me había olvidado comprar el billete, como siempre.

Me subí en el siguiente. Llegué a Madrid tieso perdido.

En Madrid me tiré tres meses pasando igual que en Salamanca, hambre y frío.

Hice amistad con El Carloteño, que era novillero, pero llevaba una vida de mangui total. Incluso había estado en el talego por pegarle una puñalada a un julai.

Me fui con él y la verdad es que llevábamos vida de mangantes. Me enseñó a tangar a los camareros en el cambio, y a sacar dinero de las máquinas tragaperras; uno controlaba y otro metía monedas portuguesas. Se llamaban escudos. Eran de cinco céntimos, y en la máquina entraban como si fueran de 100 pesetas. El Carloteño tenía un montón de monedas portuguesas, que consiguió pasando el guante en las capeas de Portugal.

Estuve tres meses con El Carloteño en Madrid, llevando una vida poco aconsejable.

Un día vi que con El Carloteño acabaría en Carabanchel, porque bebía mucho y llevaba una navaja muy grande. La guardaba en los picantes en caló- calcetines en payo-.

Un día íbamos los dos por Vallecas, bien a gusto. Serían las tres de la madrugada. Nos cruzamos con uno. El Carloteño sacó la navaja y se la puso en el cuello. Le quitó algo de oro y diez mil pesetas y cogimos un taxi para la pensión, que estaba por la Plaza de Santa Ana.

En aquel momento pensé “O me separo del Carloteño o acabo con él en el talego.”

Al día siguiente, estando por el centro me enteré que había una capea en un pueblo que se llamaba Anchuelo.

Total, que para que no se mosqueara le dije que me tenía que ir, que estaba mi madre ingresada en un hospital de Valencia.

Era mentira. Me fui a la capea de Anchuelo.

Menudo descanso al separarme del Carloteño.

Le deseé suerte, salí de la pensión y él se quedó durmiendo.

Un tiempo después, cuando llevaba cinco o seis capeas después de separarme de él, un maletilla me dijo que estaba en Carabanchel porque discutió con un julai y le pegó un navajazo.

Este maletilla me lo dijo porque me había visto con él por el centro de Madrid. Dije para mí “De la que me he librado. Si llego a seguir con él, estaríamos los dos en Carabanchel, sin ninguna duda.”

Seguí por los pueblos de Madrid y Guadalajara; pueblos como Meco, Pozo de Guadalajara, San Fernando de Henares, Coslada, Villalbilla, Loeches, Torres de la Alameda, Driebes, y un montón más.

Ese verano me pondría delante de cien toracos. No exagero.

Me cogieron seis toros para matarme. Por ejemplo, en Meco, en Pozo de Guadalajara…

En Torres de la Alameda estuve dos veces ingresado, una en Guadalajara, otra en Madrid, en el Sanatorio de Toreros, que estaba al lado de Las Ventas (situado en la Calle Sancho Dávila número 12, cesó su actividad en 1975).

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