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23 febrero 2024
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Mi historia de querer ser torero, de José Mª Medina, "El Niño del Tentadero"

Las fatigas de un maletilla (VI)

Haciendo la luna

El Niño del Tentadero entrenando, con Bernardino Galán al fondo
El Niño del Tentadero entrenando, con Bernardino Galán al fondo
Julio César Sánchez
Después de dejar a la familia de Alameda, llegué a Palma del Río con dinero y me busqué una pensión barata a la salida del pueblo hacia Écija y Sevilla.

Allí me pasó algo de contar.

En mi habitación había dos camas. Eso, por entonces, era normal, que hubiera dos personas en la misma habitación sin conocerse. Pero la segunda noche, estaba yo acostado y la otra cama estaba vacía.

De madrugada escuché que llegó uno y me hice el dormido para no hablar con él.

Total, que él tampoco habló, pero cuando estaba yo durmiendo de verdad noté frío. Era el mes de enero. Hice el movimiento para taparme y ¡le toqué una mano!

Las camas estaban retiradas. ¡Le había tocado la mano! Dije “¡A este le gustan los tíos!”

Bueno, la verdad es que dije otra cosa, pero hoy día suena mal.

Di la luz. Tenía una espada de hierro en el maco. Me levanté, se la puse en el cuello y le dije “Si me intentas meter mano te atravieso el cuello.” Yo solo tenía 17 o 18 años, pero los tenía bien puestos.

Cuando vi la cara que puso dije “Este no me molesta más.” Y así fue.

Dormí con la espada metida en la cama, aunque él me decía que no había sido con mala intención; que se levantó para ir a váter y que, para no dar la luz y molestar, se había caído en mi cama.

Le dije, “Bien avisao quedas.”

Por la mañana me levanté el primero y le pregunté a la mujer de la pensión si conocía al que había dormido en mi habitación y me dijo que era camionero. Le comenté que había intentado meterme mano, pero ella no supo darme más detalles.

Me explicó que allí había ido a dormir tres o cuatro veces y siempre había dormido solo en la habitación.

Le dije “Yo voy a seguir aquí un tiempo, pero con la condición de que si viene otra vez a dormir no lo meta usted conmigo.” “Puedes estar tranquilo”, me aseguró. “Estaré pendiente, y si hay alguna queja más sobre él, a mi casa no vuelve a entrar.”

Le di las gracias, ya más tranquilo.

Y ahora llegan mis noches de jugármela haciendo la luna estando en la pensión.

Por aquel entonces empecé a ir a torear de noche.

En Palma del Río hay cuatro o cinco ganaderías. Todas eran familia entre sí. Alonso Moreno de la Cova, Javier Moreno de la Cova, Enriqueta Moreno de la Cova… Esto era en aquellos tiempos, hace casi sesenta años. Ahora seguro que ha cambiado.

Toreé en todas las ganaderías. Eso sí, de noche. A tentaderos no fui a ninguno porque no eran meses de tentaderos, o por lo menos yo no me enteraba de ellos.

Algunas veces fui solo, y otras acompañado de un chaval de Palma con quien hice amistad. Se llamaba Curro Gómez.

Era un chico de familia muy pobre, y nunca había toreado. Estaba empezando.

De las veces que vino conmigo tan solo salió a un novillo en lo de José de la Cova. La finca estaba en la carretera de Peñaflor a la Puebla de los Infantes. Estos dos pueblos son de Sevilla.

La primera noche que fui a lo de Alonso de la Cova me acompañó el Curro Gómez. Estuvimos corriendo un montón para apartar una vaca. Serían las tres de madrugada, más o menos.

Por fin metimos unas pocas vacas en un corral. Le dije al Curro “Abre la plaza de tientas y háblales despacio, y no andes por encima de los corrales, que hay mucha luna y te pueden ver.”

Me contestó “José, hay un candado.”

No me lo podía creer. ¡Pero si habíamos quedado en utilizar nombres falsos por si nos escuchaban!

Le dije “¡Que no digas mi nombre! ¡Dime Paco y yo a ti Pedro, y habla despacio!”

Total, que no pudimos echar ninguna vaca a la plaza de tientas porque la puerta tenía un candado muy grande. Pero había cuatro o cinco corrales.

Conseguimos apartar una vaca en un corral, que no era muy grande. Curro estaba arriba y yo abajo. Él se quedó arriba, para apretar a las vacas, y yo abajo para cerrar las puertas.

Ya estaba la vaca sola. Las puertas cerradas. La vaca era hermosa, tendría cinco años, se vio sola y se comía la tierra.

No he visto pitones más finos en mi vida. Daba miedo mirarla dando vueltas por el corral, rematando en todos los burladeros.

Le dije despacio “Baja Pedro.”

Cuál fue mi sorpresa cuando me dice “Paco, yo no bajo. Tengo mucho miedo. Y no salgas tú, que se me ha apoderado el miedo, y si te coge no voy a salir y te va a matar”. El pobre llorando.

“No salgas, que yo no te la quito”, me decía. Y yo “Después de reventarnos a correr para apartar una, ¿ahora no vamos a salir?”

Le dije “Bájate aquí a un burladero aunque no salgas, y si me coge le tiras el capote.”

“Que no bajo”, me contestó.

Monté la muleta y salí.

Madre mía, cuando me vio, eso era una bala.

Le di el primero y me vi los cuernos en la cara. Casi me coge. Se me revolvió como un ciclón.

Le di el segundo y me tiró un derrote a la cara. Me quitó la muleta. Y el Curro llorando.

Salí corriendo hacia el burladero. No me daba tiempo de entrar. Me cogía.

Puse la barriga en el burladero y se cayeron las maderas. Y yo encima. Se ve que estaban las tablas podridas o algo así.

Madre mía, qué estampa.

Menos mal que la vaca, al oír el estropicio del burladero, se dio una vuelta por el corral. Me levanté, con una polvareda…

Me dio tiempo justo para meterme en la portilla que había de un corral a otro. Llegué de casualidad. La vaca venía como una flecha a por mí.

Fue meterme por la tronera y darme la vaca con un pitón en el muslo. Me rompió el pantalón y tuve la pierna morada un mes.

Si esa vaca me coge me mata a cornás. Tenía los pitones como la punta de una navaja, y no me la hubiera quitao nadie.

Total, vi que no le iba a pegar ni un pase, y encima, empezaron a ladrar los perros.

Dije “Pedro, vámonos rápido que, además de no torear, ¡nos van a coger los vaqueros!”

Salimos corriendo por mitad del campo, pero al llegar a Palma había que pasar por el puente por cojones.

Le dije al Curro “Si está la Guardia Civil le decimos que hemos estado buscando tentaderos por Lora del Río, que estábamos en lo de Miura y se nos ha hecho tarde porque nadie nos ha parado con el coche.” El pobre, asustado, me dijo “Vale, José.”

Para quitarle hierro al asunto le dije “¡Ya me puedes llamar por mi nombre!”, y se reía.

Serían las cuatro. No había ningún Guardia Civil y cada uno se fue a su casa, aunque yo no tenía esos lujos.

Había hecho dos lunas, que es como se llama a cuando hay luna llena y se aprovecha la luz de noche para poder ver a los animales y torearlos. 

La primera fue la de la escopeta. La segunda esta de la vaca que casi me mata. Y no había pegado ni un pase. Si acaso, dos trapazos a la vaca.

La tercera fue en lo de José de la Cova.

Me avisó Curro, que había estado una vez allí. Los novillos estaban pegados a la plaza de tientas. Le pregunté “¿Seguro?”. Me dijo “Segurísimo. Estuve en un tentadero hace poco.”

Y pensé “A la próxima luna, vamos.”

Así fue. Allí me desquité. A la tercera fue la vencida.

Metimos en la plaza de tientas catorce o quince novillos. Pero me pasó una anécdota. Al ir a cerrar la puerta de la plaza de tientas, salía uno de los novillos, y me pegó una voltereta que me quedé medio mareao. Pero con aquella edad y el frío que hacía me recuperé rápido.

Por si salía otro los metimos en los corrales. Los fuimos soltando uno a uno. Toreamos seis o siete. El que salía malo pronto le abríamos la puerta.

Yo toreaba los más grandes, y Curro los más pequeños porque él apenas había toreado, y no le dejé que saliera a los grandes porque lo vi muy verde. Apenas se había puesto delante de tres o cuatro becerras en un tentadero, y yo había estado todo el año de capeas por Madrid y Guadalajara, poniéndome delante de toracos y vacas viejas.

Total, que toreamos los que habíamos metido en los corrales; a unos más y a otros menos, según salieron de buenos.

Yo me había venido arriba y quería torear más, así que le pedí a Curro que me ayudara a apartar unos novillos que había más grandes en un cercado.

Él no quiso torearlos pero me ayudó. Eran casi de tres años.

Los corrimos para un lado y para otro, y cuando venían para mí, hubo uno que se quedó retrasado. Supongo que estaría más cansado.

Me puse con la muleta delante de él, y vi que metía la cara. Se quedó conmigo y los otros se fueron.

No exagero; le pegaría cuarenta o cincuenta muletazos. Estaba yo que ya no podía con la muleta, entre los que habíamos toreado en la plaza de tientas y este en mitad del campo… Ahora, este fue de lujo. Cómo embestía por los dos pitones…

Ya estaba yo reventao. Le dije al Curro “¡Que es muy bueno! ¡Toréalo!”. Y me dijo “No José. Es muy grande.”

Luego pasó una cosa muy bonita. Cuando nos íbamos para la alambrada se vino detrás nuestra el novillo, andando. Nos parábamos y se paraba él. Saltamos la alambrada y llegó el novillo hasta la alambrada, con la cara muy alta y fijo en nosotros. Qué imagen más bonita.

Cuando habíamos andado un montón para Palma, miramos atrás y seguía allí plantao, mirándonos, hasta que lo perdimos de vista.

Íbamos llegando a Palma, y otra vez teníamos que pasar por el puente del Guadalquivir por narices. No podíamos pasar por otro lado. Le dije al Curro “Como esté la Guardia Civil no tenemos escapatoria, porque mañana seguro que el ganadero va a ir al cuartel a denunciar.”

Menos mal que era de madrugada y no había nadie. Qué suerte.

Pero, pasando el tiempo, un día hacía una niebla que no se veía nada a dos metros, y decidimos ir a un cercao en el que estaban las vacas, en la misma finca en la que toreamos los novillos.

Fuimos para allá. Andamos un montón, subiendo y bajando monte, hasta que llegamos donde estaban las vacas. Empezamos a correrlas para apartar una.

Por fin, de tanto correrlas, con la muleta me quedé con una vaca vieja en la parte baja del monte. Con la niebla que había no nos podía ver nadie, pero pasó una cosa de película.

Estando toreando la vaca, sin confiarme mucho, esa es la verdad, despejó el tiempo y se puso un sol que te mueres. En cinco segundos. Completamente despejado.

Cuando nos dimos cuenta, a cincuenta metros o por ahí, había una cuadrilla de gente cogiendo algodón, y empezaron a aplaudirme.

Yo, preocupao, les decía que no, que no me aplaudieran por si venían los vaqueros.

Estando toreando la vaca me cogió. Los que estaban cogiendo algodón chillando. Tenía los cuernos cerrados. Me cogió por la pierna. Yo boca abajo, pegando con la cabeza en el suelo, y Curro mirando, sin quitármela. Y los del algodón seguían gritando.

Cuando me soltó la vaca y se fue tenía heridas por todo el cuerpo y toda la ropa rota, pero cornadas ninguna, Gracias a Dios.

Seis o siete de los que estaban en el algodón saltaron a ayudarme por si tenía alguna cornada cuando se fue la vaca. Madre mía, qué cuadro. Me abrazaban, me decían cosas preciosas. Que iba a ser más grande que El Cordobés.

Le dije al Curro “Vámonos, que he visto un vaquero a lo lejos.”

Cuando nos dimos cuenta teníamos al vaquero con un caballaco encima nuestra.

Nos asustó porque nos echaba el caballo encima. Decía “No corráis, que ya está avisada la Guardia Civil de Peñaflor.”

El vaquero amenazándonos, y los algodoneros pidiendo al vaquero que nos dejara marcharnos.

Llegó un Land Rover. Era uno que era matador de toros. Se llamaba Juan Calero. Estaba en la finca de José de la Cova de encargao. Era de Peñaflor. Nos dijo “Montar en el coche”, y nos llevó al cuartel de la Guardia Civil.

Entramos en el cuartel y los guardias civiles y Juan Calero empezaron a culparnos de un montón de delitos. Yo pensaba “De aquí nos vamos derechos a la cárcel de Córdoba.”

Nos acusaban de haber toreado novillos con la luna muchas noches, que habíamos quitado monturas de los caballos… Nos culpaban de muchas cosas que no habíamos hecho.

Entonces me dije, como buen maletilla, voy a defenderme mintiendo con arte o acabo en el talego.

Dije “Señor Guardia, ¿puedo hablar?” Me dijo “Sí, pero te va a valer para poco.”

Y yo, muy serio, relaté “Llevo en Palma del Río dos días. Eso lo primero. Lo segundo que yo no torearía nunca un novillo. Se habrán dado ustedes cuenta que me han pillado toreando una vaca vieja, porque torear novillos es de ser un cobarde. Y del robo de las monturas, les digo que es la primera vez que vengo a esta finca en mi vida. Y les digo más; por esta zona me han dicho que hay muchos aficionados, y no culpo a nadie, pero no me culpen ustedes a mí tampoco, que llevo dos días en Palma, y me están acusando de todo porque he toreado una vaca vieja.”

Y rematé “Y la muleta que me ha quitado es la que tengo para torear en los tentaderos y para dormir.”

“Y para torear de noche”, dijo el guardia.

Total, ellos sabían que era verdad que por esa zona había muchos aficionados.

A mí me habían cogido toreando una vaca, pero en lo otro de los novillos y las monturas no.

Les dije  “¿No querrán ustedes que pague lo que no he hecho, y los que lo han robado se queden tan panchos? Cúlpenme por torear una vaca vieja, pero no por torear novillos y robar monturas.”

Nos quitaron la muleta. Eran los tiempos de Franco. Menudos tiempos para los maletillas…

Salí triunfador. Me quitaron la muleta, pero nos dejaron ir.

Habían hecho efecto las mentiras que les eché con arte.

Pensé “He tangao a los jundos –en caló, los guardias civiles-.”

Pero Juan Calero, que era matador de toros, se acordó que dije que la muleta la tenía para torear y para dormir. Eso a él, como torero, le dio pena.

También debo reconocer que tuve suerte de que no preguntaran en Palma por mí, porque no llevaba allí dos días, llevaba meses.

Total, los guardias amenazándonos, que tuviéramos cuidado porque la próxima vez acabaríamos presos.

Salimos del cuartel, y Juan Calero se portó de lujo con nosotros, porque él también venía de gente muy humilde.

Preguntó si habíamos comido, y yo le dije la verdad, que el día de antes un poco, pero que ese día no.

Nos llevó a un bar que se llamaba El Loro. Supongo que se llamaba así porque había un loro en el mostrador. Nos invitó a un bocadillo y a un café con leche.

Cuando después nos pidió subir al coche, pensé “Ya verás tú. Este nos va a hacer de trabajar.” Pero no. Nos dijo, “Ahora os voy a echar unas vacas viejas.”

Me dio mucha alegría, pero no lo decía de verdad. Lo dijo para asustarnos.

Cuando se dio cuenta de las ganas que yo tenía de torear reculó, y nos dijo que nos las echaría otro día porque las vacas estaban por la sierra y era muy difícil apartarlas.

Nos llevó a una nave pequeña. Tenía allí capotes, muletas y trajes de luces.

Me preguntó “A ti, ¿qué te han quitado los civiles?” Le dije “Una muleta”. Y cogió y me dio una muleta nueva. La que me habían quitado era vieja.

Y a mi amigo Curro le dio un capote casi nuevo. Y nos dijo “Cuando haya tentadero, si os enteráis, venir, que vais a torear.” Y nos llevó hasta Palma del Río.

Qué bien se portó Juan Calero, matador de toros de Peñaflor.

Nos despedimos dándole las gracias.

A mí me dijo “Te veo ganas de ser torero.” Le respondí “Écheme una vaca y lo verá.” Y contestó “Ya veo que quieres serlo de verdad. Porque para torear una vaca vieja en el campo como has toreado hay que querer ser torero en serio.”

Yo, como vi que le gusté, le pedí “Apodéreme usted, maestro.” Y él me dijo, con sorna “Y a mí ¿quién me apodera?”

Le dimos las gracias y nos quedamos en Palma del Río.

Otro día, en la finca de doña Enriqueta de la Cova, mataba dos novillos un novillero de Écija. Dos o tres horas antes de que los toreara, Curro y yo apartamos uno y lo toreé.

Le pegué catorce o quince muletazos.

Curro no salía casi nunca porque no tenía el rodaje que hace falta para salir a novillos tan fuertes. Sin embargo yo tenía mucho oficio de haber ido el año antes de capeas, y me había puesto delante de muchos toracos y vacas viejas. Por eso me veía capacitado para ponerme delante de lo que fuera.

Un día fui a ver la ganadería de Miura, y cuando iba llegando a la finca, que se llama Zarariche, me paró un Land Rover. Eran dos guardias civiles.

Me llevaron a Lora del Río, me metieron en el cuartel y me trataron como a un delincuente. Era el año 1968. Imagínense el miedo que se tenía a la Guardia Civil por entonces.

Me culpaban de todo. También de que había toreado de noche. Yo les dije que no me metía en la finca de Miura a torear de noche ni a una cabra. Sonrieron, pero con cara de cabronazos.

Me trataron como a un perro. Eso sí, no me tocaron. Eran listos. Yo tenía 17 años. Era menor.

Me culparon de torear de noche y de robos en cortijos. Me cogieron los datos y me amenazaron, diciéndome que si me veían por Lora del Río acabaría detenido.

Me preguntaron que dónde vivía y les contesté que en Palma del Río. “Tira para Palma del Río y no aparezcas más por esta zona o te detenemos,” me advirtieron.

Yo no me acojoné. Cuando me iba les dije “A los que tienen ustedes que detener es a los delincuentes y a los etarras. Yo soy torero. El Cordobés andaba como yo y ahora es el que manda en el toreo.”

Me respondieron, los hijos de su madre “Cuando seas famoso iremos a verte para que nos des una entrada, pero mientras tanto, por aquí no vengas.” Y yo les contesté que vendría a lo de Miura cuando hubiera tentadero.

No me arrugaba. Ni me acojoné con el de la escopeta ni me acojonaban los civiles. Tenía poco que perder.

A las dos semanas me enteré de que había tentadero en lo de Miura, y allí que fui.

Tentaron ocho vacas, Pepe Luis Vázquez, su hermano Manolo Vázquez, Manolo Cortés y Manolo Arruza.

Vi allí los civiles y estábamos ocho aficionados. Yo salí a una vaca. Estuve muy bien con ella. Me dieron la enhorabuena don Eduardo Miura y Pepe Luis Vázquez.

Los civiles no me dijeron ni pío porque sabían que, de toda la vida, han ido aficionados a los tentaderos.

Mi estancia en Palma del Río fue de seis meses. Seis meses de auténtico maletilla, toreando de noche.

Pasé mucho frío y mucha hambre, pero toreé bastante, que para mí era lo importante.

Por último, decir que también estuve cogiendo naranjas. Ahí gané dinero.

Un día, estando en la peña de El Cordobés, llegaron dos guardias civiles.

Uno me preguntó “Muchacho, ¿tú te llamas José María Medina?” Le dije “Sí”, pero sin miedo. “Pues tienes que irte para tu casa. Tus padres te han reclamao,” contestó el guardia. “Yo no me voy”, respondí. “Pues si no te vas, te llevaremos nosotros esposado”, terminó el civil.

Sin saber qué decir, se me ocurrió “No tengo dinero para el billete para ir a Valencia.” Y el guardia contestó “No te preocupes. Te lo pagamos nosotros.” Eso fue por la noche.

A la mañana siguiente dos civiles me llevaron a la estación. Me dieron el billete, y me advirtieron que no me bajara antes de Valencia porque iba controlao por policías secretas.

Y así acabó mi estancia en Palma del Río. Seis meses de hambre, frío y mucho miedo a los toros y vacas de noche. Y también a la Guardia Civil.

Eran tiempos de Franco, y a los maletillas nos trataban como delincuentes. Aunque a lo mejor, lo éramos. Yo por lo menos.

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