Abel, Juan y Francisco, universitarios que derriban barreras

Belén Rodríguez Ciudad Real

Francisco, Juan, y Abel, con Lorena Corral y María Salas, becaria y responsable del Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad. En la imagen también esta Desi, la perra guía de Abel / J.Jurado

Abel Beldad, Juan García y Francisco Murillo, tres de los 400 estudiantes con discapacidad matriculados en la Universidad de Castilla-La Mancha cuentan su historia de inclusión en las aulas del campus de Ciudad Real este Día Mundial de las Personas con Discapacidad, algo cada vez más común por el sostén del Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad que dirige María Salas y becarios de colaboración como Lorena Corral

Estudiar y tener una discapacidad cada vez es más común en los cuatro campus y seis sedes de la Universidad de Castilla-La Mancha, un logro del Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad compartido con decenas de estudiantes anónimos que en quince años de existencia se han beneficiado de ayudas y apoyo individualizado.

Sin el ‘SAED’, como lo llaman ellos, la historia de Juan García Torres, Abel Beldad y Francisco Murillo, estudiantes universitarios de Ciudad Real, no sería la misma; pero sin el enorme esfuerzo físico, mental y personal de estos campeones vitales, el servicio tampoco tendría la relevancia actual.

“Es un trabajo muy intenso, pero te llevas tanto a nivel personal que los estudiantes a los que orientas son como parte de tu familia. Me siento como una madre cuando pasan cuatro o cinco años y ves que esa persona avanza, se gradúa y se integra en el mercado laboral. Es especialmente bonito”, relata María Salas, responsable del servicio, que tiene la sede central en el campus de Ciudad Real.

Salas apenas puede contener la emoción mientras comparte anécdotas para Lanzadigital.com con “sus chicos”, Juan, Abel y Francisco, tres de los 400 estudiantes con discapacidad matriculados en la Universidad regional que cuentan su historia en vísperas del Día Mundial de las Personas con Discapacidad para animar a otros a no renunciar a la formación universitaria, tengan la discapacidad que tengan.

Abel Beldad, invidente desde hace tres años y estudiante de tercero de Historia en la Facultad de Letras sin conocer el braille / J.Jurado

Abel Beldad, invidente desde hace tres años y estudiante de tercero de Historia en la Facultad de Letras sin conocer el braille / J.Jurado

Abel: ciego a los 55, estudiante a los 58 sin conocer el braille

A Abel Beldad, “nacido, criado y muy orgulloso de ser de Ciudad Real”, dice a modo de presentación, la universidad  le ha salvado la vida. Y no es exageración. Hace tres años era hostelero, regentaba el bar Venta de los Arcos en el Torreón (también tuvo El Chaplin) pero por una grave enfermedad del nervio óptico se quedó ciego. “Lo llaman la enfermedad silenciosa porque cuando te da te da lleno, es como si fuera un glaucoma. Empecé a perder visión hace seis años y desde hace tres soy invidente total”.

Si suena duro escucharlo y contarlo, imagínense vivirlo. Abel pasó por todas las fases, lo primero la negación: “Creía que se me iba a pasar, que recuperaría visión, pero no”. Tanto le afectó que sufrió un infarto que agravó su salud. En el hospital la ONCE contactó con él, le pusieron a su disposición una psicóloga y una trabajadora social que le dieron herramientas para retomar su vida. Su mujer y sus dos hijas también forman parte de una red de apoyo a la que ha sumado otro elemento femenino: Desi, su perra guía que pasa tantas horas en la universidad como él.

“Para mí la universidad ha sido una válvula de escape. Siempre me ha gustado la historia, pero dedicándome a la hostelería era difícil; al no poder trabajar en lo mío me apunté, me animé, y aquí estoy. Los estudios me mantienen ocupado, de no ser así no sabría qué hacer”.

Lo explica con un entusiasmo que parece fácil, pero la realidad es que no lo es sin un esfuerzo titánico, el que hace cada mañana para levantarse y asistir a clase sin leer braille (a su edad es difícil que lo aprenda) por lo que tiene que recurrir a grabar las clases y a utilizar todo tipo avances tecnológicos de audio para aprender, memorizar y exponer trabajos y exámenes.

“Estoy muy agradecido tanto al profesorado como al personal que trabaja en la universidad. A mí me han ayudado muchísimo, sobre todo mis profesores, que me han dado muchos consejos y se han preocupado por mí, la verdad”, comenta.

En su caso fue el Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad el que se puso en contacto con él, “María me ha estado ayudando, por ejemplo yo no tengo acceso al campus virtual en el que salen muchos materiales, me ayudan en eso; también lo hace mi compañera Alicia que está pendiente de mí y muchos otros compañeros a los que recurro cuando tengo que descargarme materiales”.

Los exámenes que hace Abel son orales, “voy al despacho del profesor, me hace las preguntas y yo las voy contestando”. También expone de viva voz en clase y según cuenta su compañero Juan “lo hace genial”, aunque él cree que es porque hace un esfuerzo enorme, “no puedo ir a su ritmo, yo no cojo más de cinco asignaturas por año”.

¿Y qué es lo más duro de la universidad para este estudiante?: “El ritmo que es muy alto”, responde, “hay que estudiar mucho y muchas horas, los profesores aprietan. A veces me agobio y digo que lo voy a dejar pero al día siguiente cambio de idea”.

El futuro laboral no es el problema de Abel que a su edad y en su situación ha encajado este golpe de la vida como una jubilación anticipada en la que estudia por satisfacción personal, “porque me ilusiona, quisiera llegar al doctorado, pero no lo veo como profesión, a mí edad e invidente, no creo que vuelva a trabajar”.

Un ciego “torpón”

Abel se define como “un ciego torpón”, que aprende a vivir con su discapacidad. Conseguir a Desi, su perra guía a la que solamente le dice “Desi, a la universidad”, y le trae, ha sido otro reto superado. “Hay una lista de espera de cinco años para acceder a este servicio, y para optar se requieren una serie de condiciones: tienes que echar la solicitud, luego te examinan, te ve el psicólogo y van a tu casa para ver cómo vivirá el perro. Cuando superas todo eso te tienes que ir un mes a Madrid a adaptarte al perro guía que te asignen y no siempre se congenia”.

Antes de tener a Desi era su mujer o algún familiar quien le llevaba a la facultad. La perra guía le ha dado más independencia, aunque insiste, “soy un poco torpón, a veces cuento mal y me paso de la calle a la que quiero ir o me golpeo con un árbol. Ahora llevo GPS en el móvil”. “Esta vida es muy cruda, tengo compañeros ciegos de niños que lo llevan mejor, cuando la ceguera te pilla con una edad avanzada como la mía no se termina de asimilar”.

Juan García Torres, padece una enfermedad mental y estudia cuarto de Historia en Ciudad Real / J.Jurado

Juan García Torres, padece una enfermedad mental y estudia cuarto de Historia en Ciudad Real / J.Jurado

Juan: alumno de 4º de Historia con  una enfermedad mental

El caso de Juan García Torres (Pozo Cañada, Albacete), estudiante de cuarto grado de Historia en Ciudad Real, se parece al de Abel en que fue la discapacidad (una enfermedad mental incurable, pero tratable y controlable) la que lo llevó a la universidad. La diferencia entre ambos es que Juan, de 36 años, ha aprendido a convivir con su discapacidad que debutó cuando tenía 25 años. Tras la negación, el rechazo a la medicación, un largo ingreso en un centro especializado y las terapias, decidió que retomaría los estudios que había dejado en el bachillerato, cuando se puso a trabajar.

Pasó por la escuela de adultos, se sacó la ESO, hizo amigos, se presentó a las pruebas de acceso a la universidad, aprobó, y se matriculó en el grado de Historia en la Facultad de Ciudad Real.

Desde 2015 Juan es un estudiante universitario más en de la Facultad de Letras “y muy bueno”, apostilla María Salas, a lo que él, modesto, replica con un “hago lo que puedo”. Dice que los estudios le han ayudado a llevar mejor su trastorno, “trabajar la mente, tenerla ocupada, leer y tener un ocupación es fundamental”.

Juan, que vive de forma independiente y comparte piso con otros estudiantes, se ha convertido en alguien popular desde que participó contando su experiencia  en el acto central del Día de la Salud Mental de octubre de este año, pero reconoce que al principio lo pasó mal.

“El primer año lo pasé muy mal, estaba perdido, no sabía cómo estudiar, ni cómo hacer los trabajos”, recuerda. Además se encontró con un apuro financiero que desde el servicio que dirige María Salas le ayudaron a resolver. “No pudo acceder a una beca general y se inscribió en una residencia que no podía pagar, desde aquí le ayudamos a gestionar unas becas especiales para las personas con discapacidad”, aporta Salas.

“Yo no puedo competir por las becas en condiciones normales, aunque no se me nota tengo una discapacidad, pero siempre me han denegado la beca, incluso la última vez que de once asignaturas aprobé nueve”, se lamenta.

A Juan le parece que el nivel de exigencia en la UCLM es muy alto. “No sé mis compañeros, yo trabajo de lunes a domingo”, a lo que Salas agrega, “es muy trabajador, muy constante. Cuando vino a este servicio estaba perdido y no sabía cómo gestionar su tiempo de estudio, ahora es una máquina de la organización, lleva los trabajos al día y además estudia inglés”.

No se regala el aprobado

Pero nadie piensa que por tener una discapacidad la universidad regala los créditos. “El hecho de tener una discapacidad no facilita el aprobado. En la universidad no se realizan adaptaciones curriculares significativas, es decir, no se quita temario ni se modifican los objetivos de la asignatura. Las adaptaciones que hacemos son metodológicas (métodos de enseñanza en el aula así como de evaluación) que garantizan la equidad con el resto de estudiantes. Las adaptaciones dependen del tipo de discapacidad y necesidades personales del alumnado, y son tramitadas siempre desde el SAED”, indica Salas.

“No, no, yo me lo curro”, recalca Juan, más de una vez se ha encontrado con profesores que no se creen que tenga ningún tipo de desventaja, “pero la procesión va por dentro, yo tomó una medicación muy fuerte que te mata las defensas, necesito mi tiempo”.

Juan, que es la segunda vez que habla de su discapacidad en dos meses, se alegra de haber hecho la presentación del Día de la Salud Mental, “ahora tanto mis compañeros como mis profesores saben más, estoy muy contento”.

“Levanta la cabeza y haz algo que te guste”

Tan bien se le dio la exposición el pasado 9 de octubre que su caso ha servicio de modelo a otras familias. “El otro día iba por la calle Calatrava y me paró un  muchacho que me dijo ¿tú eres Juan?, estuviste en el día de la Salud Mental, le  dije sí, y me dijo en mi casa hablamos mucho de ti,  yo también quería estudiar pero lo deje. Estuvimos un buen rato charlando, le anime, le dije levanta la cabeza y haz algo que te guste”.

Este universitario si se ve trabajando en algo relacionado con sus estudios cuando consiga el título, “me gusta la archivística y la conservación del patrimonio, dedicarme a algo así sería lo más”.

Francisco Murillo, con Desi la perra de Abel. Tiene parálisis cerebral y estudia cuarto de Ingeniería Informática en la Escuela Superior de Ciudad Real /J.Jurado

Francisco Murillo, con Desi la perra de Abel. Tiene parálisis cerebral y estudia cuarto de Ingeniería Informática en la Escuela Superior de Ciudad Real /J.Jurado

Francisco Murillo: 4º de Ingeniería Informática y discapacitado físico

El paso a la universidad de Francisco Murillo, el más joven de los tres (tiene 24 años), ha sido el menos traumático, pero no exento de esfuerzo personal. Este joven que ya está en cuarto de Ingeniería Informática en la Escuela Superior de Ciudad Real tiene parálisis cerebral, una dolencia física que implica trastornos permanentes del movimiento y la postura que le afectan al lenguaje y la psicomotricidad, pero no al intelecto.

Natural de Ciudad Real dice que sus padres siempre le han metido el miedo en el cuerpo sobre el futuro, “¿y sí no estudias qué vas a hacer?”, le insistían, “al final como me gusta la informática y llevo toda mi vida escribiendo con un ordenador me decidí por esta carrera”.

A Francisco no le parece especialmente difícil el contenido académico, pero reconoce que hacer una serie de actividades le cuesta un poquito más que al resto. “Los exámenes y pruebas consisten en programar con el ordenador básicamente, a mí me tienen que dar más tiempo pero normalmente lo hago como los demás si no estrello algún teclado por ahí cuando no me salen las cosas (risas)”.

Murillo no pierde ni la sonrisa ni el sentido del humor, su discapacidad no le permite pasar tan desapercibido como Juan, pero convive con ella desde la infancia. Estudia como uno más y cuando necesita alguna adaptación, “la buscamos sobre la marcha, según como sea el examen le digo al profesor lo que necesito y ellos casi siempre me lo proporcionan”.

En su caso el Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad le paga un transporte adaptado desde hace seis años que lo recoge en casa, lo deja en la universidad, y vuelve a por él cuando termina las clases o actividades que le correspondan. Murillo es un chico tan aplicado que además de llevar la informática “como un cañón”, asegura Salas, tiene nivel de inglés B1 y en el futuro se ve dedicándose a la informática, aunque no como profesor.

La relación con el SAED es desde el minuto uno, cuando se le concedió el servicio de taxi adaptado. Este transporte adaptado se concede a personas usuarias de silla de ruedas o movilidad reducida, tras una valoración previa. El servicio de apoyo también tramita las adaptaciones académicas de este alumno tipo tiempo extra para asignaturas de dibujo técnico, “cosas que requieren mucha psicomotricidad fina, pero siempre hablamos de adaptaciones metodológicas”.

María Salas, becarios del servicio y estudiantes con discapacidad con historias tan potentes como estas participarán el próximo lunes 3 de diciembre en el campus de Ciudad Real en una actividad de sensibilización por el Día Mundial de las Personas con Discapacidad, que incluye un ‘photocall’.