El misterio de Juana de Asbaje

Martín-Miguel Rubio Esteban
María Adánez pone voz a Sor Juana Inés y Manuela Velasco a la virreina/Festival de Almagro

María Adánez pone voz a Sor Juana Inés y Manuela Velasco a la virreina/Festival de Almagro

A mi amigo Carlos Escasaín Este año el Festival de Teatro de Almagro ha aportado, a mi humilde entender, una preciosa obrita de radioteatro, que supone un interesante contrapunto al resto de la Programación, engalanada sin duda con la visita al propio Corral de Comedias de la Reina. Estoy hablando de la pieza Sor Juana Inés con el favor y el desdén, de Alfonso Latorre, y en cuyo reparto descuellan con fresca voz y dulce juventud María Adánez y Manuela Velasco, con su cascabeleante voz casi adolescente

Aunque ciertamente el “tono ideológico” de la obra se ve en la obligación de compaginar armónicamente con el “tono rauco” de lo políticamente correcto, por sus entretelas y urdimbre argumental escapa sin querer la hermosa realidad del Imperio Español: un Imperio en que niñas bastardas de la nobleza criolla de origen vasco ornaban de modo supremo el fastigio del panorama cultural de los últimos austrias, desde la cultura novohispana, como es el caso de la valiente, cultísima, genial y hermosísima monja sor Juana Inés de la Cruz ( el retrato que le hizo Juan Cabrera nos descubre un rostro bellísimo, quizás demasiado bello para una monja, y unos ojos de avellana llenos de inteligencia y tristeza ).

No sé qué otro imperio del siglo XVII – a no ser la Francia de Luis XIV, en donde escribieron las mujeres que más alta literatura han escrito – tenía ejemplos femeninos como Sor Juana Inés, poeta, autora teatral de comedias, tragedias y autos sacramentales, y hasta teóloga de alto copete y sensibilidad teológica capaz de desautorizar el pensamiento teológico del jesuita portugués Antonio de Vieyra.

El Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publicó la crítica teológica de sor Juana Inés al Sermón del Mandato del citado padre Antonio de Vieyra con el título Carta Atenagórica, e incluyó junto al texto de la sabia monja una carta escrita por el propio obispo, falso amigo envidioso, y firmada con el pseudónimo de Sor Filotea de la Cruz. Sutilmente el envidioso prelado venía a decir que en cuestiones de teología las mujeres deberían estar calladas, siguiendo la máxima de San Pablo: “Mulieres in Ecclesiis taceant”, pero callarse ante una herejía o ante cualquier otro error humano era para sor Juana una forma temprana de morir, un sometimiento inhumano.

Más aún, cuando la curiosidad cultural de Juana de Asbaje no tenía límites. Y pudiera ser, como afirma Octavio Paz, que su verdadera pasión no fuera la literatura sino el saber. Su celda conventual era un gabinete que contenía una biblioteca de 4.000 volúmenes, variados instrumentos musicales, algunos muy exóticos, y los aparatos científicos más modernos y estrambóticos de aquel siglo de Descartes, Pascal y Leibniz. Su famosa Silva de 975 versos, “Primero Sueño”, expresa en poesía, lo mismo que los clásicos desde Parménides, la filosofía de la naturaleza. Y su estilo es gongorino en un grado supremo, construyéndose un vocabulario para levantar un universo con palabras nuevas. Y no es extraño que esta Silva hubiera encantado a José Marchena, el gran traductor de la obra de Lucrecio.

Versificar en la lengua latina con metro clásico

El movimiento de los átomos en este Sueño tiene como precedente al mismo Demócrito y a Lucrecio. Siglo y medio después el gran Allan Poe haría una proeza similar con su “Eureka”. Con razón nuestro gran Menéndez Pelayo vio en Juana Inés “ejemplo supremo de esa curiosidad científica universal y avasalladora”. Excelente latinista, nuestra bellísima monja era capaz de versificar en la lengua latina con metro clásico, y de traducir a dicha lengua décimas en lengua española que salen mejoradas en la lengua de Roma. Este rasgo también la acerca a Góngora, el poeta metropolitano que más influyó en las colonias americanas.

Quizás sin habérselo propuesto ni pretendido Alfonso Latorre, su obrita, espontáneamente, en clave trágica haya levantado un poquitillo la persiana de hierro de esa ventana histórica, casi siempre cerrada a cal y canto por ese cinco veces centenario complejo de lo español hacia sí mismo, letal morbo masoquista, y a través de un listón de luz vivísima nos haya permitido vislumbrar durante hora y media la luminosidad radiante de la España colonial. Una España cuya Administración Civil no se amilanaba  y siempre supo liberarse de la dictadura religiosa o teocracia católica – España jamás fue un estado teocrático -, dijera lo que dijera ese gran prócer de la educación española que fuese Antonio Gil de Zárate, el mejor pedagogo español y el más competente cuadro de la Administración educativa que ha existido, pero que como liberal  hijo del siglo XIX tuvo necesariamente que estar emponzoñado por la falsa y antiespañola leyenda negra, pérfidamente levantada sobre todo por el espía inglés Jeremy Bentham, además de gran filósofo.

Se instaló siempre en el riesgo

La literatura americana quedó gongorizada para siempre por aquella arriesgada y valiente monja de orígenes santanderinos y vascos. En realidad ella se instaló siempre en el riesgo, tanto en el acto de escribir literatura, en un continuo ejercicio de exhibición y alarde de su ingenio verbal, como en el de vivir como mujer sin hombre, y es sin duda la maestra del lenguaje americano literario.

Sus delicados poemas de amor cortés a Lysi, bajo el que palmariamente se ocultaba la virreina María L. Manrique, la acerca a la poetisa Safó al expresar el amor y la admiración hacia la bella Anactoria. Sor Juana Inés y Safó se nos presentan así con un sentido ambiguo del sexo. Llama a la virreina “mi deidad”, y en numerosos poemas de arte mayor y menor – tiene que llegar el prodigioso oído clásico de Rubén Darío para superar la variada polimetría y ritmos con que sabe componer la bellísima monja – encarece la belleza de María con desbordante pasión de enamorada no debidamente correspondida.

Es verdad que estos galantes versos tienen mucho de puro formalismo literario y de juego ritual del género del amour courtois, cuyo referente está más en el puro universo literario que en la realidad de la carne, pero con todo se percibe en ellos el aroma real y el auténtico estremecimiento de una mujer enamorada que no consigue una total respuesta satisfactoria de la amiga. Este hecho incontestable ha dado que algún crítico apunte a cierto aire masculino que se encierra en el espíritu inexpugnable de sor Juana Inés, una forma masculina de sentir la belleza femenina.

Sea lo que sea, es evidente que las dos mujeres amigas, y protagonistas de esta obrita de Alfonso Latorre estuvieron jugando en la vida real a un ígneo juego muy peligroso durante casi diez años. Pero aunque este hecho sea lo que más se pretende evidenciar de la obra, junto a los malos malísimos de los curas y obispos y arzobispos españoles, esta obrita que produce RNE, quién sabe si ya en nauseabundas manos podemitas, no puede ocultar el grado de cultura que podía llegar a tener una monjita genial de la luminosa Nueva España.