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La gente es santa

Plaza de toros de Tomelloso. Más de tres cuartos de entrada.

Tres toros de El Vellosino (primero, segundo y quinto), dos de Núñez del Cuvillo (tercero y sexto) y uno de Torrealba (cuarto). De discreta presentación, a excepción de primero y segundo, impresentables a todas luces.

Juan José Padilla: dos orejas y silencio.
El Juli: dos orejas y dos orejas.
Alejandro Talavante: dos orejas y silencio tras aviso.

Los tres toreros salieron a hombros. Al romperse el paseillo la Peña Taurina de Tomelloso entregó a Padilla una placa conmemorativa de su paso por la plaza manchega.

Un año más, el festejo de feria anunciado en Tomelloso dio comienzo con más de diez minutos de retraso. Realmente hemos perdido la cuenta de las veces que ésto ha ocurrido en la plaza manchega, una de las de mayor relieve en la provincia, pero esta circunstancia no evitará que dejemos constancia de ello, porque que ésto ocurra año tras año es para hacérselo mirar. Dicho queda.

Entrando en lo ocurrido en la corrida propiamente dicha, diremos que cuando a Juan José Padilla le concedieron las dos orejas de su primero por una lidia con efectismos por doquier, quedó claro el aire en el que discurriría la corrida: la del orejismo exacerbado; porque la faena de Padilla no fue, ni en un pueblo, de dos orejas. Bueno, sí lo fue porque se las dieron, en pago a una faena ejecutada a media altura por la escasa fuerza -aunque gran clase- del feo toro de Vellosino, con molinetes, rodillazos y demás parafernalia a la que nada objetamos, pero que en nada nos seduce. Por el mismo cauce discurrió su segundo trasteo, en este caso mal rematado con la espada.

El Juli entrenó con público en Tomelloso. Con ambos ejemplares de El Vellosino, impresentable el primero, y de más digna presencia el segundo, el madrileño anduvo a gorrazos, suelto y confiado, aunque sin poder exprimir por abajo las embestidas, nobles y encastadas pero de fuelle justo. Una figura como Juli debería cuidar más lo que lidia, aunque sea en una plaza de tercera. Hoy día en todos sitios hay una cámara, o varias, y en un segundo lo que haga, para bien o menos bien, puede llegar a miles de personas merced a la acción de las redes sociales e internet. Y eso es lo que hacemos en estas líneas, reconocer la dimensión de una grandiosa figura del toreo como es El Juli, quien en Tomelloso lidió en público un toro indigno de su categoría.

La faena de Talavante al buen tercero fue un arcoiris de toreo; más florido por momentos, como el recibo por faroles, más encajado otros, como varias tandas de derechazos y naturales de cintura quebrada. Hubo de todos los colores, en un ejercicio de variedad no exento de pureza. Además, se tiró a matarlo de verdad, saliendo prendido del embroque.

Poco podemos decir de su faena al sexto, reservón y huidizo, con el que el extremeño también entrenó, aunque en este caso fuera fondo físico corriendo detrás de el de Cuvillo, al que pinchó repetidamente.

Mención aparte merece el piso plaza. El peor que el arriba firmante ha visto en algunos años. Arena blanda y removida a modo de playa. Algo así, supongo, como lo que tuvieron que soportar los jugadores del Barcelona en Valladolid, según lo visto en los noticiarios, con la diferencia de que aquí los que se pusieron delante se jugaban la vida, aunque fuera con los dos impresentables de El Vellosino.

No obstante, a pesar de todo lo negativo citado en líneas anteriores, apenas se escucharon protestas ni por el estado del ruedo ni por la presentación indigna de los dos primeros toros. La gente, que es santa, se lo pasó bien, y eso es lo importante, viendo un cartel de figuras en su plaza. Una gran plaza, aunque algo impuntual.