Lanza Digital

La Virgen de Gracia, símbolo de fervor y de historia en Puertollano

Imagen de la Ermita de la Virgen de Gracia a principios del siglo XX

Aquella mañana la tía Felisa, que vivía con nosotros desde hacía tiempo, nos despertó a todos con una algarabía no cotidiana: -¡Venga, arriba todos, que hoy es el día de la Virgen y hay que disfrutarlo desde bien pronto!… Tú Gracia, refiriéndose a nuestra hija pequeña, espabila que hoy es tu santo y eso no ocurre todos los días. Damián, nuestro hijo mayor, miró a la tía muy serio y le dijo: “vaya royo, tía. Como no me des más información de lo que tiene de especial este día no me sitúo”…

Aproveché la ocasión y, junto a la tía Felisa, le fuimos trasladando algunos datos de lo que es y significa para Puertollano la Virgen de Gracia y el 8 de septiembre.

La ermita, comienza la tía Felisa, fue construida en 1489 por los habitantes de Puertollano en honor a María Santísima por sobrevivir a la peste que en 1348 había azotado la ciudad. El nombre de la ermita parece responder a la gracia que la Virgen había concedido a esta villa. Según parece un golpe de suerte hizo de su modesto santuario un auténtico templo-relicario. Uno de los capellanes reales enviados por Felipe II por la Europa protestante a recoger reliquias cristianas decide entregar parte de su rico botín a la Virgen de Gracia de la que era devoto por ser oriundo de estos lares.

Cada 8 de Septiembre se viven las fiestas patronales de la Virgen de Gracia. Los días previos Puertollano se viste de gala y multiplica sus actividades de disfrute. La de septiembre es la hermana menor de las ferias de Puertollano, que siempre se mantuvo en un segundo plano por su sentido religioso en relación a las de mayo. Ya lo constató Cándido Rivero Simón en 1958 al describir que “no tiene la opulencia ni el color deslumbrante de la de mayo. Es menos bulliciosa y espectacular, más recoleta, más íntima, más hogareña”.

Mira Damían, añadí yo, La Virgen de Gracia arrastra múltiples connotaciones en Puertollano, tanto para los que creen como los que permanecen alejados de devociones marianas. Es sinónimo de creencia, historia, fervor y, sobre todo, de reencuentro y es que, posiblemente, sean las fechas y el motivo que más lograr aunar a los puertollaneros de origen y de adopción que regresan, desde otras ciudades donde viven, a sus raíces a compartir y también a recordar. Está ligada con algunas de las costumbres más antiguas de aquel pueblo agrícola y ganadero que apenas aparecía  en el mapa y que acabó convirtiéndose en el pilar económico provincial tras rasgar en las entrañas de su tierra para buscar el carbón.

En torno a la patrona se ha edificado un valioso legado de tradiciones que pese a los vaivenes políticos, brotes de anticlericalismo y otros conflictos se han logrado mantener en pie gracias al tesón de los propios puertollaneros, y en especial una devoción que se plasma día a día en muchos pequeños gestos que ya forman parte de nuestras vidas: desde contemplar su silueta tras la mirilla como culminación del largo paseo hasta su ermita o la intuitiva forma de hacer la señal de la cruz en la frente cada vez que cruzamos su puerta. Una de las tradiciones  más visibles es el tamborilero que anunciaba por las calles al redoble de caja, caminando por el centro del paseo de S. Gregorio, la situación próxima de las fiestas en honor de la Virgen. Viéndolo caminar me embarga un sentimiento que me retrotrae a los lejanos años de mi infancia. Igual que, según cuenta mi abuela, en tiempos se daba el reparto entre hermanos de la Cofradía de la Virgen  del “puñao” de garbanzos tostados en el matinal encuentro de convivencia que tenían entre ellos. De la misma forma que, hecho constatable hoy día en las fechas previas al día de la Virgen, se pueden ver en más de una cafetería del centro del pueblo a las mujeres compartiendo un café en las horas posteriores de las novenas y otros rituales religiosos.

-Déjame seguir a mí, rogó la tía Felisa. Las innumerables situaciones personales se escriben en ese día  en cada ofrenda de flores realizada ante los muros de su iglesia, así como en el ritual reparto de velas para toda la familia que en la noche del día 8, en el solemne momento de la procesión, desbordarán el Paseo de San Gregorio de cera, emociones y lágrimas, son hechos invalorables. Todo eso está muy bien, apostillo nuestro hijo Damián, pero me gusta más que me contéis algunas anécdotas que os sucedieran a vosotros en estos días cuando eráis más pequeños… En ese momento intervino en la conversación su madre para decir: Ahí van algunas. Aquel día en que, a media tarde, desapareció de su casa sin decir palabra la tía Felisa cuando tenía 14 años y, tras horas de búsqueda inútil, sus hermanas y madre se fueron a la procesión de la Virgen… ¡y allí estaba la tía Felisa entre las madrinas que iban detrás! O cuando el abuelo subió a tu padre a una de las atracciones de la feria que giraba y giraba, y al poco rato le dijo al encargado: -“haga el favor de parar”… – “Que, ¿se marea el chico y quiere bajar?”… –“No, el que se marea soy yo, dijo el abuelo…”.Termino con una muy graciosa que me sucedió a mí: era tanto lo absorto de mi atención durante el trascurso de la procesión, cuando el paseo está repleto de gente, que me despisté de mis padres y cuando me di cuenta iba de la mano de otro señor que no era el abuelo…