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Mora y Nazaré a hombros en Almagro con una descastada corrida de Marqués de Quintanar

Plaza de toros de Almagro. Algo menos de un tercio de entrada.

Se lidiaron seis toros de Marqués de Quintanar, bien presentados. Nobles pero muy flojos y con un hilo de casta. Con algo más de duración el quinto y mayor calidad el sexto.

Finito de Córdoba: silencio y ovación con saludos.
David Mora: oreja y oreja.
Antonio Nazaré: oreja y oreja.

Saludó tras banderillear al quinto Ángel Otero.
Mora y Nazaré salieron a hombros.

El cartel no tenía el fuste que tenían los carteles del 25 de agosto en Almagro antaño. Ni de lejos. Pero reunía interés. Para aficionados, porque de la terna podríamos calificar de  torero de público, si acaso, a Finito, por aquello de aparecer, esporádicamente, en la prensa del corazón. Pero ninguno de los tres toreros anunciados hoy en Almagro ocupa la élite, sino esa segunda y tercera línea del escalafón que tan buenos toreros alberga; casi podríamos decir que esconde.
Uno de ellos es Antonio Nazaré, torero que sabe torear pero que apenas se viste de torero, y con relativa frecuencia, cuando lo hace, se enfrenta a corridas con menguadas posibilidades de triunfo, como ocurrió en Almagro. De su primero, apenas picado pero de deambular casi mortecino a primeras de cambio, cabría destacar su recibo a la verónica, mientras que al que cerró plaza lo condujo con temple, casi mimo, al natural, aunque esa delicadeza no  evitó que el de Marqués de Quintanar se cayera y protestara punteando los engaños. No obstante, fueron las luquesinas finales las que más calaron en los tendidos. Acabó con el sexto de media arriba, y la puerta grande quedó abierta para el torero sevillano.
Algo más torea David Mora, quien en Almagro exprimió las remisas embestidas de su primero, con fases despaciosas bien rematadas con la espada. Algo más de mecha tuvo el quinto, con el que materializó ese toreo tan personal, asomándose al balcón alargando el viaje de su antagonista. Faena de más a menos de nuevo bien rematada con la tizona.
Finito, con dos toros ayunos de casta y fuelle, dibujó varios carteles de toros. Tampoco muchos, pero más de los que nadie habría esperado de semejantes oponentes, los cuales tuvieron tanta nobleza como sosería, y la casta en la reserva. Varias de sus verónicas al cuarto también tuvieron altura estética.