Tomas Falsas, anecdotario de un oficio

Manuel Valero* Puertollano
Manuel Valero durante la entrevista con Manuel Fraga para Lanza.

Manuel Valero durante la entrevista con Manuel Fraga para Lanza.

¡Una estrategia de un periodista de provincias al campeón de la derecha nacional homologada! Pues sí. ¿Alberto Ruiz Gallardón? Es un hombre con aptitudes y… bueno le recomiendo que no siga por ahí. Fue el primer aviso. Pero el periodista luego de otras preguntas anotadas en el guión sacó fuerzas de flaqueza y le preguntó por José María Aznar. ¿José María Aznar? Está llamado a grandes responsabilidades en el partido, dijo, pegó un golpe con la palma de la mano en la mesa-literal-, que tumbó la grabadora de ladrillo, se levantó y se fue del despacho con un contundente se ha acabado la entrevista.

José Bono apareció en su despacho de Fuensalida después de mantener una comida de trabajo. El periodista supuso que no era la hora apropiada pero Lanza ya había concertado la cita y fue esa hora la que se le asignó. Llegó cansado por el aspecto de su cara pero lo atendió. Poco antes llegó Emiliano García Page que ya ocupaba su lugar en el delfinario del presidente en el que nadaba en solitario y a sus anchas José María Barreda. Hubo saludos de rigor y comenzó la entrevista.

Discurría plácida con un rictus de aburrimiento en el rostro del presidente que se acrecentó cuando el periodista le preguntó la del millón: para cuándo el traslado a la política grande del Estado. Pero salió a colación la muerte de un chico que protestaba contra el trazado de la autovía de Valencia que cicatrizaba las Hoces del Cabriel en cuyo río se ahogó y el presidente despertó de su letargo. La Junta también era contraria al trazado y se opuso, una vez más, en uno de sus sonados enfrentamientos ecologistas contra el Gobierno socialista de Felipe González. El ministro Josep Borrell era en este caso el otro forzudo de la mesa. Luego de lamentar el trágico suceso y reiterar su posición contraria a la autovía con una evocación al joven fallecido, José Bono volvió a la laxitud de la digestión y bostezó con todas sus ganas, sin taparse la boca, para asombro del periodista .Y la abrió con ganas. Tenía los carrillos enrojecidos. Lo hizo un par de veces más sin recatarse. Desentumecida la cara, el periodista siguió con la entrevista hasta que de repente unos truenos como de artillería toledana precedieron a una intensa lluvia. Bono se levantó sin más y salió al balcón de su despacho. El periodista lo siguió. Era la primavera de 1995, el último año de una sequía bíblica y ambos estuvieron viendo llover y bendiciendo el agua que caía con la generosidad de un maná. Después de ver el agua golpear contra las pilistras que el presidente tenía en el balcón, periodista y mandatario prosiguieron con el cuestionario. Se acercaban las elecciones municipales y autonómicas.

Aquella lluvia fue flor de un día porque la sequía se prolongó, para desgracia del candidato a la alcaldía de Ciudad Real, Nicolás Clavero, hasta que los cielos se rompieron definitivamente en noviembre de ese año y las generosas aguas volvieron a su cauce. El PP obtuvo más votos y concejales que el PSOE en el cómputo nacional y una buena tajada autonómica, pero el PSOE resistió en Castilla-La Mancha. Cuando ya en el zaguán de Palacio uno de los más estrechos colaboradores de Bono preguntó al periodista por su quiniela personal sobre los resultados electorales le contestó lo obvio: el tirón del presidente era un seguro de vida político, y por lo tanto, el PSOE volvería a ganar. Lo sorprendente fue la acotación del íntimo colaborador de Bono: El PSOE necesita a Bono, pero Bono no necesita al PSOE. Dicho lo cual, el fotógrafo y el periodista salieron a escape al aparcamiento donde habían dejado el coche.

Santiago Carrillo
Se iba a inaugurar en Ciudad Real una exposición del pintor social José Ortega. Y a la capital acudió Santiago Carrillo, ya ausente de la secretaría general del PCE, partido en el que militaba el artista y grabador de Arroba de los Montes. Lanza encomendó al periodista la tarea de entrevistarlo. Así que se organizó el encuentro y Carrillo, uno de los pilares imprescindibles de la Transición, lo recibió en uno de los despachos de la Diputación poco antes del acto formal de la inauguración. Por aquellos días, el periodista andaba peleándose con el tabaco y había decidido reducir el consumo diario a un puñado de cigarrillos. Eran los tiempos en que se podía fumar en todas partes. La entrevista fue fluida y cordial y Carrillo dedicó su tiempo con el mismo interés que a cualquier otro medio de relumbrón nacional. Se sentaron uno frente a otro y nada más darle al play de la grabadora de ladrillo, Santiago Carrillo sacó del bolsillo de la chaqueta un paquete de Ducados, extrajo un cigarrillo, lo encendió y de una sola calada dejó medio pitillo convertido en cenizas.
El líder comunista incrustaba el cigarro al fondo de la horcaja de los dedos no en la puntas, como si quisiera tenerlo bien sujeto. Al periodista no le extrañó dado aquel icono inconfundible del dirigente comunista asido a un cigarrillo y al hilacho de azulado humo que se hace tirabuzones antes de volatilizarse. Pero apenas lo acabó encendió otro con el resto del primero y siguió consumiendo tabaco como si no hubiera más tabaco en el mundo.

La pregunta fue obligada y Santiago Carrillo con su sonrisa socarrona, y sus gafas de culo de baso respondió aludiendo a la inevitabilidad de la parca: De algo hay que morir. Acabada la entrevista el periodista salió del Palacio de la Diputación como alma que lleva el diablo, bajó la colonial escalera y se rebuscó el paquete de tabaco para fumarse un cigarro. ¿Pero no lo estás dejando? le dijo el fotógrafo. ¿Después de entrevistar a Carrillo? Eso no lo supera ni el tato. Y a los dos días, la ración de un puñado de cigarrillos pasó a la ración habitual de la cajetilla diaria porque en la redacción del periódico, aunque hoy parezca imposible, se podía fumar.

Fraga
El director José Antonio Casado se lo repitió al periodista antes de salir para Madrid a entrevistar a Manuel Fraga Iribarne. Había dimitido y fue sucedido por un políticamente malogrado Antonio Hernández Mancha, y vuelto a tomar las riendas para reconvertir la Alianza Popular en el PP que consagraría a José María Aznar como nuevo líder de la derecha española. Pregúntale por Arturo García Tizón, Alberto Ruiz Gallardón, José María Aznar…

El periodista tragó saliva. ¡Nombres de primera línea en un cuestionario que era la base de la entrevista para un animal político como Manuel Fraga Iribarne! La entrevista se concertó en la Fundación Cánovas del Castillo y allí se plantaron periodista y fotógrafo.
Los atendió la secretaria, una mujer joven, amable y educada de natural, sin protocolos añadidos. Hasta que apareció el patrón de la derecha posfranquista con su peculiar bamboleo al caminar. Los hizo pasar a su despacho y comenzaron la entrevista. Todo iba bien, así que el periodista disparó el primer nombre.

¿Arturo García Tizón? Es un valor en el partido, dijo Fraga. Luego de otras preguntas volvió a la carga. No le preguntó por todos los nombres que le había encargado el director en una tacada: el periodista dejó pasar unas preguntas entre nombre y nombre como una estrategia.

¡Una estrategia de un periodista de provincias al campeón de la derecha nacional homologada! Pues sí. ¿Alberto Ruiz Gallardón? Es un hombre con aptitudes y… bueno le recomiendo que no siga por ahí. Fue el primer aviso. Pero el periodista luego de otras preguntas anotadas en el guión sacó fuerzas de flaqueza y le preguntó por José María Aznar. ¿José María Aznar? Está llamado a grandes responsabilidades en el partido, dijo, pegó un golpe con la palma de la mano en la mesa-literal-, que tumbó la grabadora de ladrillo, se levantó y se fue del despacho con un contundente se ha acabado la entrevista. Lo hizo con tanto ímpetu que algunos papeles que había en la mesa se ahuecaron de aire y cayeron al suelo. El periodista y el fotógrafo quedaron solos en el despacho de Manuel Fraga mirándose perplejos hasta que llegó la secretaria, educada y compasiva. Ya sabéis cómo es don Manuel, dijo.

Emilio Castro
Emilio Castro era de Alcázar de San Juan y fue dirigente provincial de UGT hasta que lo llamó el secretario general del sindicato, Nicolás Redondo para que se hiciera cargo de la secretaría de Acción Institucional. También fue senador por el PSOE, cargo que dejó como hizo el propio Redondo en una de las crisis entre el partido hermano y la central obrera por discrepancias en asuntos sociales como las pensiones o el incremento salarial de los funcionarios.

En ese contexto Castro, fallecido en enero de 1999, no ocultó sus críticas tanto al PSOE que lideraba González, como a los dirigentes regionales. El periódico concertó la entrevista y el periodista y el fotógrafo acudieron al despacho de Castro en la sede del sindicato en Madrid. Castro era muy efusivo y un dirigente de la vieja escuela, duro, fumador. No era la primera vez que el periodista se encontraba con el sindicalista pero sí con el sindicalista formando núcleo duro de Nicolás Redondo. El periodista y el dirigente, paisanos de provincia, cruzaron unas frases de franca campechanía y comenzó la entrevista. Como la seda. Castro no se cortaba y hablaron de la actualidad política y sindical del momento y de la crisis abierta entre el partido y el sindicato, de las cosas de la capital…

Al acabar, el periodista fue a apagar la grabadora y se dio cuenta de que el aparato no se había puesto en marcha porque había colocado la cinta de casette casi al final y el salto automático del botón por alguna razón no se produjo. El periodista deseó que lo tragara la tierra. Esto… no ha grabado Emilio… lo siento. No importa, hombre, la volvemos a hacer y ya está pero esta vez asegúrate de que el cacharro funciona. El periodista hizo las comprobaciones pertinentes, colocó la cinta correctamente, las pilas eran nuevas, sí, uno, dos, uno, dos. Rebobinó y todo en orden. La entrevista salió mejor que la primera toma. Emilio Castro contestó a las mismas preguntas de otro modo diciendo lo mismo. Luego risas y un cigarro.

Julio Llamazares
El escritor Julio Llamazares asombró al mundo literario con una novela corta pero sobrecogedora: “La lluvia amarilla”, un réquiem por los pueblos que desaparecían engullidos por la modernidad bajo las aguas de un pantano o en la soledad centenaria de la deshabitación. En los 90 fue un asiduo visitante de estos pagos invitado por los ayuntamientos para hablar de Literatura y de libros.

El periodista lo conoció varios años antes durante una semana literaria celebrada en Puertollano en la que también participó Antonio Muñoz Molina. Así que aquella ocasión en que se acercó a Ciudad Real fue un reencuentro feliz. Quedaron en la Facultad de Letras y en una de las mesas del bar, el periodista colocó la grabadora y comenzó una charla más que una entrevista. Enseguida recordaron la noche toledana de Puertollano y quedaron para tomar unas copas.

Julio Llamazares se hospedaba en el hotel Doña Carlota, así que después de unas cuantas rondas hablando del mundillo literario de Madrid, del proceso de escritura de “La lluvia amarilla” y de los avatares del rodaje de la película “Luna de Lobos” basada en otra novela suya anterior, de los premios y demás asuntos, el periodista no andaba como para coger el coche. Llamó a casa y se fue a dormir a la habitación del escritor. Cada uno en una cama porque la habitación era doble, razón por la que le abrió amablemente las puertas de su hospedaje. Al poco, los dos amigos estaban dormidos como troncos pero de pronto un trueno como si se llegara desde el centro de la tierra retumbó en la habitación.

El periodista se despertó debido al estruendo y pensó en una tormenta. Pero el trueno volvió a retumbar y su procedencia no era de la naturaleza de afuera. Era de otra naturaleza. La humana. Venía exactamente de la boca y las narices del autor leonés. Jamás escuchó el periodista ronquidos humanos de esa magnitud hasta el punto que lejos de chasquear los labios para atenuar aquel sonido que era como un bidón lleno de piedras lo despertó. El escritor gruñó como un oso, se dio la vuelta y se apaciguó pero al rato volvió el trueno de su respiración durmiente y ya no hubo modo.

Ya por la mañana durante el desayuno bromearon sobre los ronquidos sobrehumanos de Julio. El único remedio para el roncante es que éste soportara sus propios ronquidos, dijo. Nos despedimos en la estación del AVE.
Respecto a Antonio Muñoz Molina, el periodista contactó con él por correo electrónico cuando dirigía el Instituto Cervantes de Nueva York. No volvió a verlo desde la noche bohemia de Puertollano, pero Muñoz Molina se acordaba de aquel vagabundeo nocturno y reconoció al periodista.

Quedaron para una entrevista vía mail. Pero nunca llegó a realizarse. Mientras el cuestionario viajaba hacia el ordenador del autor de El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina fue relevado del cargo.

*Periodista y escritor.  Redactor de Lanza 1987-2014