Pablo Moreno en la senda

César Muñoz Guerrero Ciudad Real
Foto: Antonio Rivera Gallardo

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Antonio Rivera dice que en el trópico británico existen intérpretes, más allá de prejuicios, que ejecutan sus conciertos al piano y a quienes nadie considera bichos raros. Esta característica es también una de las que definen al cantante Pablo Moreno Arenas (Puertollano, 3 de junio de 1996), aunque todavía no haya cantado al otro lado del canal de La Mancha. Desde que empezó su carrera ha peleado mucho. Han sido años de ambición, de aceptar las excursiones necesarias con tal de llevar más largo el genio de su música. A todo lo que ahora existe le antecedieron los no hay entradas en el auditorio del poblado minero, las apariciones en la prensa local y un punto de inflexión en miniatura: las cuentas rendidas ante las autoridades del jurado de Eso es música. Este concurso de búsqueda de talentos en los centros educativos de Castilla-La Mancha dio fe de dicha excepcionalidad condecorando en su edición de 2015 a la canción Gigantes. “No me sorprendió que Pablo ganase”, dice el guitarrista Josué Moreno, “fue un paso lógico más, un reconocimiento a su capacidad de trabajo. La victoria no le precipitó al estrellato, pero indicó que algo se estaba haciendo bien”. El speaker Santiago Alcanda, principal valedor de su candidatura en aquella competición regional, “ya había escuchado su tema. Nada más cantarlo supe que ganaría. Cuando se alzó con el premio, bajé al escenario y me presenté. Mantuvimos el contacto, y con motivo de la gira del EP Empezar de cero empecé a ver cómo se presentaba al mundo un artista, un virtuoso del piano con un don para el público”. Este periodista estiró unas miras que partían de Serrat o los coros vocales de góspel, y que no desestimaron el aprendizaje que Antonio Vega o Pablo López —¡con su piano!— podían ofrecerle. Vio un fenómeno que, a su juicio, “no podía quedarse en el tópico de cantautor, asociado a un tipo de instrumentista de limitado conocimiento armónico, a unos recintos de aforo reducido y a unas composiciones cuya fortaleza reside en la letra”.

Foto: Antonio Rivera Gallardo

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Llegado el momento, las actuaciones en su localidad natal empezaron a dejar paso a los viajes, y ahí fue cuando Pablo pisó por vez primera el umbral de Pachamama. En aquel escondrijo, lugar fetiche para los amantes de la canción de proximidades en la capital de la provincia, la propietaria Prado Grey le afilió a la nómina de habituales que se pasaban con cierta frecuencia. “El primer público procedía de su pueblo, porque Ciudad Real no admite un talento hasta que llena en Madrid. El trato llano de las salas, distinto al de los grandes espectáculos, le hizo sentirse cómodo. Sé percibir grandes cosas en algunos creadores antes de que triunfen, y no tuve duda de que Pablo era un elegido”. Juan Manuel Torres, la conciencia crítica del local, tuvo al verle la certeza de que “su potencial necesitaba una maduración que solo podía adquirir relacionándose con gente de fuera y de generaciones anteriores. En la provincia no tenía esa posibilidad, estaba muy aislado. Como tiene mucho arte dentro le guió su intuición. Quien entendía de esto y le veía, alucinaba”. Esta tetería tiene una historia detrás, y su fiel asistencia le pudo ver en las tablas junto a veteranos como Pedro Guerra o jóvenes como María Vasán. En un determinado momento se hizo viable una gira con Carlos Miguel Cortés, de nuevo una oportunidad aprovechada. De cada salida, de cada nuevo conocido, surgía un influjo que le llevaba al insomnio de volver a escribir canciones, los hoteles vacantes, las horas intempestivas, los estrenos de temas apenas revisados cuando se ponían en los agradecidos sentidos de un público expectante por ver lo que salía de esas manos sureñas. Es casi inconcreto el instante en que se planificó la grabación de un disco compacto corto, en formato EP, como muestra del sonido que estaba consiguiendo el solista. En un arrebato de confianza plena que reflejaba en qué términos estaban comprometidos esa familia y ese entorno con la trayectoria de Pablo, el abuelo se vistió de ejecutivo discográfico, con su traje y su maletín cargado de billetes; Guillermo Molina desempolvó batería, percusiones y guitarras y se situó al frente de la dirección musical y de la producción; Josué se ocupó de guitarras, coros y parte de la producción y Juan Medina del bajo. Era cuestión de tiempo que la pura inercia girase los ligeros engranajes de semejante maquinaria de ilusiones. Levantad, carpinteros, la viga del tejado, dejó mandado Salinger. Los personajes, dispuestos en manada, miraron por si quedaba alguien fuera y cerraron luego las puertas del desván. Solo entonces se oyó allí dentro el eco de las distorsiones, el voltaje y los chispazos de las eléctricas enchufándose y una voz entre la cuenca minera y esa endiablada cordillera de montañas de Alcudia. La informática y el orden mundial circulan por su cuenta, y quién sabe en qué ángulo muerto se pulsan las teclas de tantos espejismos.

Foto: Antonio Rivera Gallardo

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Salían a la calle

Juan Alberto Arteche tenía su estudio madrileño —nada que ver con el de nuestra historia— en un pasaje subterráneo, encendido con la sola luz natural que entraba por un vil ventanuco. De esta forma, cuando los participantes de las sesiones salían a la calle les parecía que volvía a empezar el día. A estos les pasó casi lo mismo. Habla Guille Molina, artífice de la producción y las mezclas: “Meditamos mucho qué clase de sonido queríamos. El sonido buscaba el nivel que tenían los discos que habíamos escuchado y que admirábamos; por ejemplo, los de Andrés Suárez. Pablo se bastaba solo con el piano, pero la contundencia de la banda, más orientada al show, siempre ayuda”. La utópica manufactura que resultó fue un modelo de repertorio con cinco pistas —Empezar de cero, Ciudad en llamas, Niebla, Despedida y Gigantes—, empaquetado en una carpeta simple con créditos pero sin letras. Esto último, en realidad, daba igual, pues los seguidores ya las llevaban aprendidas a los directos. Los dos canales de venta primigenios fueron una dirección de correo electrónico y las cojas mesas de tablero de madera que suelen colocarse en las puertas de salida de los conciertos. Ni falta que hace indicar que los fans recibieron la iniciativa con generosidad, cuando no comprando para sí, regalando la preciada pieza a otros futuribles oyentes. Todo un circuito íntegro y cerrado en el que, verbigracia, no saltó ningún diferencial. Madrid, unas tournées acaban, otras recién empiezan… el siguiente volatín cuestiona a los entrevistados, y hace preguntarse al mismo periodista, qué depara a la naciente estrella en la inmediatez más cercana. El totémico Alcanda asevera que “necesita plantearse cuanto antes llenar sitios más grandes. Si suma su gran fuerza a una banda de apoyo duplicará su poderío en el escenario. Es un compositor para esos espacios, no tiene limitaciones, quiere tocar todos los palos. Nada le es ajeno, armonía, arreglos, acordes, pianos, teclados. Sus canciones quieren llegar con cuerpo completo, letra y melodía. No conozco a nadie comparable a ese nivel en su generación. Está llamado a relevar a gente como Pablo López, Manuel Carrasco o Pablo Alborán, y eso que ellos fueron apoyados por la televisión, mientras que el recorrido de Pablo (Moreno) ha sido independiente”. Buenos presagios: aún quedan varias actuaciones, lo que casi garantiza que al ser un compositor itinerante traerá de su periplo alguna idea nueva. Así lo deduce Molina: “últimamente compone mucho, imagino que grabará y girará para coger rodaje”. Josué, siendo el menos claro, es el más revelador en sus declaraciones: “queda mucho por decir, creo que solo hemos visto la punta del iceberg”. Qué quedará de aquella tarde en que cualquiera cruzaba la barrera de Pachamama, hablaba con Prado y Juanma para preguntarles por los nuevos valores en este territorio, y no existía la duda. “Pablo Moreno”, se repetía cual mantra. De las palabras desvaídas en la tarde al cartel de un concierto, al lleno de un café, al quién sabe mañana dónde volveremos a cruzarnos con este chico puertollanense.