Infausta generación milénica

Belén Pastor
Infausta generación milénica

Infausta generación milénica

Así citaba un usuario de Twitter a toda una generación de nativos digitales en una consulta a la Real Academia Española a través de la citada red social

La generación Y, del milenio o milénica (o en inglés y más conocida, millennial), abarca a todos los nacidos entre mediados de los 80 y finales de los 90 que se adaptaron con rapidez al vertiginoso avance tecnológico del cambio de milenio

Así citaba un usuario de Twitter a toda una generación de nativos digitales en una consulta a la Real Academia Española a través de la citada red social. Si todavía no tienes claro qué implica esta generación, como era mi caso hasta hace poco, permíteme que te lo explique. La generación Y, del milenio o milénica (o en inglés y más conocida, millennial), abarca a todos los nacidos entre mediados de los 80 y finales de los 90 que se adaptaron con rapidez al vertiginoso avance tecnológico del cambio de milenio.

Al leer la definición comprendí que yo misma era también una millennial. Hasta entonces pensaba que ese término solo se aplicaba a los que habían nacido con una tablet bajo el brazo, es decir, a los niños del nuevo milenio. Pero no. En ese saco nos metieron a los de final de siglo, una etiqueta que algunos de nosotros no entendemos. Aun así, cuando lo supe, dije: vale, no pasa nada, solo están poniéndonos nombre. Pero, de nuevo, me equivoqué. No han tardado demasiado en llovernos las críticas como generación, aunque sin duda lo peor son todas las mentiras que se divulgan sobre nosotros y que incitan a la discriminación y al odio.

Dicen de nosotros que nos creemos dioses. Dicen que pensamos que tenemos el futuro regalado. Dicen que no sabemos hablar en español.  Dicen, dicen, dicen… No tenemos ningún complejo megalomaníaco, ni nos creemos merecedores de ningún trato especial, ni hemos olvidado nuestra lengua nativa. Te contaré la realidad de la llamada infausta generación millennial.

Mamamos del seno de una sociedad en crecimiento, de una sociedad que fomentaba los estudios en los más jóvenes porque gran parte de sus predecesores no habían tenido la oportunidad de estudiar y querían un futuro mejor para sus hijos. Nos criaron pensando que tener títulos nos daría un salario digno. Pero luego llegó la crisis, y con ella, los pillos, los ladrones, los corruptos… Y lo que en su día empezó como un derrumbe de la economía se convirtió en una torre de naipes: despido fácil, trabajo basura. A una reforma laboral le siguió otra, y otra…

 

Obligatorio sacarse el máster

Se privatizó parte de la educación. Ya no bastaba con tener tu título universitario; además, era obligatorio sacarse el máster, ese que tiene los contenidos que antes incluía tu carrera, pero ya no porque, oh, cambiamos el plan académico por otro que ya había demostrado ser un fracaso en el resto de Europa cuando se implantó aquí. Y de los precios ni hablemos. Por supuesto, hubo un auge tremendo de másters, y ya tampoco bastaba con tener solo uno. Cuantos más, mejor. Por si fuera poco, se nos exigía conocimiento de idiomas. Y aprendimos inglés.

Nos hicimos bilingües, tan obedientes nosotros. Lo integramos en nuestras vidas: nuestros estudios, nuestros trabajos, nuestra vida personal. Pero, claro, llegó un punto en el que todos sabíamos inglés y eso ya no era ninguna novedad. Ya no era un plus al currículum. Así que aprendimos más idiomas: alemán, francés, italiano, portugués, chino… y, ¡qué narices!, japonés.

Y así llegamos. Si fueras un millenial, esta sería ahora tu vida: tienes casi 30 años, una o más carreras, varios másters, eres políglota, has viajado por medio mundo estudiando, costándole los dos riñones a tus padres. Tienes un CV extraordinario. Ya deberían contratarte, ¿no? ¿Qué podrían pedirte que te falte?

Experiencia

Y van y te piden experiencia. Que lleves al menos cinco años trabajando. Vaya, pero hace cinco años te estabas sacando uno de los mil estudios que te pedían. Y aceptas las últimas migajas, lo que más horas te consume, lo peor pagado. No llegas a fin de mes. Creías que podías independizarte, dejar de sacarle los cuartos a tus padres… pero ahí estás de nuevo, con las manos tendidas y la cabeza gacha, porque hasta tú sabes que no puedes alimentarte a base de lonchas de jamón de york eternamente.

Y ahora viene cuando nos critican, cuando tachan a nuestra generación de infausta, cuando nos llaman rebeldes y reivindicativos, cuando nos señalan porque estamos hartos de agachar la cabeza y apretar un cinturón sin pantalones. Nos decís que usamos palabras en inglés en nuestro día a día; eso forma parte de ser bilingüe, vosotros nos obligasteis.

Nos dicen que nos vamos muy tarde de casa. Dime: ¿a dónde vamos si no? Nos dicen que nos quejamos por no querer trabajar horas gratis; perdona, eso se llama esclavitud y es ilegal. Queremos sueldos dignos, acordes a todo lo que hemos invertido en estudios. Queremos horarios dignos. Tenemos derecho a comer, a dormir, a formar una familia, que luego nos criticáis que tenemos hijos muy tarde. No queremos un chalé en Denia. Queremos lo que nos prometisteis. Queremos que no haya más engaños. Queremos una vida digna. Una vida normal.

¿Seguís llamándonos infausta generación milénica? Adelante. Al menos nosotros vemos al lobo bajo el disfraz de cordero. Será que aprendemos rápido.