Fabricar emociones desde el aire

Julia Yébenes Ciudad Real

Abre sus puertas en Ciudad Real la primera escuela de vuelo en parapente, paramotor y dron, de la mano del emprendedor Francisco Rafael Rueda

Libre como un pájaro. Una vivencia inigualable y muy personal a partir de una experiencia única. Así es el placer de volar, limitado en palabras y rico en sensaciones, para algunos una prueba de fuego que despierta los sentidos y para otros la relativización no tanto de la perspectiva del horizonte, como de la levedad humana ante los elementos naturales.

Este conjunto de emociones son las que desde hace apenas cuatro meses ‘fabrica’ la primera escuela de vuelo en parapente, paramotor y dron de Ciudad Real, bajo la marca de ‘Air Wind’, impulsada por Francisco Rafael Rueda.

Desde el campo de vuelo donde el centro formativo tiene la base de prácticas, en el término de Argamasilla de Calatrava, muy cerca de la autovía A-43, y en un entorno de olivares que despliegan una escala de verdes maduros, Rueda explica cómo surgió la idea de montar un negocio centrado en torno a un deporte “seguro” pero con “riesgo”, y cómo decidió convertir la pasión de volar en una profesión.

Este ingeniero de Minas, con experiencia en electricidad y mecánica, aprovechó hace cinco años la caída de actividad en la empresa de ingeniería civil en la que trabajaba, para empezar a formarse como piloto de monoplaza y biplaza, y como instructor de vuelo, para así dar un giro a su vida.

Fue en 2013, cuando decidió aprovechar la experiencia iniciada 10 años atrás, que también le sirvió para iniciar una colaboración con la empresa ‘Air wind’, entonces ubicada en la localidad toledana de Sonseca, que ahora ha trasladado a Ciudad Real.

“Era la única escuela en la zona centro, y tras cesar su actividad, la he retomado y la he traído aquí”, explica a este semanal en una fría tarde invernal, a la vez que subraya la amplia cartera de servicios que ofrece: vuelos de iniciación, cursos de enseñanza segura, formación de personas para practicar este deporte a pie, en trike o biplaza, además del perfeccionamiento de pilotos y toma de imágenes aéreas con drones.

El gerente de la escuela posa con su equipo / Clara Manzano

El gerente de la escuela posa con su equipo / Clara Manzano

“Me dedico a dar formación para pilotos, desde vuelo de iniciación hasta la obtención del título como piloto”, indica.

Rueda encabeza la sociedad familiar que ha puesto en marcha la escuela y para iniciar el proyecto ha participado en el tercer Espacio Coworking, promovido por la Consejería de Economía, Empresas y Empleo de Castilla-La Mancha, en coordinación con la Escuela de Organización Industrial (EOI).

El emprendedor asegura que ha encontrado lo que necesitaba y que ha absorbido “toda la información” que los expertos han expuesto en el proceso de acompañamiento y tutorización.

“Ha sido una experiencia única, en la que he me he traído con creces lo que buscaba y me llevo un montón de compañeros y de ideas”, celebra, y agrega que “ha cumplido sobradamente mis expectativas”, aunque al final “es uno mismo ya solo el que tiene que continuar”.

Sombra del paramotor rodando y a punto de despegar / Clara Manzano

Sombra del paramotor rodando y a punto de despegar / Clara Manzano

La empresa echó a andar en octubre y “estamos empezado”, hasta ahora con la formación de un alumno, y un proyecto de empresa que Rueda espera le permita amortizar la inversión de más de 18.000 euros que ha realizado y así vivir de “fabricar emociones”.

El equipo y material que maneja cuenta es de primer nivel técnico, con un paracaídas balístico que incorpora un dispositivo pirotécnico con efectividad a los 30 metros (es el que usan en aviación y en vuelos en ultraligero), frente a los convencionales que se abren entre los 60 y 80 metros.

Vivencias

Este proyecto, orientado a la divulgación del vuelo, es muy singular porque cada cliente “lo vive de una manera”.

Quienes deciden probar y volar como las aves tienen distintos perfiles, tantos como las sensaciones que experimentan. “A algunos se lo regalan y lo disfrutan al máximo con un subidón de adrenalina, otros vienen a volar por curiosidad”, indica, mientras que aquellos que ya tienen el gusanillo en el cuerpo, quieren ir más allá, y deciden iniciarse en la escuela para dirigir su propio vuelo.

En estos casos, ‘Air Wind’ ofrece formación en varios niveles, con cursos de iniciación, y horas de aprendizaje teórico y práctico, para aprender a manejar el equipo de vuelo, a trail o a pie.

Ambas modalidades, explica Rueda, están encaminadas a enseñar el manejo en tierra del parapente, y a cómo despegar, pilotar y aprender a aterrizar.

En todo momento, el alumno está conectado por radio por el monitor, quien lo guía para que cada capítulo de estancia en el aire “salga bien y de la manera más segura”.

“Los primeros vuelos son medidos y revisados”, como paso previo a que “aprendan a preparar su equipo para salir a volar”.

“He formado jóvenes de entre 28 a 30 años, hasta un jubilado de 58, que decidió probar a volar”, apunta, todos bajo el objetivo común “de la inquietud por volar”.

Normativa

Respecto a las normas de vuelo, Rueda recuerda que están muy reguladas por la legislación de Aviación Civil, estableciéndose para los parapentes motorizados un margen de elevación de entre los 150 y 250 metros, una regulación “relativa” porque en casos en los que por ejemplo ha sobrevolado el pico del Almanzor (la cumbre más alta de la sierra de Gredos), a 2.500 metros, “he tenido que subir a 2.800 metros”.

Los baremos, explica, “dependen de la orografía”, y la comarca de La Mancha en general y la provincia de Ciudad Real en particular, representan “un escenario ideal para aprender a volar”, dado que “no hay grandes obstáculos, el viento es casi laminar, y viene rotorizado en las zonas de montaña”.

Drones

En el caso de los drones, vehículos aéreos no tripulados, ‘Air Wind’ ofrece una amplia gama de trabajos, “dependiendo de la necesidad”, desde eventos deportivos y aplicaciones agrícolas, a bodas, reportajes familiares y empresariales, o vídeos.

Es una línea “distinta y diferente” pero también muy satisfactoria, como fue el caso del pastor que perdió 300 ovejas en su finca, “me llamó y se las encontré”. “No veas qué alegría tenía el hombre y cómo corría a encontrar a sus ovejas”, recuerda.

Argamasilla de Calatrava a vista de pájaro / Clara Manzano

Argamasilla de Calatrava a vista de pájaro / Clara Manzano

Paramoteros viajeros

Otra de las líneas de negocio que Rueda explotará a partir del próximo año es la dedicada a organizar concentraciones bajo la marca ‘Paramoteros viajeros’.

“Los desarrollaré como línea de negocio”, y se dirige a un perfil de personas muy determinado, como son aquellos que “apuestan por la aventura”. Hay quienes, a veces, en espacios deportivos más dimensionados, convierten la hazaña en desafío extremo, y consiguen volar sobre fenómenos como la Aurora Boreal o aterrizar con maniobras imposibles en un témpano de hielo desprendido de la Antártida

En estos casos “hay que pedir permiso porque se convierte en competición y son aventuras que sólo pueden financiar marcas como Red Bull”.

El propio Rueda cuenta con la experiencia de tres viajes de este tipo a nivel privado con el Club Viento Cero, que lo llevaron a distintas latitudes y países, desde los Pirineos, a los Alpes suizos, o desde Italia a la duna de Pyla al suroeste de Francia, hasta recalar en la localidad oscense de Castejón de Sos.

Encontrarse con uno mismo

El propietario de ‘Air Wind’ reflexiona sobre el impulso que ha llevado al hombre a volar y a explorar técnicas para alcanzar la libertad en el aire al emular a las aves. “No se puede explicar desde la razón, con palabras”, confiesa Francisco Rueda en tono transcendental, porque al final un vuelo “es encontrarse con uno mismo, y percibir que somos pequeños y diminutos en un lugar tan maravilloso como la tierra, distinta en cada instante”.

Volar, a su juicio, es una experiencia única, creada “para sentirla y no para contarla” porque “es una emoción”.

En una ocasión, cuenta el instructor, un invidente total, viajó en el paramotor biplaza “en una posición más atrasada”, y sin ninguna otra cortapisa “sintió y disfrutó del vuelo en total plenitud” a gran altura y sin perder el sentido de la orientación.

Y es que no sólo la vista interviene en este tipo de experiencias, apunta, sino que se convierte en un despliegue vertiginoso del resto de sentidos, al igual que las genuinas alas al viento.